Cuestionar la Eternidad

I. Detaure.

He visitado planetas con civilizaciones dispares entre sí, incluso con sociedades y filosofías opuestas entre ellas conviviendo en el mismo espacio, compartiendo vida y tiempo. Ya no me sorprende nada, provengo de un lugar que quizá ya no existe, puesto que desconozco qué ha sido de mi propia civilización. Desde que abandoné mi planeta no he vuelto a tener contacto con nadie. No es culpa mía, no me considero un desertor, como, al principio, muchos consideraban.

Desde hacía décadas en mi planeta no existe la lucha ni la desigualdad. Se podría pensar en que alcanzamos una utopía imposible, algunas razas creerán que les miento, pero es verdad. Si tan solo se pararan un poco a pensar y a observar, no cuesta tanto extirpar ese virus de una mente pensante, un cerebro inteligente, que para eso ha sido creado o evolucionado.

Llegamos al punto de encontrar el equilibrio y sería muy largo de explicar, para qué aburrir. Solo me limitaré a mi propósito mientras me quede un aliento de vida, que calculo que es mucho más del que creía al principio de mi periplo cósmico. A veces me traslado físicamente, en mi nave, y la verdad es que me siento más cómodo así, porque percibo con más fuerza las cualidades sociales de los seres que visito. Huyo de los que aún están muy atrasados y creen que soy un dios, un salvador o un demonio. Todo eso acarrea siempre más problemas y mi misión, pese a que nadie me lo ha pedido, es estudiar en todas las razas que pueda encontrar el punto justo de su supervivencia.

Me llamo Detaure, pertenezco a la flota mentálica de la Tierra. Somos muy pocos los que partimos en su día a esta batalla que era lograr encontrar en todo el Universo conocido los principios de la vida. Preferí hacerlo yo solo, nunca me he llevado bien con los equipos ni con las órdenes. Aunque a muchos les pesara, logré hacerlo por mi cuenta. No está bien visto ser un mentalista solitario, pero no me importó. Era, precisamente, una de las cualidades necesarias para hacer bien mi trabajo.

Otras veces no necesito moverme de mi nave para tener contacto con una civilización. Es más, utilizo esa técnica cuando la raza es hostil. Esos son los casos más apasionantes. Todo un reto. He estado en peligro muchas veces, tantas que ni me preocupa. Tengo tanta seguridad en lo que hago que he perdido el miedo, el ansia, toda clase de preocupación. De hecho, nunca las tuve al completo. En realidad, podría decirse que nací así. Hace siglos mi pueblo era un caos de culturas intransigentes. Después, cuando se descubrió la raza de mentalistas de la que provengo y se propagó por todo el planeta, la sociedad comenzó a cambiar hasta llegar al equilibrio actual. Digo actual en caso de que todavía exista. Cuando partí, las cosas no estaban muy bien que digamos, y años después de mi marcha recibí noticias del éxodo obligado de mi pueblo a saber dónde. Me alegro en lo más profundo de mi ser si pudo completarse la evacuación, creo que nunca lo sabré.

―¿Que habéis hecho para lograr la inmortalidad? ―me preguntó alguien, una vez. Era un planeta pequeño, de muy poca población.

Respondí claramente a ese ser que me escuchaba con atención, al borde del mar, junto a toda su tribu. Hacía mucho tiempo que poseían una tecnología vital similar a la de mi raza, pero la usaban muy poco. Vivían aislados entre cientos de miles de kilómetros a la redonda de otras tribus, y rara vez entraban en contacto unas con otras; cuando lo hacían solían acabar en sangrientas luchas que dotaban a la vencedora de la riqueza de la vencida, incluyendo a sus ciudadanos y absorbiendo su cultura autóctona.

―Nos hemos desvestido de lo primordial, de nuestra verdadera naturaleza. Los instintos primarios, eso es lo que hemos eliminado. ―fue mi respuesta.

―Pero conocéis esos sentimientos, ¿por qué no os afectan?

―Es verdad, los conocemos, pero no los sentimos, ni los entendemos. Nuestro cerebro no está preparado para ello. La estructura mental característica de mi pueblo ha avanzado hasta este punto en que hemos deshechado cualquier defecto natural.

No lo entendía del todo, pero algunas noches después, la tribu y yo nos sentamos al atardecer y pasamos horas frente al mar, en comunión con mi mente. Uno solo de los míos es suficiente para sondear a millares. Y esta raza era blanda, con una estructura cerebral dócil, lo que facilitó la tarea. Nada hay más satisfactorio como tener éxito allí donde las cosas podrían haber sido más difíciles. Después vinieron otras tribus, y así, durante algunos años, fui analizando a todos los habitantes. No siempre las cosas salían bien, me encontré con una guerra entre tres tribus y por poco pierdo el control mentálico para poder separarlas y evitar una masacre mayor. Eso es algo a evitar en mi misión, pero como antes he dicho, soy distinto a los míos. Si hubiera ido acompañado la misión habría sido abortada, mis compañeros se verían en la obligación de abandonar, dada la tremenda hostilidad entre aquellos seres. Si me hubieran visto… de todas formas lancé mi informe para que otras naves, allá donde estuvieran, pudieran reconocer mi victoria.

El riesgo de muerte era altísimo, pero mi resistencia es mayor aún que la de mis compañeros. La soledad me ha mejorado. No necesito nada más. Hace mucho tiempo me topé con una raza de humanoides, eran muy pequeños y graciosos. No hacían más que cuestionar mis propios argumentos. ¡Qué seres tan impertinentes! Tengo buen recuerdo de ellos.

―Has dejado de ser algo real para convertirte en un producto ―me insistían―. ¿De qué te vale abandonar tu verdadera naturaleza, solo con el fin de la inmortalidad?

―Porque así soy más feliz. ―respondí.

―¿De qué vale la felicidad sin sentimientos?

―Os equivocáis. No carezco de sentimientos. La felicidad proviene de algo más fuerte que todas estas necesidades que os esclavizan. En una civilización avanzada tecnológicamente es mucho más fácil perder lo esencial del propio ser.

―Hablas como una secta, Detaure ―dijo. No había encontrado nunca a nadie tan obstinado―.


II. La nave.

Estoy recibiendo una transmisión desconocida mientras pongo rumbo a un nuevo destino. Figura en mi idioma, aunque hay elementos que no identifico. Podría ser de alguna otra nave de mentálicos, y de ser así, significa que después de tanto tiempo siguen por ahí, cerca de este sector galáctico. No sé cuántos deben ser, según veo en la pantalla es probable que muchos. Las transmisiones poseen un código de conducta obligatorio: identificación de la nave, del jefe de grupo, número de mentálicos, fecha y lugar de emisión, número de planetas de éxito y número de fracasos.

Decepcionante. Hace doscientos años de la transmisión, así que desde entonces nadie ha estado por aquí. Muy en el fondo lamento mi estado de soledad voluntario, porque deseo saber más del destino de mis compañeros. Pero fue mi elección y debo aceptar mi destino. Algunas razas me han rechazado precisamente por considerarme insensible, un ser yermo de emociones. Al contrario, es una pena que no lo entiendan. El grado máximo de bienestar proviene, precisamente, de este estado mental que hace que mi vida sea indefinida, salvo si sufro enfermedades o soy atacado, algo que, de momento, no ha sucedido.

Guardo la transmisión en la memoria del sistema, junto con las pocas que he logrado captar en todo este tiempo. Recuerdo que, antes de partir, realizamos la ceremonia del Compromiso. Somos libres de hacer de nuestras vidas lo que nos plazca. Hasta el momento de partida no comuniqué a mis superiores mi decisión de partir solo. Querían sondearme por si acaso hubiera algún desajuste emocional o defecto de última hora. Podría darse el caso de que estuviera enfermo, pero no encontraron nada. Quedaron perplejos. Tenía una amiga a la que yo le gustaba, y ella a mí. Me confesó sus planes juntos y lloró desconsoladamente por mi decisión. La echo de menos, era la compañera perfecta de estudios que nunca he tenido.

En la Tierra solo nos dedicamos a disfrutar de la vida, de la naturaleza, el saber, el arte, el amor y la paz. No conozco otra forma de vivir más satisfactoria, ni la comprendo. Me avisaron en la Academia de que muchas razas intentarían cambiarnos. No conozco a nadie de los míos que haya sucumbido jamás a ser diferente a como lo era en su momento. Entre nosotros, además, no podemos actuar mentálicamente, tenemos un blindaje para nuestra propia raza que todavía no ha sido identificado. Hablo en presente, como si las cosas siguieran igual, pero no, no es así, seguramente han cambiado mucho, espero que a mejor. Tengo la esperanza de que alguna vez, en mi eternidad ―que, pensándolo bien, no lo es, porque soy mortal―, encontraré a los míos. Mi calidad de solitario no es contraria a la cercanía de los demás.

Esto lo escribo en mi diario. Hay millones de archivos en el sistema con mis anotaciones. De mucho ya no me acuerdo. Los primeros años de mi partida sí que pude interactuar con otros compañeros.

―Insistimos, Detaure. Ven con nosotros. No tienes porqué pasar tanto tiempo solo, es peligroso.

No hacía más que reírme. Era un poco cínico en esa época, demasiado joven y expuesto a los impulsos más básicos, de esos de los que prácticamente carezco ahora.

La nave capta una señal. Esta vez es muy fuerte, instantánea. ¿Será que me encontraré con alguna nave de quién sabe qué raza? Pero no, para mi mayor sorpresa, es una nave de los míos. Más antigua incluso que la que tripulo, y más grande. Mi alegría es infinita, pero lo extraño es que no capto transmisiones. Esto no me lo esperaba. Cuántas cosas que contar, quién tripulará esta nave, desconocida para mí. Cuando partí, hacía tan solo unas pocas décadas que se iniciaron las misiones, y los modelos de naves no tienen que ver con esta, tan aparatosa y extraña, pero sin lugar a dudas es un diseño previo a las que conozco. Con precaución paso un tiempo enviando transmisiones de bienvenida y sigo sin recibir contestación, además no parece moverse. Decido ir a ver qué pasa subido a uno de los transbordadores. Quizá necesiten ayuda. O la necesitaron.

Todo está oscuro, con los motores auxiliares al mínimo. De este modo se mantienen siglos funcionando, mientras nada ni nadie consuma su energía. Ni rastros de cuerpos ni de otro tipo de vida. Es extraño, ahora no me parece tan divertido estar solo. Si al menos hubiera alguien allí con quien pasar la eternidad… Esta nave es mucho más antigua de lo que yo creía, apenas reconozco los mandos, y la tecnología es bastante atrasada. Se me pasan varias ideas por la mente, como que en la antigüedad ya existieran programas espaciales para salir a navegar. La Historia de mi raza no lo explica, solo empezamos hace unos años, ¿cómo puede ser? Esta nave es claramente de los míos, sin dudarlo. Buscaré en los archivos, si existen grabaciones, audios, imágenes, documentos… Sin embargo, otra duda me detiene. Si es tan anterior a mi época, ¿cómo es que ha llegado tan lejos? Estoy a punto de sobrepasar el límite de la Vía Láctea. Ninguna nave anterior a la mía, con la tecnología existente, podría haber alcanzado este punto. A menos que… lo hicieran de otra forma.

Pongo en marcha los dispositivos de archivística de la nave. Sí, son perfectamente hermosos en su antigua apariencia. Qué tecnología tan inocente y primitiva. Y fácil de manejar. No es tan distinta a la mía. Nada más activarse, suena una alarma. Qué escándalo. De pronto, todo se pone en marcha. Los paneles de control, las luces, los motores. A lo lejos aprecio un ruido como de sierra, seguido de un fugaz tono como de descompresión. A los pocos minutos continúa todo igual. Me dedico durante horas a estudiar los archivos, o más bien a buscar, de entre toda la información técnica de la nave, algún dato histórico que esclarezca a qué época pertenece y el objetivo de su misión. Apenas encuentro los nombres de los tripulantes, cuando detrás de mí se abren compuertas y escucho pasos apresurados. Una voz femenina suena en los altavoces de la cabina. Cuando me doy la vuelta veo a unos seres extraños apuntándome con armas, o al menos eso parecen. Hablan una lengua parecida a la mía, pero con notables cambios. Aún así los entiendo perfectamente. Lo que no cuadra es su aspecto, casi humano. Portan trajes espaciales, muy ajustados, y un equipo electrónico en el pecho. Son tres. Con extravagante parsimonia me levanto y les hablo. Quedan asombrados de que mis palabras sean similares a las suyas.

―¿Crees que es humano? ―dice uno de ellos.

―Me llamo Detaure. Pertenezco a la flota mentálica de la Tierra.

―¿De qué hablas? ¿Estás loco? ―grita la mujer cuya voz parecía la que había sonado en los altavoces.

Mi sosiego parece exasperarlos. Nunca he estado tan tranquilo. «Tantos siglos de visitas a seres de otros planetas, tantos secretos de la vida descubiertos… no, amigos. No voy a asustarme como lo estáis vosotros. Vamos a hablar, y a intercambiar conocimientos». Eso es lo que les transmito. Les ha llevado un buen rato entender qué ha pasado y me veo en la obligación de aclararlo de nuevo. Bajan las armas y su actitud cambia de hostil a curiosa. Despojados de sus trajes cuando la nave les anuncia que el oxígeno es suficiente, se acercan a mí, con recelo. Su piel es de aspecto blando, con tonos mates. Poseen largos cabellos y ojos relucientes. ¿Qué tipo de seres humanos son esos? La mujer me toca, y vuelve a apartarse de mí con rapidez. Uno de sus compañeros, sentado a los controles, da la alarma por el avistamiento de mi nave. Les aviso de que soy el único que la tripula y no tengo intenciones hostiles.


III. Los diarios.

Sonya es la científica del grupo. La invito a mi nave, los demás no quieren acompañarnos. Es valiente, Sonya. Muy valiente. Me cuenta la misión de la que forma parte y que, tanto ella como sus compañeros, han permanecido quinientos años a bordo de la nave. Cada cierto tiempo hibernan, pero hacía mucho que los filtros de calendario se habían estropeado y no saben ahora en qué fecha se encontraban. Los desperté yo mismo, al iniciar el proceso de activación de los archivos. El programa remoto está programado para hacerlo, en caso de que una inteligencia ajena aborde la nave. Según mis registros, son cien años más jóvenes que yo, en términos del pasado, claro. Es decir, zarparon un siglo antes de que yo lo hiciera, y su tecnología era secreta en aquel momento. Entonces, ¿son humanos, como yo? Sí, lo son. Pero no como yo los recuerdo. Sonya ha traído a bordo un dispositivo móvil con información vital. Información que me provoca algo que nunca antes había sentido. ¿Por qué somos, pues, tan distintos? ¿Cuál era la razón por la que no les parezco humano?

―Sí lo eres, Detaure. Ahí dentro hay un humano.

―Pero soy una evolución. Soy un mentálico.

―No solo eres un mentálico. Eres un cascarón. Una carcasa. La única parte humana que queda de tí, es tu mente. ―y con uno de sus finos dedos señala a la capucha transparente de mi cabeza, donde tengo mi cerebro, una masa esponjosa con millones y millones de conexiones y neuronas positrónicas que brillan fugaces con destellos rápidos y ágiles. En cambio, ella tiene una cobertura capilar de bonitos tonos oscuros.

―Estás describiendo a un robot, ¿verdad? ―contesto.

―Más o menos. Pero tu mente es real, es humana.

―¿Por qué lo sabes?

―Porque yo te creé.

Detaure, mentálico de la flota terrestre para la inspección de planetas, vida e inteligencia extraterrestre. Sujeto del proyecto E.T.E.R. y destinado, por voluntad propia, a la misión en solitario. Mejorado tecnológicamente con los últimos adelantos para lograr mayor longevidad con el fin de superar los límites de la vida humana. Lo había olvidado. ¿Cómo? Si recuerdo tantas cosas… y mis archivos… mis bases de datos… Sonya me ayuda a sondear los registros, los millones de datos de mis diarios e investigaciones. Muchos se habían perdido con el propio proceso de limpieza y mantenimiento del cerebro positrónico de la nave, conectado a través del mío propio y ayudado por el enlace mentálico desarrollado por mi especie.

Fui uno de los pocos que se ofrecieron al gran cambio. Sacrificar tu cuerpo por uno mejor, de metal, para ser inmortal hasta cierto punto. Lo había olvidado. Mi mente reaccionaba al paso del tiempo y a toda la acumulación excesiva de información. Yo, junto con el cerebro de la nave, perdía un poco de mí mismo después de aquel cambio, como estrellas fugaces que se disipan en el cosmos y jamás regresan. Pequeños detalles de mi vida y de tantas vidas conocidas dispersas quizás en la red cerebral, irrecuperables, o perdidas, no lo sé. O tal vez convertidas en ondas magnéticas que escapan a la revisión del programa de mantenimiento, expulsadas y obligadas a vagar en el vacío desconocido. Soy una mentira, pues. Un experimento, un cruce entre chatarra inteligente y carne humana. ¿Dónde quedó mi humanidad, entonces? ¿De qué me sirvió evolucionar si con ello dejé de ser el hombre que era?

Tras un proceso de búsqueda, Sonya no puede recuperar nada. El programa es demasiado adelantado a sus conocimientos. Le queda grande como a mí la dignidad. Ni siquiera sabe por dónde empezar. Pero queda la otra cuestión. Ella me había creado, lo ha dicho, sí.

«En el año 2247 inicié una investigación para descubrir el secreto de la longevidad humana. En esa época las personas vivíamos hasta los 120 años, llegábamos a esa edad en un estado de salud aceptable. Y empezó la expansión al espacio, pero en serio. Nada que ver con la carrera espacial de hacía dos siglos.

»Tan pronto como se enteraron de mi investigación, los encargados del proyecto E.T.E.R., por aquel entonces secreto, me reclutaron y sacamos adelante un experimento en fase beta, que no tardó en fracasar. Quise dejarlo, había vidas humanas en juego. Pero ellos me obligaron hasta que decidí optar por un cambio importante en el proceso. En lugar de intentar que el cuerpo humano tardara más en envejecer, tal como la naturaleza había demostrado desde los últimos siglos aumentando la esperanza de vida, y de forma artificial por otra, orienté la investigación hacia la supervivencia de la mente transplantada a otro recipiente más duradero.

»Y no hace falta que continúe. El resultado eres tú. Es posible que seas uno de tantos. Nunca lo sabré. Me embarqué cien años antes de que tú lo hicieras. Supongo que continuaron con los experimentos y llegaron a alcanzar una perfección que no me esperaba. Detaure, eres un milagro, pero al final, veo que me equivoqué.

―¿En qué crees estar equivocada?

―En lo que se consigue con la inmortalidad. ¿No te das cuenta? Llevas vivo cientos de años, dentro de ese contenedor tecnológico que se asemeja a una persona. Pero, ¿de qué te ha servido? Has olvidado incluso cómo eras en realidad. Tu propia naturaleza, y parte de tu pasado. El cerebro de la nave es insuficiente para albergar todo el conocimiento que has encontrado en todo este tiempo. Y lo peor: has olvidado tus emociones.

―Pero los mentálicos somos así. Por esa razón vivimos más. Porque perdimos la necesidad de lo básico: el deseo, esencialmente. Y con él, el odio, las alegrías, la tristeza, la ansiedad, la gula… el desenfreno en cualquier tipo de emoción humana. Y, por consiguiente, he logrado la paz, la armonía y el conocimiento de tantos pueblos repartidos por la galaxia. He visto maravillas, Sonya; increíbles fenómenos estelares, razas parecidas a la humana y otras tantas diferentes. He tenido todo el tiempo del mundo para estudiar y entender secretos que jamás en la Tierra y con la vida que llevaba el ser humano, ni en millones de años podría haber conocido.

―Y yo te repito: ¿a cambio de qué? De dejar de ser humano, ¿no crees?

Sonya calla por unos instantes. Creo que va a dejar el tema, pero continúa con más ahínco. Intento penetrar en su mente pero me resulta imposible. Se da cuenta de ello. ¿Cómo es posible?

―En los primeros doscientos años mi tripulación y yo despertamos en varias ocasiones de nuestra hibernación, y durante ese tiempo recibimos actualizaciones de lo que ocurría en la Tierra. Una de ellas fue la de la aparición de los mentálicos, y cómo crear un escudo en caso de cruzarnos con ellos. ¿Sabías que llegaron a amenazar al resto de humanos? Por eso desarrollamos en nuestra nave los aparatos que servían de escudo. Veo que funcionan.

Nadie me había contado eso. Nunca. Pero los mentálicos no podíamos ser así. No albergamos odio ni violencia. A Sonya le sorprende mi reacción. Comienzo a tener miedo. Pero ¿es miedo en realidad? Ya ni sé lo que era. Conozco las reacciones ajenas, pero no en mí. Después de tanto tiempo, había perdido la base humana. ¿Quiénes éramos, pues, los mentálicos? Habíamos conseguido cambiar a todo el planeta, pero Sonya describe algo terrible.

―Somos seres humanos. Por mejores o peores que sean nuestras intenciones, eso está en nosotros. Siempre terminaremos haciendo lo mismo. Humanos o mentálicos. Cuando queremos algo, convencemos a la fuerza a los demás. Cuando amamos, nos entregamos hasta aniquilarnos a nosotros mismos o a nuestro objeto de devoción. Cuando odiamos, deseamos destruir. Es hora de que emprendas el verdadero viaje.

En un momento me encuentro llorando. Pero no físicamente, porque no puedo. Siento explotar la sensación de salir de mi cárcel de metal. Mi cuerpo artificial sufre convulsiones y cae humeante al suelo. Lo veo todo desde el cerebro central de la nave. Sonya llora autoculpándose, sujetando mi cabeza apagada, muerta, entre sus manos. Mis neuronas positrónicas cesan en su juegos de idas y venidas. El cascarón está vacío.


IV. La estrella.

Lo hermoso del ser humano es sentir que lo es. Explotar sus emociones, sentirlas hasta que ya no pueda más, y perezca. La muerte me sobrevino hacía mucho tiempo atrás, cuando, en cierto momento de mi vida, transplanté mi mente al cascarón inerte que estaba tirado en el suelo. Desde los controles de imagen lo vigilo. No se mueve. Así como mis emociones dejaron mi espíritu cuando abandoné mi cuerpo mortal, la esencia de mi mente, por segunda vez, se transplantó de receptáculo. Ahora habito el cerebro de la nave. En el proceso he perdido información, antigua, por supuesto.

Sonya abandona la nave, regresando con los suyos. Quiero ponerme en contacto para hacerle llegar la buena noticia. Que no sufra, si eso es posible. Sigo existiendo, en otra parte. Finalmente no lo hago. Corto la comunicación antes de que detecten algo. Pero comprendo, demasiado pronto, que lo peor de perder las emociones no era, concretamente, ser inmortal o excesivamente longevo. La desgracia consistía en no poder expresar con mi propio cuerpo, el de carne y hueso, lo que siento. Haga lo que hagra me es imposible. No existe placer. No puedo llorar. Ni gritar. Pronto me volveré loco. ¿O ya lo estoy? Me encuentro vacío, al tiempo que me hallo repleto de datos importantes. Pero todo aquello no me reporta nada. Solo satisfacción de tenerlo. Y nada más.

He estado esperando a que la nave de Sonya desaparezca y se encuentre lo suficientemente lejos del radar. Mientras, he podido hallar una gigantesca estrella, tan deslumbrante como peligrosa, potente, a medio pársec. Con el motor extralumínico al máximo solo tardaré unos minutos en llegar. Por lo que dispongo en el mapa galáctico, esta estrella se halla fuera de la Vía Láctea, y en dirección contraria a la de Sonya. Me parece perfecto para mis propósitos.

La veo acercarse desde la cabina de mandos. La pantalla retransmite mi llegada a la estrella, terriblemente azul. Aumento la velocidad extralumínica. En tantos siglos solo la utilicé dos veces, no era necesario, pues no tenía prisa alguna. Ahora tampoco la tengo. No existe ya necesidad de seguir aquí. Nada posterior a lo que he entendido, tendrá sentido. Lo mejor es deshacerse en partículas, dejar mi mente vagar libre, por fin, de la esclavitud del deseo egoísta de un humano mentálico llamado Detaure, que una vez quiso ser el más viejo del universo.

FIN

Por Marcos A. Palacios.

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