‘El tiempo es la atmósfera’. Parte III. Por Andrés Massa y Marcos A. Palacios

El tiempo es la atmósfera es un relato fan creado y coescrito por Andrés Massa y Marcos A. Palacios a raíz del proyecto Tiempo de Relatos en claro homenaje a la serie de televisión El Ministerio del Tiempo y a la novela El Anacronópete, de Enrique Gaspar y Rimbau. Tercera parte de esta impactante aventura.

Un relato fan basado en El Ministerio del Tiempo

Esta historia se escribió en junio de 2018 y se sitúa, según el hilo oficial de la serie, en la primera mitad de la tercera temporada. El relato El judío errante, también perteneciente al proyecto Tiempo de Relatos y escrito por Marcos A. Palacios se sitúa antes de esta aventura.

El tiempo es la atmósfera

Parte III. El plan de fuego.

Leer la parte II. La patrulla formada por Amelia, Alonso y Angustias se encuentran con don Enrique Gaspar y Rimbau, escritor y diplomático madrileño, cuya vida sufre un cambio al enviudar y su deseo de volver a resucitar a su amada esposa puede cambiar la Historia de España al embarcarse a China para conseguirlo. En este plan parece que Roa, el arquitecto de las puertas, y el malvado Cosme han engañado al escritor para desvelar un secreto relacionado con el Anacronópete, la máquina del tiempo acerca de la cual Gaspar escribió una fantástica novela. Próximos a China, con Alonso asesinado y Amelia y Angustias retenidas por Roa, Enrique Gaspar tiene en sus manos el destino de España.

Macao, 17 de marzo, 1896.

Durante los tres días del viaje realizaron escalas, pero Amelia y Angustias desconocían dónde. Solo sabían que estaban a punto de llegar a China, y que el capitán las protegía de cualquier afrenta por parte de Cosme o Roa. En ocasiones eran visitadas por la siniestra sonrisa de Cosme, cuando aparecía por el ventanuco del camarote y las asustaba. A veces les hablaba con ironía, otras, con acertijos. La pena consumía a Angustias, más débil que Amelia, que hacía a la vez de amiga y de hija para mantener en pie el pesar de la secretaria. Aun así, la misión seguía en pie. Ellas se encontraban a salvo, y si se metían al capitán en el bolsillo, cosa difícil porque él no deseaba meterse en líos, habría posibilidades de que pudieran salir con vida y volver a territorio español, volver a Filipinas. Claro, solo necesitarían suerte y unas horas para viajar de regreso al sur para hallar el camino a casa. Nuevamente, Filipinas trajo a Julián a su mente. Lo apartó para dejar sitio a lo que más le preocupaba en este momento. Pero había otra carta aún no jugada: don Enrique Gaspar y Rimbau. Españolísimo, liberal. Imposible que fuera un traidor aliándose con Roa. Mientras estuvieran encerradas, aún había esperanza de que las ayudara.

Junto a la borda, don Enrique y Roa miraban a la lejanía. El puerto de Macao se avistaba tímido en las sombras del atardecer. De nuevo las tierras chinas, donde algunas décadas atrás don Enrique vivió unos años como cónsul y dejó testimonio en sus cartas desde el mismo Macao al diario Las Provincias de Valencia.

—Fascinante, señor Roa —le dijo—. Una civilización milenaria, asombrosa y brillante, la china. Pero aquí, como en todo Estado, el hombre ha degenerado en un ser abominable. Aquí, como en España, los pobres son pobres, míseros objetos de abuso de los ricos. Qué triste, y qué poco puedo hacer ahora.

—Céntrese en lo que venimos a hacer. Para eso hemos cruzado medio mundo —respondió Roa, sonriendo satisfecho—. Buscaremos a ese enigmático ermitaño chino del que me habló, y le aseguro que si continúa con vida, hallaremos la forma de viajar en el tiempo.

—Aún tengo mis dudas. Pero si, como dice usted, los viajes en el tiempo existen, no comprendo cómo pude inventarme toda esa historia del Anacronópete desde un simple delirio enfermizo. Los conocimientos no se adquieren en sueños.

—Eso se lo aseguro. Pero delante de usted tiene la prueba. En este año, yo llevaría siglos muerto. Y aquí me tiene. Usted me ayuda a mí a volver a mi época, y yo le ayudo a recuperar a su esposa. Irá unos años atrás en el tiempo, la curará y vivirá muchos años más junto a ella.

Don Enrique, receloso, pero sin nada que perder, no daría marcha atrás en su decisión. Enriqueta se había convertido en su principal objetivo. Volver a verla sonreír, escuchar su voz, pasear de su brazo…

—Pero, ¿y las paradojas? —preguntó don Enrique, escéptico.

—Las cosas no son como en su libro. En efecto, hay cosas que aún no comprendo, pero el hecho de que usted viaje hacia atrás en el tiempo, no permitirá que existan dos Enriques a la vez. El anterior será sustituido por el nuevo, el usted de ahora. Pero rejuvenecerá los años o el tiempo que haya de deshacer.

Tras un silencio en el que don Enrique se mantuvo pensativo, Roa clavó su mirada en el mar, el intenso mar oriental que contemplara por primera vez. Si no fuera por sus puertas del tiempo, jamás podría haberlo contemplado. Después de que el barco diera un bandazo, el arquitecto se dirigió de nuevo al escritor.

—El presente es como la quilla de un barco que surca el mar. Más allá no hay nada, solo el futuro. ¿No le parece?

Pero don Enrique no pareció escucharle, o acaso olvidó en un segundo que el hombre que estaba a su lado había hablado.

—Cuando vuelva a su época, ¿no desaparecerá en la nada? ¿O piensa que existe también mi “fluído García”?

—Sin duda, don Enrique. Como ya le he dicho, todo lo que aparece en su novela existe. Se lo aseguro. Y lo encontraremos aquí, en China.

—Disculpe, maestro —interrumpió Cosme—. Vamos a prepararnos para pisar tierra. En unos minutos arribaremos al puerto.

Roa se deshizo de don Enrique y, disculpándose, se alejó con Cosme.

—Ha planeado muy bien todas esas mentiras, maestro Roa —gruñó malicioso.

—Para lo que le va a servir… en cuanto encontremos esa máquina del tiempo, ese Anacronópete como él lo llama, no nos hará falta. Que crea lo que le dé la gana. El Ministerio del Tiempo será nuestro y este artefacto me ayudará a controlarlo. Después, seré dueño y señor del tiempo. No solo del Reino de España. De todo el mundo.

—Tenga en cuenta que todavía no sabemos si la máquina del tiempo puede viajar a cualquier lugar del mundo.

—Cosme, Cosme… nada importará ya. Mientras existan las puertas y el libro, cualquiera podría controlar los viajes y la Historia. Eso no va a suceder más. Ni por el Ministerio por ni nadie.

El capitán se acercó a Roa y Cosme, precavido y con su rostro quemado dirigido hacia el cielo, comentó:

—Hace buen tiempo, señores —dijo.

—Capitán, le agradezco todo lo que ha hecho por nosotros durante el viaje. Le ruego que se mantenga a la espera de mis instrucciones —dijo Roa, centrado en sus intereses—. Haga lo que tenga que hacer en Macao, que ya le avisaremos cuando tengamos que volver. Le pagaré el resto al embarcar.

—Eso no tiene que repetírmelo. En cuanto a las damas… —el capitán no pudo terminar la frase. Roa intervino a la defensiva.

—Las damas vendrán conmigo —el capitán vaciló ante la impertinente respuesta.

—De acuerdo. Pero les estaré esperando. No quiero que les ocurra nada. Les acompañarán y deberán regresar sanas y salvas. A cambio quiero más dinero. Este viaje es más costoso de lo que hablamos en España.

Roa le miró fijamente y mostró, bajo su túnica, una pistola. El capitán, que estaba encendiendo un cigarrillo, dirigió una mirada a Roa y a Cosme al tiempo que advertía cautela con su gesto chulesco. No convenía intercambiar hostilidades en este momento, pensó Roa. No ahora que estaban tan cerca de encontrar al mago chino y su poder de viajar en el tiempo.

Con aire presuroso, don Enrique se encaminó desde su camarote a la salida del Tigris. Entonces vio a Angustias y Amelia subir desde la bodega. El corazón le dio un vuelco. ¿Cómo podía ser que estuvieran allí, solas, en la China, después de lo que hablaron en el tren? Todo le estaba resultando sospechoso. Conocer a Roa y sus promesas, la posibilidad de que el Anacronópete existiera, la aparición de las damas… las llamó, rebosante de júbilo y entusiasmo, pero con cautela.

—Psst… Angustias —exclamó por lo bajo. Permaneció escondido para que Roa, que le esperaba en tierra, no le viese.

Las agentes del Ministerio, al verle, no tardaron en reaccionar, pero el capitán interrumpió.

—¿Van a algún sitio, señoritas? —dijo, burlón.

—Necesitamos hablar con este hombre, capitán. Es cuestión de vida o muerte. Usted confía en nosotras, lo sabemos. Y nosotras en usted. Solo le rogamos discreción —argumentó Amelia.

El marino accedió, instándoles a darse toda la prisa posible. Si encontraban un aliado en él, podrían salvar la misión. Podría salirles rana, era un riesgo. Pero si convencían a don Enrique de que Roa era el malo de la película, había más posibilidades.

—¡Mis damas alicantinas, aquí en China! No creo que estén aquí por casualidad. Pero me alegro muchísimo de verlas.

Angustias tomó el mando ante la petición que Amelia le hizo con la mirada. Sabía lo que debía hacer: contárselo todo, o en parte.

—Don Enrique. Ese hombre nos ha tenido cautivas porque queremos salvar España y el futuro.

—¿Están hablando de… el futuro del país? —preguntó el escritor juntando algunas piezas del rompecabezas. Amelia intervino para completar la declaración.

—Venimos del futuro, del año 2017. Roa quiere hacerse con el control de los viajes en el tiempo que posee el Reino de España. Tiene que ayudarnos. ¿Qué quiere Roa de usted?

—Creo que me voy a volver loco… —don Enrique sacó un pañuelo para enjugarse el sudor de la frente—. Bueno, voy a arriesgarme. Supongo que ese encuentro en el tren no fue fortuito.

—No, le buscábamos para saber qué intenciones tiene Roa con usted. Le rogamos que nos ayude —y Angustias tomó las manos de don Enrique. Este, tembloroso y temiendo que Roa les pillara in fraganti, se apresuró a cerrar la conversación. Amelia le ayudó a ello:

—¿Se trata de ‘El Anacronópete’? La novela que publicó sobre una máquina del tiempo…

—Así es, señorita Folch. Roa insiste que esa máquina es real y que está aquí, en China, como consecuencia de algunas de mis vivencias de las que él ha tenido noticia. Yo estaba seguro que todo había sido un sueño, pero parece que todo era real. Pero aún tengo algunas preguntas…

—No hay tiempo, don Enrique. Vaya, vaya, encuentre lo que Roa quiere, y nosotras nos ocuparemos de que sus planes no se cumplan. Por lo pronto, usted no nos conoce.

Don Enrique se adelantó al encuentro con Roa y bajó del barco. En tierra respiró hondo mientras unas lágrimas asomaban por sus ojos. De nuevo Macao, donde permaneció varios años, escribió sus cartas al diario y descubrió tantas maravillas como bajezas humanas. El tiempo se le echaba encima, le dolía en los huesos, en el alma. Enriqueta, único pensamiento durante todo el viaje. Enriqueta, su amor, su vida y su luz.

—Adelante, don Enrique —dijo Roa.

El arquitecto se acercó a Cosme y le habló al oído.

—Nosotros iremos delante. Usted llévelas a una distancia prudencial siguiendo nuestros pasos. Una vez encontremos la máquina, le haré una señal.

—Podemos matarlas ahora —amenazó Cosme.

—No. Si lo hacemos el Ministerio se nos echará encima antes de encontrar la máquina. Aunque a estas alturas ya los echarán de menos, pero no tienen ni idea de lo que ha ocurrido. Estas mujeres no habrán podido ponerse en contacto para informar. Y el capitán se volvería en nuestra contra. Vayamos con cautela, hombre, no lo estropeemos ahora que estamos tan cerca.

 

Madrid. Ministerio del Tiempo. 2017.

El subsecretario Salvador Martín tomaba una pluma de su escritorio. Se disponía a elaborar el informe de la desaparición de dos agentes y… de Angustias. Sabía que ese sería su fin. De nuevo puso en peligro a alguien ya no querido y amado, sino a su secretaria, que no debía actuar como agente. La confianza en sí mismo le perdió. Irene le había avisado de no volver a intentar hacer locuras con personas que no eran agentes. Tenían a más funcionarios que podían ocupar su lugar. No, no era confianza, era arrogancia. Al lado del informe, aún en blanco, su carta de dimisión. Irene y Ernesto lo contemplaban en silencio, sin saber qué decir. No era la primera vez que ocurría y mantenían la esperanza de encontrar a sus compañeros con vida, y pronto.

 

Macao. 17 de marzo, 1896.

Tomaron un carruaje para dirigirse sin perder tiempo a los parajes por donde don Enrique se perdió aquella vez, hace años. “Recuerdo que era por aquí”, señaló a las afueras de la ciudad, y poco tardaron en perder de vista las casas y las gentes. Conforme anochecía, el cochero encendió farolillos. Roa los miró extrañado, pero hacían su función. Qué mundo más raro, sintió en sus adentros. Pero al fin y al cabo un mundo. Eso sería lo que tendría, el mundo en sus manos, y el tiempo. Construir un nuevo orden con su Dios y sus normas. La herejía cristiana desparecería por siempre, la paz, a su modo, reinaría con él.

Llevaban un par de horas y el cochero exclamó palabras siseantes que Roa interpretó hostilmente. Don Enrique avisó a sus acompañantes de que el cochero no seguiría más. “Al diablo con él”, pensó el judío. El cochero, por su parte, se negó a dar un paso más y los dos hombres tuvieron que emprender marcha a pie. La noche cayó sobre ellos  atenuada por la luz de la luna.

—Estamos cerca —avisó don Enrique. Su nerviosismo aumentó—. Por aquí me perdí. Ya no recuerdo nada más. Aquellos árboles cortan a la perfección por el eje de esa loma enorme que hay más adelante. Dígame, Roa. ¿Por qué está tan seguro de que el Anacronópete es real?

—Cuando leí el libro, lo tuve claro. La disposición de esos cucharones neumáticos, cuatro puntos unidos por la fuerza eléctrica, uno en cada esquina de su máquina. El rombo mágico que magnetiza las corrientes temporales. La máquina se eleva en el cielo y comienza su viaje en el sentido inverso a la rotación, deshaciendo las capas del tiempo…

—…pero Roa, todo eso no es más que fantasía —interrumpió don Enrique—. No es ciencia. O en todo caso, es magia, amigo mío.

—Sí es ciencia, puesto que a la ciencia que se adelanta a su tiempo se la toma por magia. Además, existen fuerzas telúricas en este lugar. Las mismas que en Madrid. La información a la que he podido acceder resulta incuestionable —en esto Roa decía la verdad, pero no podía descubrir al escritor que se refería a 2017, puesto que aún permanecía convencido de que Roa estaba atrapado en ese tiempo. Si se enteraba que podía viajar a otros años, su versión caería y con ella la credibilidad de don Enrique—. Por esa razón, sé que la máquina y su poder existen. Recuerde lo que usted mismo escribió: “El tiempo es…”

El tiempo es la atmósfera —afirmó una voz desconocida tras ellos. Poseía un acento extranjero, incluso gracioso.

Se giraron y contemplaron a un anciano chino, tocado con túnicas de colores y reflejos de seda que los observaba sonriente. Don Enrique lo reconoció.

—Es… ¡es él! El anciano chino de mis recuerdos… y… habla nuestro idioma, igual que aquella vez. Esto es maravilloso, señores. Roa, ¡tenía usted razón! ¿Es posible viajar en el tiempo? Claro que sí, ¡sí!

Don Enrique parecía haber perdido la razón, desbordaba euforia y, dando tumbos, se acercó al anciano. Había aparecido de la nada. En su mano portaba un candil que iluminaba el camino.

—Les estaba esperando —dijo el anciano con aire de misterio.

Les pidió que le siguieran. Roa, serio y emocionado, dio el primer paso por delante de sus acompañantes. Llegaron en línea recta detrás del árbol antes señalado por don Enrique, más allá del cual, bajo la loma, se encontraba una cueva de una abertura descomunal. Accedieron, pero antes, Roa dejó caer un pañuelo en la entrada. Era la señal para Cosme, que le seguía de cerca. Llevaba a Amelia y Angustias con las manos atadas, apuntándolas con un arma. Cruzaron algunos pasadizos excavados. El camino era húmedo. Roa comprobó que en las paredes de roca había grabados símbolos cabalísticos y otros de naturaleza, probablemente, china, desconocidos por él. El rombo ocupaba el lugar principal. Atravesaron un pozo, desde cuyo fondo llegaba un reflejo azul parecido a una niebla en movimientos circulares. “Las corrientes telúricas”, pensó Roa, como las de Madrid. Unos pocos minutos bastaron para llegar al final y salir por el otro extremo de la loma, de nuevo al aire libre.

En el cielo, ahora, las estrellas brillaban con mucha más intensidad que antes. Frente a ellos, ya detenidos, había una cabaña de hierro lujosamente acabada. Era rectangular y se alzaba sobre patas. Unas escaleras minúsculas ascendían hasta la puerta y en los extremos de la cabaña, como aderezos, cuatro grandes tubos de material oscuro inidentificable por los viajeros lucían retorciéndose como trompas. La edificación parecía tener dos plantas, bajo las cuales un compartimento, quizá una bodega, lucía entre las patas de la casita. Contenía numerosas ventanas, todas pequeñas y realizadas artesanalmente con bellas formas de pájaros y dragones; una de ellas sobre la puerta principal, era redonda, y guardaba una especie de balconcito. El techo, a dos aguas, lo coronaban unas chimeneas, o al menos parecían serlo.

Don Enrique cayó de rodillas, entre lloros, con la boca abierta mezcla de admiración y decepción. Delante de él contemplaba, en todo su esplendor y perfección, su máquina del tiempo, el Anacronópete de su libro, el transporte inspirado por el sueño delirante de hacía veinte años, la visión de un futuro fantástico que albergaba su mente inquieta y liberal. Ahora veía claramente que aquello que él había creído un sueño delirante, había sido real.

FIN DE LA TERCERA PARTE

Leer la Parte IV: El vuelo del Anacronópete (y final).

Por Andrés Massa y Marcos A. Palacios

Licencia Creative Commons
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Ilustración de Paula Fernández G.

Este relato está basado en El Ministerio del Tiempo, es una narración fan con el único objetivo de entretener. Los derechos de El Ministerio del Tiempo y sus personajes son propiedad de Javier Olivares.

El autor agradece la piedad ante los posibles errores histórico-temporales, a pesar de poner todo el empeño en la documentación recogida para esta historia de ficción.

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