Bibliotecas personales a lo largo de nuestra vida

Desde que nos convertimos en ávidos lectores, las bibliotecas personales, ya sea en nuestro cuarto o despacho, son un elemento indispensable en nuestra vida. Pero, los libros ahí depositados, ¿permanecen para siempre en los estantes?

Bibliotecas personales

Como he comentado alguna vez, yo empecé recopilando un sinfín de libros ilustrados tanto infantiles como juveniles, tebeos y cómics… y los llevaba de un lado a otro de casa, en permanente exposición. Los leía una y otra vez, muchos me los aprendía de memoria. Algunos otros los reproducía como ficción sonora en un cassette, o al menos, unos cuantos párrafos.

De todos ellos muy pocos han llegado hoy, después de más de treinta años, a un estado de conservación óptimo. Muchos se perdieron en la memoria. Pero esa primera colección, esa primera biblioteca personal, es siempre un comienzo tan dulce y pueril de lo que será de adulto; el reflejo, la raíz de nuestras acciones cuando seamos mayores.

Este sí, este no…

Un día, sobre el año 2000, hablaba con mi profesora de Historia en el instituto de aquel entonces. Era una buena maestra, con unas clases dinámicas donde todos participábamos debatiendo y pensando, como muy pocos maestros que he conocido han conseguido. Pilar, que así se llamaba —y espero que siga llamándose—, guardaba un gran parecido a la actriz Angela Lansbury, y por supuesto era más joven en ese momento. De hecho, la llamábamos doña Fletcher.

Pues bien, en un punto concreto de la conversación, Pilar me dijo, con total convencimiento, que en los próximos años me desharía de algunos libros y no todos llegarían a permanecer eternamente en mis estanterías. Escandalizado, lo pensé, y me entró un vértigo bochornoso. Sentía un orgulloso celo por mi biblioteca, y repasando algunos ejemplares, pensé que era imposible deshacerme de ellos. A lo que contestó, más segura todavía, que «por supuesto que te desharás de muchos. Los años van cambiando los gustos y las necesidades, y terminarás dándote cuenta de que algunos no los quieres o no los necesitas».

Más o menos, es la transcripción de sus palabras, pero exactamente lo que quería decirme. Seguí escandalizado, y dudé de que aquello pudiera suceder. Y sin embargo, dada la confianza despositada en ella, y la simpatía que me despertaba, me dejé convencer, o mejor dicho, me permití creer en sus palabras.

Una biblioteca ideal. Foto: Los Conjurados Tumblr

El tiempo nos da la razón

No tuvo que pasar mucho tiempo cuando, después de aquella charla con la señora Fletcher Pilar, me di cuenta de que sí. De que, igual que en otros aspectos de la vida hay cosas que no son eternas ni permanentes (por ejemplo, nosotros mismos), los gustos y necesidades bibliófilos tampoco lo son. Y esos ejemplares que hasta hacía un tiempo contemplaba con respeto y admiración, pronto se convertían en innecesarios.

No por nada malo en especial, sino porque, o bien encontraba una mejor edición, o era un libro que en realidad ya no formaba parte de mis  gustos personales, o no me gustó tanto como yo creía… fueran los motivos que fueran, al mismo ritmo que muchos ejemplares ocupaban un puesto nuevo en las estanterías, otros eran deshechados. ¿Sucedía lo mismo en las bibliotecas personales de los demás?

Diferencias entre lo necesario y lo curioso

En esa época no se encontraba tan desarrollada la actividad en internet. Pero pocos años después ya encontrabas páginas de compra-venta de segunda mano. Las librerías no eran muy buena oportunidad para «vender» esos libros que sobraban, por ser un mercado que no pagaba bien. Es comprensible, no es el consumidor final, sino un intermediario. Por lo que, o vendías por céntimos el libro o se lo regalabas a alguien.

Tampoco es que necesitara el dinero, ni fuera a hacerme rico. Pero en cuanto pasaron los años y el estallido de internet para estos menesteres fue más fuerte, y mi fuente de libros continuaba en continuo tráfico de idas y venidas, era el momento de vender, cambiar o donar esos ejemplares. Esta es la forma que hoy en día utilizo para esos libros que no me interesan, que a pesar de entrar a formar parte de mi biblioteca, salen en el momento de ser leídos. Las bibliotecas públicas también hacen su papel.

Nunca digas nunca

Esta frase se contradice ella sola pero ya nos entendemos, tiene razón. Es más vieja que todos nosotros juntos. Aquel día de 2000 me dieron una lección; no aprendida con un libro, sino con una maestra que, sanamente, y por experiencia, me supo exponer un hecho que, a pesar de no haber ocurrido todavía, era cuestión de tiempo que pasara. Y mi expresión de sorpresa y afirmación de «Nunca podría deshacerme de mis libros» que exclamé, se debía más a la nula curiosidad por no plantearme esa misma cuestión.

Y de no haber hablado con Pilar, es seguro que más adelante habría descubierto por mí mismo que ya no necesitaba ciertos libros, los cuales estaban esperando otras manos. Que no os sorprende si vuestras bibliotecas personales van evolucionando a lo largo de la vida.

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