CosmoVersus

Revista de ciencia ficción y cultura

Ciego amor de mi vida.

Le miro mientras duerme, a mitad de la madrugada. Enmedio del silencio me llega el sonido de su respiración, lenta y dulce, y el aroma cándido de su aliento acaricia delicadamente mis ojos, que se cierran por instinto. Es la primera noche de nuestro viaje de aniversario, son ya tres años de inseparables vivencias, tan profundas que forman parte de mi itinerario vital. Siempre tan atento, limitando sus necesidades a mi comodidad. No podría ser más feliz por tener a alguien así a mi lado, con quien nunca pasaré miedo alguno.

Por algo me gusta mirarle mientras duerme, porque veo lo mejor de él y de todo el mundo concentrado en ese cuerpo acurrucado y cálido bajo las mantas. El frío le hace taparse hasta la barbilla pero yo, con mis manías, le cubro un poco más, como si no tuviera bastante. Es un gesto materno, una manía que quizá eternice cuando tenga hijos y haga lo mismo con ellos, así como mi madre lo hacía conmigo y mis hermanas. Me hace sentir bien, cuidándolo para que a él tampoco le falte de nada.

A veces tengo impulsos de abrazarle tan fuerte y meterme dentro de él para protegerlo, que nadie más se le acerque, ni le toque, que debo calmarme para no hacerle daño. Es tan delicado y sensible… con un par de besos me conformo. Pero ahora, dormido, está a salvo del mal de las personas, y solo yo soy su guardiana. Me acerco a su frente y con mi nariz huelo su rizado flequillo, qué aroma tan especial y suyo, inencontrable en nadie más. Después le beso en la frente con cuidado de no despertarle, aunque es difícil cuando duerme tan profundamente. ¿Qué soñará? Cosas felices, conmigo, con nuestra vida juntos. Ojalá pudiera entrar en tus sueños, agasajarte, dominar el argumento de tantas historias que olvidas al despertar…

En unos segundos, o eso me parecen, siento un hondo mareo que oscurece la habitación, ya no entra la luz de las farolas a través de los huecos de la persiana, tampoco percibo los contornos familiares de la mesa y la televisión de la pared. En un instante todo eso desaparece y no puedo moverme siquiera a pesar de intentarlo. El calor me invade, pero no el de las mantas, sino otro calor más familiar que llega acompañado del perfume de Santi, intenso, infantil como él es. Percibo colores y contornos en la negrura que van tomando formas familiares. Las reconozco, son las calles de Madrid, el de los Austrias, donde esta tarde habíamos estado paseando. Veo ahora la cerveza de Santi, siempre en botella, nunca en vaso, en una terraza y, a su lado el cenicero con mi cigarro, tiznado de carmín en la boquilla.

Estoy en sus recuerdos, en su mente o sueños, lo que sea, pero estoy dentro de él, lo noto, percibo la ligereza de lo etéreo, pero no sé cómo he llegado hasta ahí. Será de tanto amor, de tanto como le deseo. Pero no sufro; al contrario, perder mi corporeidad no ha supuesto ningún trauma. El problema será salir de él. Quizá cuando despierte. Sí, al despertar volveré a su lado, en la cama, mirándole como estaba haciendo hace unos instantes, disfrutando nuestras vacaciones.

La fotografía de aquella tarde se difumina y vuelvo a la oscuridad. Noto cómo se remueve en la cama pero no se despierta. Podría intentar cambiar de recuerdos y abrir otra puerta, pasear un poco más, lo que dure la noche, entre sus pensamientos. Quiero más intimidad, llegar a lo más privado, a lo que nunca me haya contado. Pero es imposible que un chico tan frágil y cariñoso albergue secretos, sé muchas cosas de él.

Encuentro una puerta que da a su cuarto, en casa de sus padres. Está vacío pero tiene el móvil sobre la mesa, desbloqueado, esperando para mí. Nuestra foto en la pantalla de inicio me llena de emoción y amor. Veo que le llegan mensajes de Whatsapp de Virginia, mi prima. Le dice que tiene ganas de repetir lo de fin de año, que se ha comprado un DIU y no está embarazada, que puede hacer con ella lo que quiera. Esto es una pesadilla, no son sus recuerdos, no puede ser, estoy equivocada, me encuentro en un mal sueño y despertaré de un momento a otro. Intento impulsarme fuera pero sigo allí, sin poder hacer nada. Es muy asqueroso, Santi, si esto es verdad.

Quiero escapar y salir de allí, pero me caigo al suelo y me duele la rodilla. Al levantarme me ahogo con el humo de tabaco acumulado en el ambiente, estoy en casa de alguien, hay muchos tíos con camisetas y bufandas del Atleti, corean y gritan y se emocionan. Tienen cervezas y pizzas por todas partes. Entre ellos Santi, algo más joven, se abraza a sus colegas cuando entonan un «¡Gooooool!» de esos que hacen temblar el piso entero. Después, mareado, se va al aseo y saca una bolsita con algo blanco. No me lo puedo creer, Santi pero ¿qué haces? No puede verme ni oírme, y me desespero. Esto no me gusta, quiero salir de aquí pero algo me retiene. Rápidamente aspira por la nariz la coca que previamente ha alineado a la perfección sobre el espejito y se ríe, el muy mamón, qué desgraciado.

Al final no ha sido buena idea querer entrar en tí. Yo, que te adoro, que pierdo la vida por atenderte, por complacerte, por respetarte, igual que tú lo haces conmigo, pero eres una mentira, eres todo lo que me repugna. Temo volver a encontrarme con otra imagen desagradable, acaso tu vida está llena de sandeces y mentiras, porque eso es desde ahora nuestro amor, una mentira, no te conozco y ya no sé si quiero saber más de tí. Así que intento calmarme, respirar, salir de dondequiera que esté para olvidarlo todo. Cuando despierte todo terminará. Son mis miedos, me repito una y otra vez, el reflejo de todos esos males a los que mi novio se enfrenta todos los días y yo debo guiarle para que no caiga en la tentación.

Qué estúpida soy.

Me río hasta llorar mientras un haz de luz me invade por completo desde arriba. El sol abrasa y los reflejos de la piscina llegan hasta mi vientre humedecido. Termino de ponerme el protector solar y Santi me avisa de que va a subir a la habitación a por sus gafas de sol y la gorra. Eso fue este verano, en Cádiz, de vacaciones con Virginia, su novio y el hermano de Santi. Manu aparece con unas cervezas y se planta a mi lado, sobre el césped. Pero esto no es la realidad, así que me voy de allí y subo a la habitación a ver qué hace Santi. Entro con él y lo primero que hace es quitarse el bañador, no logro entender para qué. Pero después de ver a Virginia en la cama, riendo y fumando, me hago a la idea. Está muy oscuro y apenas puedo guiarme por la habitación.

Santi entra a la cama y Virginia le besa desesperada. De nuevo quiero morirme y desaparecer, aunque algo así me esperaba. Es como si el fantasma de las navidades pasadas me torturara por mi avaricia. ¿Acaso está mal amar a alguien como yo amo a Santi? De pronto algo se mueve junto a ellos. Una risa grave rompe el silencio de los besos adúlteros de Santi y mi prima. En la oscuridad veo un brazo moreno que la rodea y termina posándose en el hombro de mi chico. Al acercarme no puedo con tanto horror, es el hermano de Santi, allí, los tres. De pronto la nausea me invade y vomito sobre ellos, que ni se inmutan, solo se ríen y jadean.

Malditos todos, malditos seáis todos, no quiero volver a verlos. Quiero escapar y así, sin pensar, subo la persiana y me lanzo al vacío, solo que en lugar de chocar contra el suelo sigo cayendo en un agujero donde la oscuridad da vueltas a mi alrededor en un eterno sufrimiento. Mi amor desperdiciado por alguien que no lo merece… ahora lo entiendo todo, qué ciega estaba.

Sigo atada o al menos es lo que pienso porque no tengo cuerpo, solo ojos, quisiera arrancármelos y acabar con todo. Pero la visita aún no ha terminado. Contemplo a Santi en el hotel, junto a la cama, mientras me estoy duchando. Es esta misma noche, hace tan solo unas horas. Santi levanta mi almohada y dibuja una estrella de cinco puntas a la que acto seguido rellena con una pizca de sal. Después vuelve a escribir sobre la sábana, esta vez unos símbolos escalofriantes mientras recita versos ininteligibles para mí y, para finalizar, coloca sobre la estrella un mechón de pelo, probablemente mío.

Salgo de la ducha y hacemos el amor y ahora me siento sucia, asqueada por ese traficante de sueños que dice ser el amor de mi vida, mi vida entera, mi más preciado objeto de deseo. Qué pronto se rompen los sueños, las vidas, las esperanzas. Pero quiero acabar con esto y no pienso en otra cosa que en el odio que surge por ese atropello despiadado, la herida no solo en mi orgullo sino en mi dignidad como persona, como mujer. Voy a buscar a mi neceser las tijeras y sin parar de maldecir a Santi le vacío los ojos hasta que queda inerte y la vida escapándosele por las cuencas destripadas de los ojos. Ningún sonido ha salido de su boca, ha estado mudo, aguantando como un campeón su merecido.

Me da mucha pena verle así. Me tiendo al borde de la cama y rezo por él, por su alma, por su perdón, y sobretodo, rezo por mí, que siento evaporarse el escenario de mi venganza, que mi cuerpo se dilata y difumina en lo oscuro del ser de Santi. Desaparece el hombre al que tanto he querido, y yo, atrapada en su mente, dejo de existir por momentos, junto a él.

Por Marcos A. Palacios

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5 thoughts on “Ciego amor de mi vida.

    1. Gracias por tu comentario. Si he de ser sincero, reconozco mi ignorancia por no haber leído a Joyce -si es a James a quien te refieres-, pero por otro lado, siento agradecimiento al comparar a este humilde escritorucho con alguien que, según tengo en cuenta, es un grande de las letras. ¡Un saludo!

  1. Sabe a desesperación. A obsesión y desamparo. A soledad y falta de cariño.

    El amor es ciego, pero la mayoría de las veces somos nosotros mismos quienes nos atamos la venda a los ojos. Quienes nos empecinamos en cometer un error. En creernos que una persona cambiará por nosotros, como si eso no fuese encorsetar en un papel que no le corresponde. Y la tragedia va de la mano.

    1. Has sabido ver tantas cosas bajo esta “confesión” de alguien que sueña en color de rosa y depende totalmente del otro. Esas cosas acaban mal, como bien dices. Es un error, lo veas por donde lo veas: ni hay que idealizar, ni hay que abandonarse a nadie. ¡Gracias por comentar! Y espero que no tengas pesadillas.

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