‘¿A dónde vamos?’ Por Marcos A. Palacios

Permanecieron, por tiempo indeterminado, vagando distantes y solitarias, a la deriva entre las estrellas y planetas. La inercia y la necesidad las unió en una sola corriente de energía. Incorpórea, incolora, sin sonido ni luz. Pensaron al tiempo, todas las almas abrasadas por la incertidumbre, convertidas en una única mente. Se interrogó a ella misma sobre su origen, menos importante, tal vez, que su destino.

A lo lejos la Tierra, ya no tan azul como antes, saludaba con el baile de nubes en su atmósfera, y recordó, en calma, todos los millones de seres que abandonaron su vida física allí abajo. Tiempo después, cuando la Tierra ya no se veía, la Corriente Única sintió otras corrientes, sin embargo, diferentes, pero de la misma naturaleza que ella. Probó a preguntarle a una, temiendo no ser comprendida, puesto que el murmullo eléctrico emitido por la otra sonaba ligeramente extraño.

Le respondió con gruñidos agudos y profundos, de variedades inimaginables. Era la corriente del reino animal de la Tierra. Identificó el tañido de las urracas, el relinchar de los caballos, el zumbido de las moscas, el chapoteo de los delfines. Llegó a la conclusión de que su otra compañera de viaje sería el reino vegetal, pero esta no emitió más que silencio, y continuó su camino.

Ahora temblaba de frío, un frío tan vacío como el lugar donde se hallaba detenida, flotando inerte sobre luces de colores, lejanas y, quizá, muertas hace ya eones. Sintió que echaba de menos la lluvia, el viento, el olor del dinero y el humo de las fábricas, de los perfumes de las flores y el sabor de la fruta. Pero eso solo lo encontraría en la Tierra, y ya no podía ser, porque ya no quedaba nada. Ni nadie.

Quiso la Corriente Única sembrar otras Tierras, y allá donde buscó vida no encontró más que caos. De vez en cuando se topaba con algo metálico o flamígero, pero no le daba importancia, porque su ansia consistía en volver a la normalidad, en ser, de nuevo, millones de individuos, cada uno con su independencia. Contempló un día un planeta de gran belleza, y lanzó algunos destellos en dirección a su superficie, con el ánimo de que, una vez germinaran, se multiplicaran y comenzaran un nuevo origen. Esperó en vano.

Saltó a otras constelaciones, otros Sistemas Solares, y los vientos por los que se dejaba llevar soplaban, impacientes, sin darle oportunidad de estudiar los planetas cercanos. Decidió frenar y moverse por sí sola, al compás único de sus estímulos y deseos. Y pensó que podría descansar, agotada como estaba, en algún habitáculo en el cual se le permitiera, por naturaleza, quedarse un tiempo. No halló lugar idóneo, así que preguntó a todas las almas, una por una ―porque todavía conservaban su individualidad―, y todas respondieron lo mismo: “Lo que tú digas”. Entonces, la Corriente Única, decidió que todas querían lo mismo, y siguió el rumbo, siempre adelante, más lejos, a través de colores, gases y sonidos de baja frecuencia, y quedó maravillada porque antes no escuchaba nada.

Parecía una música deliciosa, el son espacial de los átomos, los elementos y las reacciones químicas. Podía cantar, y bailar, sentirse tan libre como cuando era millones, solo que antes pesaba menos, y en este estado le costaba más moverse. Hasta entonces no se había dado cuenta, siempre empecinada con encontrar otro hogar, lanzar sus chispas y generar nueva energía que dotara de forma y vida a esas cosas tan pequeñas que yacían congeladas o nadando en paraísos desconocidos. ¿Cómo eran, cuáles eran sus nombres? Después de tanto tiempo, la memoria le fallaba. Un temor insensato le invadió y desvió de su trayectoria, hasta chocar con una masa de energía oscura y densa, desagradable. ¿Acaso era aquello uno de esos fenómenos que estudiaba cuando era una persona?

Fuera lo que fuese pasó, dejando herida su estructura. La Corriente Única se tambaleaba y gruñía, millones de gritos despertaron al unísono, potentes, sufriendo, callando a medida que se curaba. No tuvo que hacer nada, ella sola volvió a unirse por completo y suspiró aliviada, cuchicheando a menudo sobre esto o aquello que veía.

El silencio del espacio se tornó ruido, y una fina y espesa capa la envolvió, reteniéndola durante un tiempo indescifrable, pero le dio igual, porque parecía estar flotando en un mar de arena y luz, y se sintió feliz. Ya no se planteaba nada como antes, abandonó toda presunción de sabiduría, de objetivos. ¿Para qué? ¿No era esto la eternidad? Ya tenía suficientemente claro que nunca volvería a cambiar de estado. Así, tal cual era, estaba bien.

Pero un día el campo de fuerza que la mecía se fue deshilachando y, a través de pequeños agujeros, la Corriente Única escapaba involuntariamente de su prisión de felicidad, maldiciendo la causa que provocó que tuviera que impulsarse de nuevo con su propia energía. Para entonces había olvidado quién era, y las motas individuales ya no hablaban. Era, definitivamente, un plano liso y silencioso. Quiso creer que había disminuido de tamaño, a sabiendas de que solo era un presentimiento inútil.

Al poco, a lo lejos, vio acercarse una luz que todo lo envolvía. Era blanca y hacía daño. Preguntó a la luz quién era, pero solo recibía silencio. ¿Había perdido la capacidad de escuchar? Lanzó de nuevo la pregunta, y la luz la atrapó con furia. La Corriente Única sintió desvanecerse otra vez en millones de partículas, diminutas, que hacían ahora mucho ruido. La luz blanca, aquella luz depredadora, le hablaba suavemente, le contaba que era Dios, y que allí terminaba su viaje, había alcanzado el final. Pero, ¿el final de qué?

A su lado, las corrientes del reino animal y el reino vegetal cantaban melodías afines a Dios, y notó cómo trozos de sus compañeras penetraban en su estructura, haciéndole cosquillas, salpicándola de cosas que no comprendía. Después, caían, lejos, despojadas de soporte, hacia la luz que las invocaba.

¿Qué era eso que sentía? Llanto. Alegría. Recuerdos que pasaron más rápidos que un haz de luz. Como chispas eléctricas, la Corriente Única perdió sus sentidos para encontrarse ahora dividida en millones de almas, las mismas que salieron de la Tierra cuando existía el Universo, cuando las estrellas brillaban y morían.  Esas mismas almas que ahora se ahogaban en preguntas inútiles y, animadas por la gracia de aquella luz siniestra y poderosa, eran enviadas a su nueva existencia física.

Por Marcos A. Palacios

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