Poco que perder.

Pasé la noche en vela pensando en el ojo del pobre anciano. Había terminado de leer El corazón delator, y la pregunta que me acechaba era si el propio Edgar Allan Poe habría tenido aquellos sentimientos alguna vez. Porque por mi parte, lo sentía, muy profundo. Por la mañana volvería a soportar las excentricidades de ese viejo y repugnante esquizofrénico que tenía por casero. A pesar de no haberse dirigido nunca de malas formas hacia mí ni nadie de la pensión, era evidente su fuerte actitud pasivo agresiva contra todos los inquilinos.En tan solo dos semanas el rechazo que el viejo despertaba en mí se tornó en odio, si bien quise disimular con simpatía forzada cualquier fórmula de cortesía social con él. En esos días me encontraba buscando piso en la ciudad, no me quedaría allí para siempre. No podía permitirme algo mejor que esa pensión, en la que, por fortuna, los demás inquilinos parecían personas normales. Es decir, sin manías ni particularidades fuera de lo común.

Como decía, luchaba por mantenerme en la capital, al margen de las desgracias de los fracasados que a la primera de cambio tiraban la toalla y volvían a sus pueblos. Sabía, tenía convencimiento de que eso no era para mí. Vencía las adversidades al mismo ritmo que acumulaba títulos de estudios y proyectos laborales. Un poco más, solo un poco más, y estaría a las puertas de una situación mejor que aquella. En ocasiones quería escupir a mis vecinos todo el veneno que llevaba dentro al ver al viejo deambular por los pisos. La cocina, el baño y el lavadero eran zonas comunes y la mayor parte del tiempo él se metía en todo.

Tenía menos edad de la que aparentaba. Un día vi su documento de identidad sobre la mesa de la cocina, donde tenía un buen fajo de papeles, documentos y recetas médicas. Apenas llegaba a los cincuenta. ¡Qué barbaridad! Creí que al menos ya pasaba de los setenta. La indumentaria que usaba, tan vieja como las décadas que le vieron crecer de niño acentuaban los años en su cansado rostro, atravesado por unas límpidas y hostiles gafas con las que te observaba descaradamente. Luego, estaban los movimientos torpes y lamentosos tanto al andar como cuando se encontraba gesticulando, hablando y echando al aire sus tonterías pueriles que a nadie le importaban. Su voz sonaba gangosa, entrecortada por un defecto de pronunciación en la letra “r” y en la letra “g”.

Pero lo que peor llevaba era su cara, esa expresión diabólicamente falsa tras sus anteojos del siglo pasado que constantemente limpiaba con la camisa zurcida por, decía él, su madre. Los ojos se posaban sobre dos profundas ojeras, redondas como su calva. El poco pelo que lograba crecer a lo largo de sus sienes se extendía indiscreto hacia todo el pescuezo, poblado de pelusa gris mal recortada, cuando no recordaba hacerlo. La ropa le venía exageradamente grande, pero a él no le importaba. Decía que había perdido tanto peso que era una lástima desperdiciar dinero comprando ropa nueva. Yo me preguntaba si esa vestimenta no la había heredado de su abuelo.

Verle era simplemente mirar un cuadro mal pintado por un nefasto artista con aires de grandeza, de esos que innovan en exceso y terminan por  hacer el ridículo. El viejo parecía la obra de arte de un loco, y cuando fumaba en la cocina, mientras los demás comíamos, lo hacía impulsivamente, llevado por un descomunal hambre a nicotina, como queriendo romper sus problemas y ansiedades envolviéndose en la nube de humo tóxico que se formaba a su alrededor. Resultaba casi mágico que solo nos molestara el olor, porque el humo permanecía pegado a él, a ese demonio descarado y maleducado que buscaba su autodestrucción en una falsa e imaginaria perfección de orden.

En seguida comprobé que sufría trastornos obsesivo compulsivos, además de ser un mentiroso de campeonato. Las veces que aparecía su madre, que aparentaba más joven que él con sus tacones y su altiva actitud, muy a pesar de las arrugas mal disimuladas tras los coloretes forzados de Baby Jane acabada que ya nadie recordaba. Ella le traía comida envuelta cuidadosamente en plástico y con etiquetas de lo que contenía, aún cuando era obvio porque se veía lo que era. De ella habría heredado los trastornos, no me cabía duda. Algunas veces lo oíamos discutir por teléfono con ella. Sobre todo yo, pues mi cuarto hacía pared con su casa, la más grande del edificio. La insultaba a gritos culpándola de sus problemas. Después lloraba y desaparecía del edificio durante horas, a veces un día entero. Después volvía feliz y pasaba todo el fin de semana tirado en la sala común, que nadie utilizaba porque solo la ocupaba él, donde visionaba las grabaciones de sus programas de televisión favoritos, tan casposos como su aspecto.

La semana la tenía escrupulosamente planificada. Los mismos horarios y días para ir a la compra, para pedir comida a domicilio o al médico cargado de recetas. Estaba enfermo, afirmaba. Sí, claro que lo estaba, pero de otra cosa, nada de lo que él afirmaba. Llegaba cargado de bolsas de medicamentos que dejaba en cualquier sitio. Todo debía permanecer cerrado, ventanas y puertas. Era mayo y el calor sofocante, y el muy cretino dormía con un calefactor encendido. Haciéndose la víctima, decía que lo necesitaba “porque me congestiono”. Confieso que el desprecio que me ahogaba la garganta al escucharle me provocaba una repugnancia nunca antes conocida en mi corta vida.

Por las mañanas, en el desayuno, volvía a cubrinos la nube de humo, y nadie decía nada. Todos callábamos, aunque estaba prohibido; él mismo lo advertía en el contrato previo y la visita inicial a la pensión: “prohibido fumar”, decía. Pero su poco sentido cívico resultaba tan deliberadamente nulo que nadie quería verse en la calle de la noche a la mañana. Eso pensaba yo también. Tengo una mente brillante, pero no dónde caerme muerto. Contradicciones de la vida de estudiante y joven emprendedor que proviene de familia sin recursos económicos.

Lo que peor llevaba era su sonrisa postiza y malvada. A menudo me recordaba al gato de Alicia en el país de las Maravillas. Los dientes, marrones por el exceso de café -por higiene no sería, pasaba horas acicalándose en el baño-, permanecían siempre a la vista. Era como si el espíritu del Joker le hubiera invadido. Yo sabía que se burlaba de todos, nos odiaba, odiaba a su madre, a la vida y al mundo. Su venganza consistía en su propia existencia de la que todos los inquilinos deseábamos vernos libres.

Dos meses después de llegar a la pensión mi ansiedad y nervios crecieron hasta considerarme tan trastornado como el viejo casero. Ya no podía dormir por las conversaciones telefónicas y los gritos de sus pesadillas. La primera noche que me despertó sudé aterrado, era un grito agónico y salvajemente vivo, como si la muerte te acechara y viniera a por tí y necesitara asegurarse de que sufrías el peor castigo antes de arrebatarte la vida: el miedo y horror me confundían, tardaba horas en volver a tranquilizarme. No conseguí acostumbrarme. A causa de esto fui expulsado de un curso importantísimo que podía haberme abierto las puertas de un trabajo estable en una empresa puntera de diseño. Me quedaba dormido en las clases, y faltaba un mes para el final. Después de mucho rogar, permitieron que, sin pagar de nuevo, volviera a matricularme en el siguiente curso.

Todo esto trastocó los planes que habían avanzado tan positivamente como para que después del verano pudiera irme de aquel castillo de Gargamel donde me veía obligado a permanecer. Iba reuniendo el dinero necesario para poder alquilar un estudio, a solas, y mantenerme durante más meses con un colchón económico en caso de no tener trabajo. Ahora todo corría peligro. Lloré como un niño y por la noche sentí la fiebre del odio. Me subió la temperatura y me escondí bajo las sábanas, con la ventana cerrada y a oscuras, no sin antes tirar de un violento manotazo todos los libros que había sobre el escritorio. Mi rabia crecía a medida que pasaron las horas. Las lágrimas se acabaron, pero no mi impulso de destrozar a aquel viejo maldito. En la mesita de noche, haciendo guardia de mi ira, el libro de Poe con el marcapáginas todavía atravesando la última página de El corazón delator.

Durante la madrugada me despertaron los gritos. La madre del viejo se encontraba en su casa y discutían. La fiebre y el delirio no me dejaron comprender bien la situación, pero pude entender algo así como “no eres un niño” y “deja a tu padre en paz”. Después, un golpe sordo y elástico dio fin a la discusión. Durante el resto de minutos hubo silencio, como si el tiempo se hubiera parado y las cosas dejaran de emitir sonidos; como si un agujero negro se hubiese tragado esta dimensión. Me tomé unos calmantes y me levanté a escuchar a través de la pared. Nada. Solo rasguños ahogados, igual que ratas mordisqueando algo indebido.

Al día siguiente el viejo se comportó tan necio como siempre. La discusión con su madre debió dejarle peor que en su estado natural. Por mi parte, me sentía mejor, pero la cabeza me daba vueltas. Los inquilinos notamos al viejo más ocioso que de costumbre, y al caer la tarde la euforia se apoderó de él. Lo mismo me ocurrió. Me llegó al móvil un correo de un compañero del curso del que fui expulsado “invitándome” a alquilar una habitación en un piso de estudiantes. Para él, yo reunía los requisitos necesarios en muchos aspectos, tanto personales como académicos. Me conocía bien y sabía que mi expulsión fue fruto de una situación límite, por lo que le agradecí la oportunidad. Quizá no saliera todo tan mal como parecía.

El fin de semana se acercaba y coincidía con el final de mes, momento en que me mudaría al piso de estudiantes y saldría de aquel nido de ratas y del ambiente tóxico que estaba afectando a mi salud mental. Al viejo no le sentó bien mi marcha, se limitó a gruñir entre dientes pero eso sí, su despreciable sonrisa se mantenía allí dibujada, eterna, hostil. Me sentía liberado, como cuando le escupes a alguien a la cara y se marcha con el rabo entre las piernas. Por la noche me despertó otra de las pesadillas del viejo, seguidas de golpes de rabia. Me alegraba de que sufriera, aunque para mí no podía ser peor. Tenía que haberme comprado los tapones que me recomendaron para evitar estas situaciones. El único impedimento es la grima que me causa meterme algo dentro de los oídos.

Escuché la puerta del piso del viejo cerrarse lentamente y sus pisadas hacia las escaleras. Eran lentas y lechosas, como él, parecía que sus músculos estaban formados por tedio en lugar de fibra, pero en esta ocasión parecía forzar los pasos. Me desvelé por el comportamiento inusual, agobiado por la curiosidad. Nunca salía de noche, se agazapaba con su calefactor en pleno verano, y esa noche rompió la rutina. Esperé a que se perdieran las pisadas y salí del cuarto. Comprobé que aún bajaba las escaleras y que llegó a la planta baja. Como ya no tenía nada que perder porque al día siguiente me mudaba, decidí aventurarme a entrar a su casa. Tenía curiosidad por lo que había pasado la noche anterior y comprobar cómo era su vida en su nido. Cogí las llaves que estaban junto al libro de Poe, las guardé silenciosamente en el bolsillo, y cerré. No me fue difícil entrar a la casa del viejo. Todo allí se encontraba en un deplorable estado de conservación, por lo que la puerta no tenía muchas medidas de seguridad, excepto las que le provocaba su desconfianza en los demás. Había olvidado cerrar el candado de su puerta, así que con unos golpes y un alambre en el cerrojo no me fue difícil acceder.

La estancia apestaba a lejía y ambientador barato. Para no alarmar a nadie, ni al viejo, en caso de que apareciera allí de pronto o viera luz desde la calle, me iluminé con el móvil. Todo allí se encontraba en un perfecto estado de orden, en un estricto esquema estratégico donde todas las cosas tenían su utilidad práctica y no molestaban para limpiar. También estaba repleto de aparatos tecnológicos. Una televisión de plasma gigante, altavoces home-cinema, ordenador de sobremesa y portátil, cientos de cables conectados de impresoras, destructor de papel, pequeños aparatos, móviles, tablets, cámaras de video y foto, pendrives… todo aquello me pareció obsesivo. Continué inspeccionando el piso. La cocina, la despensa, su dormitorio… todo limpio y ordenado hasta el extremo. En el baño encontré un armario enorme repleto de medicinas, acompañadas de un fichero de recetas de medicamentos e informes de alergias, resfriados, dolencias más propias de ancianos, hasta partes psiquiátricos.

Preferí no ver más, ya tenía suficiente. Era el momento de irse. El viejo era solo un tío normal pero desequilibrado, sin nada que esconder. Me sobresaltó la cortina de la bañera, detrás de mí, al moverse por la corriente. La ventanilla del baño se encontraba abierta. El susto fue más fuerte cuando vi gotear un líquido espeso y oscuro por los bordes de la bañera. Lo hice sin pensar. No, no huí. Descorrí la cortina, húmeda, y allí dentro, como un pez en conserva,  despojado del resto del cuerpo, flotando sobre el agua enrojecida por la sangre, el cuerpo temblante del viejo, clamando justicia con su mirada de reproche, sin brillo, mirando al infinito como miran las estatuas egipcias. Llevado por el asco y la oportunidad, quise desquitarme, y en lugar de salir corriendo y llamar a la policía, cogí unas tijeras del botiquín y rematé el trabajo de quien quiera que comenzó  .

Desfiguré el rostro, blanco de muerte, para asesinar esa risa demoníaca y trinché sus ojos para que de una vez por todas dejara de observarme y me liberé de todo el asco y la ansiedad acumulados durante meses. La furia no era lo mío, lo hice con calma, disfrutando al darle su merecido a quien me había hecho sufrir tanto, al viejo que me contaminó con su toxicidad, que logró hacerme perder oportunidades en mi vida. Pero ya no, ya no me haría más daño. La imagen mutilada del casero me envolvió en un éxtasis de felicidad como nunca antes había experimentado. Había librado al mundo de un quiste humano, un defecto, un virus.

Salí del cuarto de baño. Ni me paré a pensar en lo bajo que había caído. Debería marcharme de allí y en cambio me hallaba como en casa. Fue una despedida colosal, pensé enmedio de la oscuridad, oscuridad cómplice y amiga, silenciosa y fría. Me dejé caer para que el corazón dejase de bombear tan fuerte que parecía retumbar, intentando avergonzarme. No, amigo, tú no me delatarás, esto no funciona conmigo; no estoy loco como el cuidador del anciano de Poe. Respiré relajado y feliz, porque una vida nueva me esperaba al día siguiente, y el viejo casero no podría volver a hacerme daño.

Volví la vista al baño y pensé en el motel de Norman Bates. Había sangre en la entrada, refregones en mi dirección, pisadas con olor a hierro caliente. Dejé caer la mano al suelo y noté algo blando a mi lado, blando y frío, extremadamente frío. Con el móvil enfoqué al suelo y aparecieron unas piernas largas envueltas en antiguo pantalón de pana que remataba, según avanzaba hacia arriba, en una camisa azul claro de cuadros blancos, muy propio de los octogenarios. Las manos de aquella figura atraparon mi cuello, pero por más que intenté zafarme de ellas, apretaban con fuerza inusual. El móvil buscaba ver su rostro, pero por algún motivo no lograba enfocarlo, y fue entonces que escuché su voz, gangosa, chapoteando burbujas de sangre que acabaron salpicándome. El viejo estaba vivo, o medio muerto, y aún tenía fuerzas para gritar “Mamá, ¡mamá!”.

Logré desprenderme del viejo, pero en su lugar perdí el móvil y tuve que moverme a oscuras, sin saber dónde pisaba. Me perseguía en la penumbra, tropezaba con los equipos del viejo desmontando la armonía tan escrupulosamente montada por su mente enferma. Topé con una superficie fría y lisa, y la figura de ojos mutilados me atrapó presionando contra la ventana que se partió en pedazos, sentí el fresco de la noche y un tremendo pinchazo en la espalda, lo que instintivamente me hizo arrodillarme mientras el viejo, tropezando con mi cuerpo convulsionado, fue absorbido por la ventana y la gravedad. Tan rápido como pude me asomé para verlo caer. Sí, cayó, cayó, tercer piso, segundo piso, dio dos piruetas en el aire, quedó boca abajo, dirigiendo su negra mirada a la madre que, en el portal, se disponía a volver, con un gran bolsón agarrado de la mano, la cara ensangrentada a la luz de una farola, y entonces los dislocados gritos del viejo la alertaron, ella miró hacia arriba, primer piso, planta baja, y lo último que escuché fue el cuello de la anciana madre partirse por el golpe al caerle el cuerpo encima y, después, el asfalto recibió, con un rotundo crujir, los deshechos del casero.

Por Marcos A. Palacios.


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