‘El tiempo es la atmósfera’. Parte II. Por Andrés Massa y Marcos A. Palacios

El tiempo es la atmósfera es un relato fan creado y coescrito por Andrés Massa y Marcos A. Palacios a raíz del proyecto Tiempo de Relatos en claro homenaje a la serie de televisión El Ministerio del Tiempo y a la novela El Anacronópete, de Enrique Gaspar y Rimbau. Segunda parte de esta impactante aventura.

Un relato fan basado en El Ministerio del Tiempo

Esta historia se escribió en junio de 2018 y se sitúa, según el hilo oficial de la serie, en la primera mitad de la tercera temporada. El relato El judío errante, también perteneciente al proyecto Tiempo de Relatos y escrito por Marcos A. Palacios se sitúa antes de esta aventura.

«El tiempo es la atmósfera»

Parte II. Viaje a Oriente

Lee la Parte I. El Ministerio recibió una alerta de 1896 sobre un cambio importante en la vida de Enrique Gaspar y Rimbau, escritor, periodista y diplomático madrileño. Un improvisado viaje a China estaba a punto de realizarse cuando, según la Historia, don Enrique debía permanecer en Francia. Amelia, Angustias y Alonso consiguen contactar con él y descubren motivos más que suficientes: don Enrique, enviudado, cree que viajando a China podrá volver a encontrarse con su amada Enriqueta. Mientras, en la Biblioteca Nacional de Madrid, una figura misteriosa roba una importante carta guardada en los archivos…

Madrid. Ministerio del Tiempo. 2017

En la cafetería, el subsecretario Salvador golpeaba con aire ajeno la mesa. Ernesto e Irene lo miraban en silencio. El sonido de la cafetería se tornaba mullido y en una línea ascendiente desaparecía. Allí solo estaba la incertidumbre, silenciosa, callada, atemporal.

—No parece haber cambiado nada aún —dijo Salvador, como un estruendo rompiendo la calma.

—Angustias ha telefoneado —añadió Irene—. Están de camino a Alicante, al parecer todavía se encuentran recabando información. Don Enrique Gaspar quiere resucitar a su esposa.

—¿Es que todo el mundo está loco? Esto va a parecer una de esas series de dibujos japoneses donde pidiendo un deseo a un dragón, hala, todos vivos de nuevo. ¿Nadie va a aceptar la realidad?

Ernesto apoyó la mano en el hombro de Salvador. Era una mano blanca. Y rojas las mejillas del subsecretario, harto de tanta incongruencia, contrastaban con su traje gris.

—No todos somos iguales, Salvador.  Nadie lo es —afirmó Ernesto.

—Lo que nos urge saber ahora es porqué viaja a China don Enrique. Qué hay allí que le permita volver a ver a su mujer —comentó Irene.

—Si conociera las puertas, solo tendría que entrar al Ministerio de ese año —cortó Ernesto—. ¿Qué hay en China que le va a permitir ver a su mujer de nuevo? ¿Angustias no ha podido sonsacarle nada más?

—Estará en ello, Ernesto. Tengamos paciencia.

—No podemos permitirnos paciencia. La paciencia es tiempo perdido en estas circunstancias —Salvador seguía conteniendo su furia—. Tiene que darse prisa.

 

Alicante, 9 de febrero, 1896.

Don Enrique Gaspar, con su maleta, besaba la mano de Angustias, muy alterada pero disimulando su pesar. A su lado, Amelia y Alonso, cogidos del brazo, sonreían al escritor. Podría ser esta su mejor oportunidad para descubrir el motivo de su viaje a China, donde hacía años había ostentado el cargo de cónsul español, concretamente en Macao y Hong Kong. Ahora que conocían sus intenciones, y que Angustias no tenía más información, podrían seguirle a escondidas. Esa era una posibilidad. La otra, que seguirle no diera sus frutos. ¿Debían detenerle antes de embarcarse? La historia cambiaría en ese viaje, pero de momento no había motivos por los que tuviera que hacerlo. Sin embargo, el propio viaje ya sería un cambio importante. Aunque, por otra parte, no sería la primera vez que tras un desastroso incidente histórico conseguían que todo volviera a la normalidad. Cuando Felipe II dominó el mundo, todo se trastocó de forma irremediable. ¿Por qué no habría de ser igual ahora?

Inmerso en sus pensamientos, Don Enrique se despidió de los agentes y anduvo desde la Estación de Murcia hacia el Parque de Canalejas, a solas y a pie, sin pedir un cochero. Alonso, con soldadesco sigilo, seguía sus pasos. El barco no zarparía hasta el amanecer. A medida que avanzaban, Alonso se estremecía de frío en la oscuridad del final del día.

—Pardiez —pensaba—, qué frío. Esta ciudad no hace bien a mis huesos. Ni comparación tiene con Flandes. El mar no es lo mío. Ni en España ni en las Indias.

Atravesaron el Paseo del Varadero y antes de llegar al Paseo de los Mártires, Alonso tuvo que detenerse detrás de una palmera que en los próximos años desaparecería dejando paso a los ficus que otorgarían personalidad al Parque de Canalejas, uno de los lugares más emblemáticos de Alicante.

Un desconocido junto al escritor. Después de intercambiar unas palabras, previo apretón de manos, se sentaron en un banco del parque. Apenas llegaban susurros a Alonso, pero en el silencio de la tarde algunas palabras resultaban claras. El desconocido se hallaba de espaldas a Alonso, hasta que sus gestos delataron su rostro: Cosme García era el hombre desconocido. Hablaba con don Enrique con toda tranquilidad, como si de un negocio se tratara. El agente, osado, trató de silenciar sus pisadas sobre la arena y acercarse a otro tronco para escuchar mejor.

—¿Cuándo veré a su maestro? —preguntó, iluso, don Enrique.

—Ahora está en el barco. El encuentro será en unos minutos. Tiene que acompañarme, pero antes, debemos asegurarnos que nadie, absolutamente nadie, sabe adónde se dirige.

—Como ya les comenté, ha sido en estricto secreto. Todo fluye con total normalidad, don Cosme. Ahora, si me hace el favor, deseo encontrarme con su maestro, y que me descubra el secreto mejor guardado del mundo. Les ayudaré en todo lo que deseen.

Hasta ahí la conversación de los dos recién conocidos, que se tornó silencio nada más levantarse. Ahora, la próxima escala sería el barco donde iniciarían el viaje, la aventura o la pesadilla a China.

Alonso, estático en su escondite, esperó a que sus víctimas se alejaran lo suficiente para llamar a Amelia.

—Ya he conseguido el permiso para subir al barco. Es un carguero, el Tigris, pero porta pasajeros en algunos camarotes —indicó Amelia—. El agente de 1896 tiene contactos en la aduana. Nosotras ya vamos a subir. Nos acomodarán en dos compartimentos.

—Pues quedaos donde estáis y no subáis, porque hay que impedir que ese barco zarpe. Yo voy de camino. Don Enrique está metido en algo muy sucio.

—¿De qué se trata?

—En llegar os lo diré, Amelia. Esto no es asunto de damas.

—No hace falta que te repita que lo que acabas de decir…

—Temo por vuestras mercedes, Amelia. Solo es eso. Aguardad mi llegada. Y que no os vea don Enrique. ¡Por Dios bendito! Que no os vea nadie.

—Alonso, dime ya qué ocurre —la voz de Amelia ya no sonaba tan segura de sí misma.

—Puede que me equivoque, pero es posible que en ese barco se encuentre Roa.

Cosme aumentó la luz del candil. En el pequeño zulo donde don Enrique aguardaba hacía frío. Con dificultad, se sentó en unas cajas de madera rodeadas de maromas viejas, redes y otros utensilios marineros. Olía a mar, y las sirenas del desembarque sonaron estrepitosamente. El silencio se eternizaba. La puerta del zulo sonó, quejándose lenta y pacientemente. Una figura cubierta y pequeña apareció, cerrando rápidamente la puerta. Las manos, temblorosas y huesudas, destaparon el rostro de la capucha. Los ojos de Roa miraron con curiosidad a don Enrique, pasmado y enérgico a la vez por contemplar al fin al maestro portador de promesas más allá de este mundo y de la ciencia.

—Déjanos solos —espetó a Cosme.

Roa esperó a que su secuaz desapareciera. El viejo arquitecto buscó un asiento junto a don Enrique. Sin decir nada, sacó un papel plegado de su zurrón y lo entregó a don Enrique, que no comprendía nada. El escritor, inocente como era, tomó el papel, lo desplegó y sus ojos se estremecieron. Miró de nuevo a Roa, confuso.

—¿Cómo es posible? ¿Quién le ha dado esta carta?

—Ahora eso no importa, don Enrique —habló Roa—. Veo que la reconoce. Este es el motivo de nuestros negocios. La razón por la que le he contactado y estamos en este barco. Le necesito. Y usted a mí. Ni se imagina las cosas que podemos hacer juntos una vez que pueda reencontrase con su amada esposa.

—Pero sigo sin entender… por favor, explíqueme cómo vamos a conseguirlo, y por qué tiene esta antigua carta mía en su poder. Tiene muchísimos años y la guardo en Francia. ¿Acaso le ha hablado de mí mi amigo Camille Flammarion? ¿Está metido en esto también?

—Se equivoca. Jamás he visto a su amigo. Solo quiero saber, antes, si es posible volver a ver a ese misterioso hombre chino. Ese que menciona en su carta.

—Señor, esto fue un sueño. Deliré cuando me perdí por unos parajes desérticos en China hace muchos años.

—Tengo motivos para asegurarle que eso no fue un sueño y que todo es real. Por eso quiero que me lo cuente todo. Desde el principio. Por su propia voz. Estoy seguro que sabrá explicarlo mejor que en la carta que le respondió su amigo Flammarion. Mejor de lo que narra en su libro ‘El Anacronópete’. Y después, le diré lo que vamos a hacer —en ese punto, Roa tomó las manos de don Enrique en símbolo de amistad. Sonrió, no sin que al escritor le inspirara desconfianza ese rostro ambicioso.

A las puertas del barco, Basilio, el enlace del Ministerio de 1896, aguardó a que Alonso llegara. El barco estaba a punto de zarpar. Pudo contener al capitán a duras penas, pero la paciencia tenía un límite. Por fin, Alonso llegó, rojo de tanto correr.

—Amelia, Angustias. Hay que evitar que zarpen.

Basilio, de pequeño tamaño y voz chillona, apremió a Alonso.

—Suba, que me juego el pescuezo, Entrerríos. Me lo juego todo. Aquí no se andan con chiquitas. Hoy un favor, mañana dos… y ya le tengo al capitán media vida jurada. Ahora resulta que no van a subir a bordo…

De nuevo la sirena para el desembarque. Alguien lanzó amarras. El soldado, lleno de rabia y pesar, vio cómo el barco zarpaba sin haber conseguido evitarlo. Cosme y don Enrique ya se hallaban a bordo. Temeroso de que todo saliera mal, guardó calma. “Aún hay tiempo, pardiez. A China no se llega en dos horas”, pensó. Lo primero era pensar un plan. Basilio se mantuvo al margen, pero alerta por si era necesaria su intervención.

—Ya lo tengo. Basilio, ¿hay escalas en Filipinas? —preguntó Amelia.

—Sí, por descontado. Será la última, de allí directos a China.

—Volvamos, pues, a Madrid y de allí a Filipinas en el momento en que lleguen. Así no tendremos que zarpar con ellos. En Filipinas evitaremos el final del viaje —continuó, decidida, Amelia.

—Pueden surgir contratiempos, señorita —dijo Basilio, asustado—. El viaje duraría unos cuarenta días. ¿Y si ocurre algo? Enfermedades, motines, naufragios…

—Tiene razón, Basilio. Pero hay que arriesgarse —dijo Amelia, cerrando la conversación. El plan continuaría igual pero en Filipinas, dentro de cuarenta días. En lugar de Alicante, los tres agentes se incorporarían en las colonias españolas—. Avise al capitán para que nos recoja allí. Iremos de incógnito y evitaremos que lleguen a su destino.

Los agentes se retiraron. Alonso se percató, en ese instante, de una gran mole que vigilaba la costa alicantina. Se trataba de la silueta del Castillo de Santa Bárbara, antiguo bastión que sobrevivió a la invasión napoleónica. Extrañado, sintió escalofríos al contemplar los perfiles del monte Benacantil, base del castillo. Era como un rostro hostil, quizá lamentoso.

—Por lo más sagrado de los cielos… ¡parece la cara de un moro! —y se persignó—. ¿Qué sacrilegio es este?

 

Filipinas, 14 de marzo, 1896.

Los agentes llegaron dos días antes de que apareciera el Tigris en Filipinas. El carguero atracaría unas horas antes de su trayecto final, hacia el puerto de Macao.

—Ahora vamos a hacer lo siguiente —susurró Alonso—. Esperaréis aquí de momento. Yo buscaré a don Enrique y hablaré con él. Debe saber lo que ocurre.

—Ay la Virgen, si no lo sabemos ni nosotras —dijo Angustias, sufridora.

—Roa está aquí, estoy seguro. Don Enrique mencionó al maestro de Cosme. No hay duda. Y tratándose de asuntos del tiempo…

—Pero ¿qué tiene don Enrique que pueda ayudar a Roa? —intervino Amelia.

—Eso querría yo saber. Aguardad.

Amelia, abrazada a una preocupada Angustias, tomó la mano del soldado. “Ten cuidado”, pensó.

En la cubierta no había un alma. El rumor del mar ahuyentaba el sopor de la soledad, pero el calor de esa tarde no era tan buen compañero para Alonso. Un chasquido tras él lo sacó de su sorpresa, pero lo que vio fue aún peor. Cosme, sonriente, le golpeó, dejándole casi sin sentido y abrazado a la baranda del barco. Después, lo alzó por los pies y lanzó a Alonso por la borda. Rápidamente avisó a Roa de aquel encontronazo.

—Si ese idiota estaba aquí, debe haber más —exclamó con rabia—. Nunca van solos. Cosme, quiero que busques en el barco. ¡Encuéntrales!

El carguero no era pequeño, pero los únicos lugares en los que podían esconderse los agentes del Ministerio del Tiempo, eran la bodega y los camarotes. El resto estaba comprobado. A pesar de las horas, Cosme puso en pie a más de un marinero y asustado a la tripulación. El capitán, ceñudo y malhumorado, intervino en el escándalo.

—Le ruego me explique qué está buscando —dijo el capitán—. Que me hayan pagado para esta travesía no significa que pueda hacer lo que quiera en mi barco.

—No me busque, capitán. Podría encontrar algo que no le guste demasiado. Hay traidores que buscan a mi maestro. No permitiré que salgan de aquí con vida —explicó Cosme, encarándose.

—No tenía más que decirlo. Las cosas se hacen bien, si no, no se hacen —los ojos del capitán brillaban a través de sus anteojos. La barba de varios días, al contrario de lo que pudiera parecer, le otorgaba un aire señorial. En otro hombre, quizá fuera una señal de dejadez. Pero el capitán del Tigris exhalaba porte y saber estar de hombre culto y corrido en el mundo. Eso fue, seguramente, lo que hizo callar a Cosme.

El capitán, junto otros marineros, barrieron concienzudamente los camarotes. Pero Cosme quiso presenciarlo, y uno por uno, no paró hasta no hallar a nadie. Bajó del barco cubriéndose con un pañuelo para que no le reconocieran, y entre el gentío, casi escondidas, halló a las agentes del Ministerio. Con disimulo se les acercó, empuñando una pistola.

—Ahora me acompañaréis, damas. Con cuidado, suban. No se les ocurra hacer ninguna tontería o correrán la misma suerte que el soldado.

Ya arriba, las condujo a un camarote aislado. El capitán los interceptó.

—¿Son éstas sus traidoras? Nada más que dos damas asustadas. Si de verdad, como usted dice, son delincuentes, tendrá que demostrarlo. Por el momento se quedarán aquí —y el capitán, serio, acercó su cara a Cosme—. Y no se le ocurra hacerles nada. A partir de ahora quedan bajo mi protección —acarició la barbilla de Amelia, que rehuyó la mano manifiestamente incómoda—. Mañana hablamos, señoras. Buenas noches.

Una vez a solas, con la protección de un marinero en la puerta del camarote, las dos agentes cayeron abatidas de cansancio en los camastros. Alonso… ¿lo habría matado Cosme realmente?

—Como nos pase algo —dijo firme Angustias—, a Salvador se le cae el pelo. Y el puesto.

Así pues, las mujeres se miraron preocupadas, ya no por lo que pudiera pasarles, sino porque Salvador cometió de nuevo la imprudencia de implicar a Angustias en una misión, cuando está terminantemente prohibido. En ese estado de cosas, con Alonso desaparecido, solo podían confiar en que todo diera una vuelta de tuerca, como tantas otras veces. El trío de Ases de Amelia, Alonso y Angustias, dividido ahora, era más susceptible. Aunque, quién sabe, podría aparecer algún aliado que salvara la misión.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

Leer la Parte III: El plan de fuego

Por Andrés Massa y Marcos A. Palacios

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Portada de José Antonio y Tami Rubio

Este relato está basado en El Ministerio del Tiempo, es una narración fan con el único objetivo de entretener. Los derechos de El Ministerio del Tiempo y sus personajes son propiedad de Javier Olivares.

El autor agradece la piedad ante los posibles errores histórico-temporales, a pesar de poner todo el empeño en la documentación recogida para esta historia de ficción.

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