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Revista de ciencia ficción y cultura

Diario de un viaje a Burgos

Para que no nos pillaran los festivos de Semana Santa, fuimos a Burgos la siguiente semana, ya calmado el ambiente y con buen augurio de orage, que lo hubo. Tras un paréntesis de varios años sin viajar, las tres jornadas en la ciudad del Cid dieron para mucho.

Burgos, emplazamiento y Camino de Peregrinos de Santiago, no íbamos en ese plan pero los había, muchos. La ciudad se mantiene en esa tradición, que en otra ocasión será motivo de nuevos viajes. Llegando temprano un jueves no hubo más que acomodar el equipaje en el alojamiento de los Monjes Peregrinos y, frescos y animados por el sol primaveral, dar una vuelta por el centro antiguo, saludar al jinete Rodrigo Díaz de Vivar en la plaza del mismo nombre que se halla recibiendo al forastero y al vecino. Entrábamos entonces en el laberinto de callejuelas y edificios emblemáticos junto al Arlanzón, cuidado y limpio, sonoro, de elegante paseo y agradable rumor de aguas que no pocos aprovechan en sus momentos de pausa para correr, leer, descansar o hablar con su acompañante. El cauce lo ves hasta el horizonte, así es que nada tapa su vista, tanto a un lado como al otro.

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Estatua de El Cid Campeador, Burgos. Fuente: archivo propio.

La principal actividad en la ciudad se desarrolló en dos partes: los monumentos sagrados más importantes y las rutas nocturnas por las tabernas y restaurantes que más nos llamaron la atención, contando también los lugares que encontrábamos espontáneamente, como sucede siempre que se viaja a una ciudad desconocida.


Con la visita a la Catedral obtuvimos la pulsera turística, que daba acceso no solo a la Catedral, sino a tres iglesias más: Iglesia de San Gil, Iglesia de San Esteban e Iglesia de San Nicolás. La Catedral se construye a partir de 1221 para dotar a la capital del reino Catellano-Leonés de la importancia merecida en el panorama peninsular y europeo, y se realiza en el emergente estilo gótico sobre una iglesia románica. Será la primera Catedral gótica de España, inaugurada en tan solo 9 años, pero terminada en 39 años. Como sabemos, es una cifra muy baja, pues las catedrales y edificaciones solían durar mucho tiempo más, sin contar que durante siglos sufrían constantes modificaciones, ampliaciones y cambios. Para la de Burgos, todo terminó en el s.XVIII, cuando se dejó de modificar el edificio. Lo más característico de esta Catedral son sus agujas en las torres y el cimborrio, cuyo original se derrumbó en el s.XVI,  reemplazado por otro. La caída del cimborrio fue casi una desgracia. Particularmente, y pese a mi educación cristiana de la que no guardo ningún apego practicante, me fascinan las construcciones religiosas y, en especial, los arcos apuntados, los nervios de las cúpulas, los pináculos, las portadas, gárgolas y demás adornos arquitectónicos. Podría decirse que mi estilo favorito, por encima de muchos otros, en la arquitectura europea, es el gótico. Un paseo laberíntico a través de las naves y crucero de la Catedral, un descenso al claustro, la tumba del Cid y las indicaciones de la audioguía facilitaron la inmersión en toda una época de esplendor cultural y religioso.

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Catedral de Burgos. Fuente: archivo propio.

De las otras tres iglesias la más destacable fue la de San Esteban, a los pies de la subida al castillo fortaleza, del que poco se conserva. La Iglesia de San Esteban está cerrada al culto pero no a las visitas. Nos recibió un encargado de su conservación, muy puesto y ducho en la historia de la iglesia. Es sede del Museo Diocesano y en él se conservan retablos de otros templos de la provincia que se hallan en deterioro y sin protección, salvándolos del expolio de traficantes de arte. Pudimos subir al órgano, desde donde conseguimos unas vistas inigualables de la iglesia. Sufrió numerosos daños durante la invasión napoleónica y la guerra de Secesión española.


Una tarde noche decidimos entrar al Arco de Santa María, del cual creíamos que era solo un arco con una fachada “bonita”, pero que alberga un recinto. Construído en el siglo XVI albergó al principio el Consistorio de Burgos, y ahora es un centro cultural. Su blanca portada principal mira al río Arlanzón, dando la espalda a la Catedral. Bajo su arco puedes pasear desde la Plaza del Rey al Puente de Santa María en la intercesión del gran paseo del río que une los tramos del Espolón y de la Isla. Quizá por ello su vista desde lo alto domina gran parte del río a uno y otro lado, pues puedes subir y asomarte a la balconada exterior a través de unas escaleras estrechas y frías.

Tuvimos la suerte de asistir, el mismo día de su inauguración, a la exposición ‘El rostro de las letras’, acerca de los autores y fotógrafos del Romanticismo español hasta los de la Generación del 14. Completa exposición, ofrece un prisma diferente del que estamos acostumbrados, pues refleja la vida privada, personal, de estos autores, capturada por los fotógrafos colegas y contemporáneos de los mismos. No falta, además de la colección de fotos y sus explicaciones, una amplia muestra de documentos de la época, reflejo los acontecimientos sociales, culturales y políticos que los agitaron. Además, el edificio cuenta con el Museo de la Farmacia, una exposición permanente de objetos farmacéuticos que nos da una idea de la evolución en los métodos de almacenamiento y medicación de las farmacias españolas.

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Arco de Santa María, Burgos. Fuente: archivo propio.

Uno de los puntos negros fue la atención de un señor conserje, malencarado, arisco, que más que conserje parecía un sapo sátrapa. Si por mí fuera, no estaría allí atendiendo al público.


El Paseo del Espolón supone un conjunto entero formado por el Arco de Santa María, el río y el paseo del cauce, por donde se puede transitar cómodamente a la orilla del Arlanzón. Los plátanos orientales dotan de originalidad única al Paseo, con sus ramas entrelazadas y estratégicamente colocadas, una armonía singular que es difícil que pase desapercibida para el viajero. Constituye una imagen, pues, emblemática de Burgos.

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El cauce del Arlanzón, Burgos. Fuente: archivo propio.

Detrás de la Plaza Mayor, en un pequeño callejón, la Travesía del Mercado, descubrimos el Museo del Libro Fadrique de Basilea, de ámbito privado creado por la editorial bibliófila Siloé, dando su nombre un importante impresor burgalés del siglo XV. En sus cuatro plantas se alberga, por etapas, la historia del libro en España (en particular) y en el mundo (en general), con la mayoría de muestras facsímiles, pero algunos originales. Sin embargo, lo que mejor define al museo es su parte didáctica, ya que la información ofrecida es primordial. No podría un peregrino irse sin visitar este museo. Además, en la última planta, se había trasladado la zona dedicada al Cid.

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Estatua de niño leyendo. Fachada trasera del Museo Fadrique de Basilea, Burgos. Fuente: archivo propio.

El Centro de Arte Caja Burgos se encuentra junto a la parroquia de San Esteban, mirando también al Castillo, en lo alto de la ciudad, subiendo las empinadas calles, a modo de cerro. Es un centro sobrio, espacioso, que alberga exposiciones y propuestas culturales locales, de autores noveles de diversas índoles, como clásicos hasta experimentales en ámbitos artísticos diferentes. Allí arriba se notaba más el frescor y la brisa. Dadas las fechas, la vegetación y floración estaban en su punto, y el panorama del paseo que sube al Castillo se mostraba verde y alegre.


Subiendo al Castillo hay un mirador con un bar, y en el centro mismo, dominando el plano del suelo, elevándose unos centímetros, una enorme estrella cardinal, en cuyos puntos principales señala la dirección de algunas ciudades españolas y del mundo. Y si subes más arriba, como hicimos nosotros, entrarás al Castillo, una fortaleza de la que apenas queda nada gracias a las tropas napoleónicas, pero cuyos esfuerzos por recuperar han hecho que se conserve lo poco que se puede ver y ofrecer al peregrino la oportunidad de alcanzar la cima de Burgos con sus vistas de pájaro para admirar la gran planicie que es la ciudad, mires por donde mires, y en cuyo batiburrillo de tejados y antenas sobresale la Catedral.

Allí arriba se respira buen aire, se escucha solo la brisa y los pájaros, el murmullo de los árboles. Y nada más. Solo, quizá, y si te fijas mucho -algo que dudo porque solo es posible prestar atención a las vistas y a la maravilla de la naturaleza del entorno-, el trasiego de los visitantes, que apenas molesta. Acompaña al castillo, cómo no, otro bar al aire libre cerca de la entrada al mismo. Lugar tranquilo, donde las prisas no existen y hace parecer que la ciudad ha quedado atrás, cuando en realidad está a unos metros más abajo. Pero ni te das cuenta. Aunque, por otro lado, estás deseando volver, porque cae la noche, el ocaso ya cercano, y el trasiego nocturno te llama la atención. Una nueva vida se cierne sobre Burgos.

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Vista desde el mirador del Castillo, Burgos. Fuente: archivo propio.

Tanto a la hora de comer como de cenar, nos movimos por dentro y los alrededores del ajetreado triángulo forman la Catedral, la Plaza Mayor y el Paseo del Huerto del Rey, una zona que marcó nuestra visita, sobre todo en horas nocturnas. Podría destacar el ambiente: animado pero comedido. Creo que en su justa medida, al menos como a mí me gusta. El lugar en el que repetimos más fue La Cueva de los Champiñones, cuya única tapa consiste en una rodaja de pan sobre el que empalan cuatro cabezas de champiñón a la plancha rociados de salsa de aceite, perejil y ajo, rematados con una pequeña gamba. Decir que están exquisitos es poco. Repetimos en alguna ocasión más que pudimos permitirnos. Resulta curioso que la única oferta comestible mantenga un lugar así, pues no se come otra cosa. Eso sí, en cuestión de vinos, tienen todas las variedades posibles, pero como no soy vinero…

Por otro lado, tampoco nos movimos mucho por los locales, pero sí damos alguna vuelta para ver la zona de noche.

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Tapa de champiñones. La cueva de los champiñones, Burgos. Fuente: archivo propio.

No solo hay humanos como habitantes de las calles. También están las estatuas típicas, personajes con los que te puedes encontrar a cada paso, como la Mujer con Paraguas, Tetín y el Danzante, la Castañera, la Evolución, los Gigantillos, el Herrero… y muchos más que envuelven Burgos en ese don de lo sencillo y original. En todo el conjunto histórico pudimos contemplar edificios con más años de lo que parece cuyas fachadas eran de distintos colores, lo que otorga un aire de renovación y limpieza que no mengua su antigüedad ni rompe la estética de las calles.

Debería obviarlo pero lo diré: las calles más limpias que he visto en mi vida en una ciudad española, incluso por las zonas residenciales. Claro que no lo hemos visto todo, ha sido una visita concentrada y variada, repartiendo el tiempo lo mejor posible.

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Estatua de la Castañera, Burgos. Fuente: archivo propio.

Como nuestros viajes son siempre de la misma índole, no podía faltar algo de variedad en cuanto a temática. No todo es monumentos en Burgos, así que fuimos al Museo de la Evolución Humana, a orillas del Arlanzón. Y digo “hora feliz” porque era la última hora de la tarde en que no había que pagar entrada, una excusa perfecta para saber un poco más acerca de la evolución humana. Tengo que admitir que no me pareció tan brillante como esperaba, principalmente por todo el espacio vacío y desperdiciado que hay, y la extrema cantidad de objetos que son reproducción y muestras. Más bien lo catalogaría como un espacio didáctico, puesto que el concepto de “museo” lo entiendo como un lugar donde se muestran objetos originales históricos o de coleccionismo, por lo general. Sin embargo, la información acerca del espacio, de la evolución humana y otras curiosidades científicas, así como la “cúpula” donde se proyectan imágenes de cómo debió ser la vida en la prehistoria humana, cómo se veía el cielo, cómo usaban el fuego -era como estar en un paraje natural real hace cientos de miles de años- podría decir que es sobresaliente.

Lo mejor es la tienda de regalos, con una cantidad ingente de libros y guías sobre temas científicos. Un verdadero vergel. No obstante, la visita duró una hora, la prometida “hora gratis”.


Junto al hostal hay varios monumentos emblemáticos también, entre ellos un moderno edificio destinado a biblioteca pública levantado sobre un antiguo hospital de la que poco supieron contarnos algo de historia, pero cuya información he recabado para descubrir que fue una biblioteca destruída en 1949 y rehabilitada, que conserva parte de una portada del siglo XV, el Hospital de San Juan. Precisamente, se halla en la plaza del mismo nombre, donde conviven la biblioteca, el Monasterio de San Juan y la Iglesia de San Lesmes. Precisamente, echamos un vistazo al Monasterio de San Juan, del que apenas queda nada más que algunos muros, ruinas de la iglesia, el claustro y la sala capitular. En concreto algunos muros y portada de este recinto del siglo XVIII pero cuya edificación original data del siglo XI, y la prueba de pervivencia y modificación a través del tiempo está en las portadas góticas interiores y que remontan, tan solo con mirarlas, a los fantásticos pasajes de las leyendas becquerianas más oscuras y siniestras.

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Fachada de la Iglesia antigua del Monasterio de San Juan, Burgos. Fuente: archivo propio.

Ya en la zona del claustro se encuentra un espacio para exposiciones, en la cual coincidió la de “Arquitectura defensiva en España”, un recorrido informativo y fotográfico por las algunas de las fortificaciones españolas más importantes de nuestra historia, para nada desdeñable. En ella se cuentan detalles de su construcción, devaneos históricos y situación actual.

En el mismo edificio se ha habilitado, además, en la primera planta, el Museo Marceliano Santamaria, renombrado pintor burgalés que vivió a caballo entre los siglos XIX y XX y que se ganó el título de “pintor de Castilla”. No es para menos, vista su obra, que incluye numerosos cuadros, bocetos y estudios, hace que complete la visita al Monasterio satisfactoriamente. Un pedazo de Burgos, el de los años de Marceliano, en ese pequeño pero aprovechado espacio.


Entre estas aventuras llegó el día para partir, lluvioso por cierto, imparable, cuyo regreso a casa lo fraguó la nieve imposible -principios de Abril-. De quedar por ver, quedó, por supuesto, mucho. Pero un lugar no terminas de conocerlo, en días o en años, y te espera a que vuelvas.

Burgos, 5, 6 y 7 de abril – Madrid, 1 a 20 de mayo. 2018.

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