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Revista de ciencia ficción y cultura

Crónica de un viaje II: León

Fugaz paso por una de las ciudades con más historia de la Península. Una ciudad que fue Reino un día y que, con los avatares de la historia, quedó relegado. Pero el legado que ha sobrevivido sigue sorprendiéndonos.

León, tres días podrían parecer poco, pero es suficiente para poder hacerte una idea de su historia. Sus calles llanas y el barrio histórico no tienen pérdida, todo se encuentra enmarcado en un marco hoy imaginario pero antaño rodeado por las murallas de la ciudad, capital del Reino de León.

La Catedral, lo más llamativo aunque suene tópico, estaba en obras en su fachada principal, por lo que el gigantesco rosetón se encontraba tapado por una lona que cubría toda la fachada. Eso no fue impedimento para poder admirar la primera catedral española que he podido ver en estilo gótico con sus característicos ventanales, un verdadero espectáculo de luces y contrastes, dependiendo de la hora en que la visites. La catedral tuvo sus días de peligro, puesto que el tiempo hizo lo inevitable, pero la intervención de notables arquitectos en el siglo XIX consiguió que la estructura volviera a recuperarse.

La visita puede continuarse en el claustro, tan increíble como la propia catedral, donde en uno de sus corredores se conservan las estatuas de los apóstoles que faltan en las portadas principales de la Pulchra Leonina; en su interior encontramos un rosetón, un pináculo y un pozo. La edificación del claustro contiene el Museo Diocesano, con una grandísima colección de piezas desde el románico hasta nuestros días, ya sean esculturas, orfebrería, pintura, elementos arquitectónicos, etc… y una preciosa muestra de obras de arte religioso de los siglos XX-XXI, un arte muy contemporáneo, pero de efectiva creatividad e impresión. Recomiendo expresamente estas obras que, pese a su modernidad y variedad de estilos, las encontré apetecibles.

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Catedral de León

El centro histórico de la ciudad es bastante llano, apenas hay cuestas o altibajos, por lo que es relativamente fácil ir de aquí allá. El parque del Cid, en el Barrio Romántico, resulta curioso. Se encuentra adosado a las murallas de la ciudad, y contiene un tramo de conducción hidráulica romana. A propósito de Roma, por unos caminos bien curiosos fuimos a parar al Centro de Interpretación de León Romano, con visita guiada gratuita, y centrado sobre todo en la VII Legión Romana cuyo campamento perduró desde el siglo I d.C. hasta el final del Imperio. Todo ello encumbrado con la visita a los restos del teatro romano, bajo dos edificios, y aunque apenas son visibles por su estado de conservación, se puede deducir su estructura. Comentar también que la visita al León Romano también nos permitió un paseo por las murallas. El centro se encuentra en la Casona Puerta Castillo.

La Casa Botines, de Gaudí, la vimos solo por fuera, puesto que hubo comentarios enfrentados entre quienes nos dijeron que no había nada que valiese la pena dentro (la mayoría) y los que sí (muy pocos, apoyándose en teatralizaciones durante las visitas). Lo que sí es verdad es que su exterior impacta, y en el dintel de la puerta reposa un San Jorge destruyendo al dragón. Por cierto, Botines se ve desde el Museo de León, situado en la plaza de San Marcos, que da entrada al complejo turístico e histórico. Consta de varias salas en algunas de las plantas del edificio, con la historia de la provincia desde la Prehistoria hasta el siglo XX. Uno de los muy pocos que me han impresionado, tanto por la cantidad como por la calidad de su colección.

A la exposición permanente hay que unir las temporales, en la planta baja. Cuando fuimos coincidió -por las fechas- una muestra de grabados del artista Ramón Rodríguez Pallarés, titulada Crónica del Viernes Santo de León. Una serie de dibujos a tinta china y plumilla que no había que perderse. No soy muy religioso, pero la tradición y el arte pueden más. La segunda exposición temporal que había estaba dedicada a Genarín, el personaje histórico leonés de principios del siglo XX que fue atropellado por el primer camión de la basura. Genarín era de profesión pellejero, borracho y mujeriego. Desde entonces se creó un halo de literatura bohemia en torno a su figura, llegando a convertirse en un paso de Semana Santa y salir en procesión. 90 años de bendito canalla: Genarín, así se llama la exposición. Un claro ejemplo de mito social que ha evolucionado hasta ser un personaje típico y necesario de la ciudad y llegando a poner nombre a la limonada típica leonesa.

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Genarín

Otro de los monumentos que no podían faltar en la visita a León es la Colegiata de San Isidoro, donde también realizamos una visita guiada en la que entramos a la biblioteca, con numerosos ejemplares de incunables; en su museo, el cáliz de doña Urraca y el gallo veleta, estos últimos con una hermosa y quijotesca historia que no puedo reproducir aquí por ser muy extensa, pero que, como he dicho, recuerda a los cuentos y aventuras que aparecen en el Quijote a modo de cajas chinas. Dignos de mencionar son el Panteón de los Reyes, ejemplo de arte románico y precristiano en muy buena conservación y que no puede dejarse de contemplar. Precisamente, otra tarde que pasamos por allí, con motivo de la Semana Santa, había festejos típicos y bailes regionales frente a la Colegiata, que conseguí captar durante unos minutos. Aunque confieso que olvidé preguntar a qué se debían.

A través de la Calle Ancha, la calle principal que lleva de la plaza de San Marcos camino a la Catedral, se entra a otro mundo, desde el frío cemento de la urbe, al cálido tono de los sillares y ladrillos antiguos de monumentos y edificios, comercios. Por allí cerca, el Palacio del Conde Luna, renacentista, hoy Centro de Interpretación del Reino de León, con exposiciones permanentes sobre la historia y evolución de León a través de los últimos siglos. Mucho plástico quizá, pero increíblemente bien montado para aprender historia, lo que no le quita su mérito.

Andando un poco más llegamos a la Plaza Mayor, cuyas tardes y noches se llenaban de gente. La Semana Santa estaba entrando en el calendario y se hacía notar: la zona del Barrio Húmedo, repleta de gente, que casi no podías moverte ni entrar a ningún bar. Lo típico: pedir bebida y te ponen tapa. Muchas especialidades como el picadillo de morcilla o la sopa de ajo. Repetimos en El Gaucho y en la Parrilla del Húmedo, aunque visitamos otros tantos. Cuidado con la limonada que he mencionado antes. No es un refresco, ¡es vino con más cosas! ¿El qué? No sé, una especie de sangría pero yo, que no me gusta el vino, no podría volver a dar un sorbo sin marearme, así que mejor para otros estómagos. Incluso hay una marca de esa limonada llamada Genarín. El ambiente nocturno y fresco, de música y carcajadas tapaban durante horas los monumentos y el silencio de las calles que, lejos del frío, recibían la visita de miles de turistas de todas partes.

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Muralla

En el Barrio Romántico igual, aunque había otro nivel de tascas y restaurantes, preferimos el Húmedo. Junto a la Catedral, el Dickens Tavern, un encantador rincón estilo irlandés; y en el Húmedo, el Molly Malone, con dos ambientes: abajo irlandés, y arriba inglés. Su decoración, ambientación y música (pop rock español del bueno, de ese de los 80-90) en el rato que estuvimos allí, aunque suelen variar.

No queda más que despedirse de la ciudad, donde puedes ver las montañas cerca, nada más alejarte un poco de la Catedral, y respirar el aire, diferente, de esta tierra. Y adiós a la paloma anidada en el árbol junto a la ventana del hotel, que, temprano, nos despertaba cuando iba a dar su paseo matutino.

Fuente de todas las fotos: archivo propio.

 

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