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Revista de ciencia ficción y cultura

Cómo convertirse en bestia

Lo primero que hay que saber cuando tienes intención de transformarte en un ser terrible, es que tu corazón debe albergar fe. Si no, no vale para nada cualquier intento. Todo sería en vano. Solemos creer a pies juntillas en sentimientos abstractos, intangibles, como la amistad, el amor —¡qué relativo y ambiguo, el amor!—, y todas esas cosas que nos enseñan en las películas y series de televisión noñas. No, amigos, la fe propia debe provenir de las creencias de cada uno, sin que mancha externa alguna la pueda manipular.

Ahora bien, para ello has debido pasar la prueba de fuego: una infancia repleta de cine de terror, de Troma, de Serie B, de clásicos, de literatura de horror y gótica, no cualquiera. De esta manera, tienes un plus, ya que has entrado en el fabuloso mundo de la oscuridad que llevas dentro. No hay que tomarlo a broma.

En segundo lugar, debes exponerte a cualquier cosa de las aprendidas en tu periplo por el bestiario clásico y costumbrista. Pongamos que nos encontramos en Europa, como es mi caso. Tenemos el folclore de los países y reinos del este; las leyendas góticas inglesas, los terribles sucesos de los pueblos españoles. Busca, hombre, no te cortes, es lo que yo hice, empujado por mi sed de conocimiento. Puedes ir a por lo típico: un hombre lobo, o un vampiro no-muerto. Lo sé, está muy visto, pero es lo que tenemos más a mano, ¿verdad? No obstante, tienes opciones por todo el mundo, tanto mejores que estas, y más ventajosas. Yo no fui muy lejos, y tiré por lo fácil. Puestos a probar… ¿para qué complicarse la vida con shinigamis cuando aquí al lado tienes una verdadera fuente de lustrosas alimañas? Será por ofertas…

Alguna vez pensé en exponerme a sustancias radiactivas o experimentos químicos, en los cómics funciona. Pero de ahí puede salir cualquier cosa. No siempre acaba bien, y prefiero, en mi caso, elegir exactamente la criatura que quiero ser.

Otro modo de convertirte en bestia es una buena maldición. Pero a mi edad, pasados los cuarenta, ¿qué maldición ni qué narices puede pesar sobre mi familia y que me haya podido afectar? No hay nada especial en ella, ni ahora ni hace siglos. Me tomé la molestia de investigar y no ha ocurrido suceso alguno, que yo sepa, que haya podido conmover las generaciones venideras de un tiempo a hoy en día. ¡Qué aburrimiento! ¿Tengo que ir a buscar, entonces, un poblado de zíngaros para que me lancen una malidición, de esas que recaen en tus descendientes…? Entonces, ¿y yo qué? Lo que quiero es que me afecte a mí. No me sirve.

Para que el drama sea más teatral, búscate una novia. Este verano elegí a una muchacha de talante sensible y finos modales, como las damiselas de la Hammer. Es perfecta. Te vas de viaje con ella, es el momento más emocionante de la relación. Te conviertes, y ya tienes a tu dulce amor preocupada por tí y, además, en peligro, porque ella será la primera y principal víctima que la furia de tu nueva configuración física y mental considere como la idónea para estos menesteres. ¡Ah! Y un villano. ¿De dónde lo sacaré? Muy complicado, no quiero que lo estropee todo.

Decidí convertirme en vampiro. No puedo ser más clásico y aburrido porque es imposible serlo más. Adiós a la luz del sol, adiós a mi gente amada. Hola eternidad. Mientras nadie me moleste, yo seguiré con mis tareas alimenticias en secreto, aislado de la nueva era tecnológica. ¿Por qué? Antes era más sencillo permanecer oculto. Pero hoy en día, con tanta vigilancia, tecnología en investigación y en manos de la gente de a pie, dudo mucho que me resulte fácil pasar desapercibido, pero como la mayoría de las personas cree que todas estas historias son pamplinas, no dará lugar a que me persigan. Lo más fácil es no alimentarme de gente normal. Buscaré víctimas intrascendentes. Y ella… ¿qué haré con ella? Un susto de muerte, y mi transformación en bestia del más allá será un trauma para toda su vida. No volveré a verla. No la transformaré. Ya encontraré otras compañeras más adelante.

Lo preparé todo. Un viaje a Transilvania para perderme durante una buena temporada. Pero antes, la mordida perfecta del vampiro perfecto en Centroamérica o Sudamérica, donde se encuentran los verdaderos vampiros chupasangre. Debo convertirme, también, en un ser malvado que albergue toda la maldad posible, bañarme en sangre y jugar con mis víctimas: un verdadero sádico. Mi receta tiene que ser efectiva. Creo en ella, y así sucederá. El tema es construir mi trayectoria antes de nada.

Volví con varias mordeduras. Al final engañé a mi compañera, la maté y empalé, usando su sangre para tomar un baño. Me sumergí en grupos satánicos y aprendí artes malditas. Acabé en los Cárpatos. Y una vez allí, esperé al sortilegio.

—Oye, tú. ¿No estás llevando demasiado lejos la partida de rol? Te has enrollado mucho.

Odio que me interrumpan, y más cuando estoy en lo mejor. Así, pues, les hice una demostración. Que la fe me ha salvado la vida, es innegable. Quien no tiene fe no llega a ninguna parte y su vida carecerá de cualquier tipo de estímulo. No hablo de fe religiosa, sino de lo que sea que te haga feliz. Entonces, inicié el proceso. Sentí los huesos arder y romperse en mil astillas, los órganos, como arcilla, se retorcieron dentro de mi cuerpo, como ratas en un saco. Ya no dolía, estaba acostumbrado. De esta guisa mi fisonomía pasó a deformarse para tomar una apariencia diferente, la de un quiróptero humano. Crecían mis uñas, las manos se tornaron garras, mi cuerpo explotó de pelo y el rostro, lo más importante, se ensanchó para que cupiera la prodigiosa nariz y boca tan peculiares en los vampiros. Alguno de los compañeros se atrevió a decir que en las películas mola más. Mezquino, serás el primero.

Las orejas ya no parecían tales, sino dos gigantescos pabellones auditivos, y al tiempo que mi vista se evaporaba, dentro de mi cabeza vibraban las ondas de mi radar natural. En cambio, mi consciencia permanecía intacta, algo que me costó un tiempo conseguir, pues al principio no recordaba nada y doy por hecho que mis acciones no fueron del todo civilizadas. Ahora, en cambio, controlaba y permanecía totalmente consciente de todo.

Fue extraño que ninguno de los compañeros de la partida se estremecieran ante tal cambio. Se miraron confundidos, eso sí, hasta que alguien se atrevió a decir que yo no era el único. Los papeles que nos habíamos repartido hacía meses quedaron bien claros: todos eligieron su bestia. El primer sorprendido fui yo. Anteponiendo la paciencia a mi sed de sangre, decidí esperar a que se cumpliera la afirmación. Pronto, un compañero cayó al suelo y, al cabo de pocos segundos, ya era un peludo y voraz hombre lobo. Así pues, continuó en cadena una serie de transformaciones que demostraron que la partida iba en serio. Al final, éramos dos vampiros, una mujer Polilla, una Sirena, un Hombre Lobo y otras tres criaturas que desconocía hasta ese momento.

Ahora, una vez desvelado el misterio, todos miramos al último participante que se mantiene en calma, sonriendo, y con apariencia todavía humana. El pobre lo pasará mal, pues entre nosotros comprendemos que no hay que dejarlo escapar. Después, ya nos encargaremos cada uno de los otros, pues, según la tradición, todas estas bestias somos enemigas, y no tardaremos en luchar a muerte unas con otras. Pero, en cambio, el colega humano mantiene una calma y serenidad en su cuerpo y rostro que nos desconcierta. ¿Por qué? ¿Acaso no ha elegido bien su rol, no ha llegado a completar su objetivo? Está claro que no, y nadie en esta sala, salvo él, conserva un mínimo de piedad. Estás perdido, amigo. Me aventuro a decir:

—No has jugado tu papel, ahora pagarás las consecuencias.

Y, nada más terminar mis palabras, nuestro antiguo amigo, todavía antropomorfo, se levanta triunfante, se ríe, y mostrando los amuletos con los que va cargado por entero, en una mano un revólver reluciente, en la otra un crucifijo, y demás objetos supersticiosos repartidos por sus ropas, exclama para nuestra desgracia:

—¡Yo! ¡Sí, amigos! ¡Fui el último en llegar, el que escogió el mejor papel para nuestra partida final! ¡Yo, yo soy el exterminador de bestias!

FIN

Por Marcos A. Palacios.

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