‘Comunicación’, un relato de Marcos A. Palacios

Comunicación, un relato de Marcos A. Palacios. ¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para salvar a la Humanidad y a tu planeta de una agonía totalitaria?

Comunicación, un relato de Marcos A. Palacios

Solo debía tener paciencia y esperar unos años cuando, para mi sorpresa, la respuesta extraterrestre a mi llamada de socorro llegó en meses al observatorio. En el momento en que estás tan desesperado no piensas en quién va a ayudarte. Solo gritas, y quizá alguien te escuche y salve la situación.

Mi obsesión con el proyecto despertó recelos en los compañeros, en toda la NASA, a decir verdad. Por suerte, todos eran tan escépticos en mis resultados que poco a poco dejaron de prestarme atención. Resulta chocante que el Gobierno me dejara hacer a mis anchas; un Estado totalitario, al final, aparta a un lado las cuestiones espaciales para centrarse en lo que de verdad le importa: el control de los ciudadanos. Muchos como yo, tiempo atrás, intentaron lo mismo. El ser humano pasó más de dos siglos procurando enviar señales que alertaran a otros posibles seres inteligentes de nuestra presencia. Pura curiosidad científica. Para otros, un juego arriesgado que podía dar lugar a una invasión o la destrucción de la humanidad. Dejemos a los paranoicos esta clave tan insensata como literaria.

El caso es que desde el primer momento mi intención era ocultar cualquier dato que concretara algún tipo de contacto o comunicación desde el espacio exterior. Y el carácter subversivo de mi misión estaba tan claro, que no tuve que disimular: lo realicé todo a los ojos del mundo. La historia está llena de locos… genios locos, al fin y al cabo. Yo soy uno de ellos. ¿Cómo sé que fueron mis señales las que alertaron a los extraterrestres de la emergencia mundial? Ellos mismos me lo dijeron, y no me costó nada comprobarlo.

Lo primero que les pedí fue que inventaran lo que fuese necesario para transformar al gobierno mundial, pero no querían inmiscuirse en política ni interceder ante nadie. Estaban de paso, y su curiosidad resultó tan efectiva como la nuestra. Lejos de interesarse en nuestro planeta, les planteé las cosas de diferente manera. Tuve que ser todo lo sincero posible. Apelando a los sentimientos, que también tienen, y muy profundos —para nada podría desdeñarlos—, les mostré las veinte guerras que en este momento asolan ciertos países de Latinoamérica, África y Oceanía. Asia está muerta, y poco queda ya del Polo Norte. Completé la información mediante libros de historia, en los que pudieron ver cómo había ido muriendo la Tierra desde hacía doscientos años, más o menos. A decir verdad, lo que les remató fue el sufrimiento humano, por encima de todo lo demás.

Creo que la impresión que sufrí ante su reacción puede catalogarse como terrorífica. Las formas de expresión empleadas por ellos pueden parecer, a ojos humanos, tan irritantes como escandalosas. Rompieron a llorar —si puede llamarse así—, en medio de un sufrimiento tal que algunos individuos fueron llevados a lo que supongo que es una enfermería. Entonces supe qué clase de seres son. Atrás quedaron las películas de ciencia ficción sobre alienígenas devorando humanos, destruyendo ciudades y colonizando todo lo habido y por haber. Ellos poseen más sentimientos que nosotros. A pesar de sus grotescas formas, no me cabe duda de la similitud de valores, por generalizar, entre nosotros y ellos.

Después de algunas semanas, parecían bastante concienciados con el estado de la Tierra. La sutil esclavitud, invento antiguo pero ejecutado de diversas formas desde que nacieron las primeras civilizaciones, sigue siendo habitual. Y a pesar de estar acostumbrado, cuando encuentras información prohibida —nunca antes hubo una Resistencia tan magnífica como hoy en día, basada en la difusión y conservación de la Historia y el pensamiento—, todo tu mundo se desmorona, todo el esquema social que aceptabas con cierto resquemor desde que naces se torna ambiguo, y las dudas, ¡benditas dudas!, terminan corroyendo esa inmarcesible capa de escepticismo ante la verdad, desarrollada en la corrompida infancia de cada individuo, impuesta en este Sistema llamado Gobierno.

Sí, lo haré, y mil veces lo haría de nuevo: acabar con esta humanidad deshumanizada, antes de que se destruya a sí misma por fin, y la agonía termine siendo eterna. Por eso les pedí ayuda. Si una mente científica y superdotada como la mía era incapaz de hacer crecer la semilla de la rebeldía en los demás colegas de profesión, no había razones por las que continuar la lucha. Nunca sabré si existían más como yo. Es probable que sí. Pero muy difícil librarse al sometimiento constante y de por vida del Gobierno y su Gran Cultura, por lo que calculo que solo unos miles en todo el mundo se sumarían a mi causa. Con eso no alcanza. En realidad, es la causa de todos. Aunque, ¿con qué derecho me levanto como libertador cuando la mayoría es feliz en su esclavitud? ¿No eran los Estados democráticos los que decidían por mayoría lo que querían? Entonces, ¿quién soy yo para decidir por los demás? Eso me convertiría en villano, un villano de los peores. Pensarán que soy un dictador.

Ahora, convencidos los amigos interestelares de que esta situación no puede continuar, me hallo con ellos en su nave, una de tantas de esas que la gente está mirando desde su incrédula existencia terrenal, atados al suelo tanto por la gravedad como por su estulticia. Me despido, aunque no me vean. Por decisión propia me retiro a una cámara que será mi estancia personal durante el viaje —han respetado mis costumbres, ¿lo harán los demás cuando llegue a su tierra?—, negándome a ver cómo mi civilización se derrumba bajo el fuego indiscriminado de mis salvadores.

©Marcos A. Palacios

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Tripulación CosmoVersus

Marcos A. Palacios
Marcos A. Palacios
Administrador del portal y podcast CosmoVersus. Autor de 'Fantasía y terror de una mente equilibrada', editada en Gaspar&Rimbau Editorial, donde también colaboro como coordinador editorial y corrector de textos. Ciencia Ficción, Terror y Fantasía, en ese orden, son las que han provocado esta locura de proyecto. Después, los cómics, el cine y la música han aderezado el camino. Hago podcast, escribo, leo y devoro libros. Aún sigo pensando que el siglo XXI no es el mío...

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