‘En Cutre’s’. Un relato de Edu Melero

Cinco hombres, a cada cual más extravagante, se encuentran en la habitación de un hotel de dudosa calidad. Sus motivos y sus planes son también dudosos, así como sus intenciones. Descubre sobre qué hablan estos peculiares personajes leyendo este relato de Edu Melero.

Los tres hombres miraban a su alrededor, con cierta incredulidad, mientras el cuarto toqueteaba el mando pegajoso de la tele y el quinto… les miraba a ellos.

─No es precisamente el «Ritz».─Dijo el único de los cinco que era calvo y bronceado.

─De hecho, ni siquiera llega a ser el «Mesón Loli».─Dijo el más alto y musculoso de ellos.

─El lugar nos da igual.─Dijo el más mayor, que vestía una especie de toga de colores.

El mago/adivino Rafaello (no respondía a ningún apellido), era un esotérico más o menos conocido en la Baja California, y más por sus estrepitosos fracasos que por realmente tener habilidad. No obstante, era evidente que de algún modo seguía teniendo trabajo (nadie se atrevía a preguntar con qué tipo de clientes), y tenía entonces una pequeña cohorte acompañándole de un sitio a otro y negociando con la competencia, como la veía él.

Y «negociar» en el sentido de «eliminar».

Y «eliminar» en el sentido de… sus competidores preferían no pensarlo.

De orígenes inciertos, se rumoreaba que había llegado al Estado Dorado escondido en un tren de mercancías, a la antigua; de algún modo, habría esquivado las protecciones tecnológicas que tenían ahora. Probablemente provenía del norte del país, aunque, por su aspecto, tendría que ser resultado de una mezcla de etnias… o eso quería hacer creer a la gente. Repudiado por el ahora extinguido Concilio de Magia, Brujería y otros esoterismos, él mismo se encargó de extinguirlo por la fuerza (y con hordas de abogados); tal falta de equilibrio se debía, probablemente, a haber crecido cerca de una central nuclear, según se rumoreaba.

O tal vez en Florida.

De cualquier forma, todas las pistas apuntaban a que él había sido el culpable de la intoxicación del antiguo senador de Boston, Massachussets, que tuvo que recurrir a una serie de limpiezas de chackra… y vacaciones pagadas para reponerse, y aquello era lo que parecía haberle llevado a mudarse al extremo opuesto de los Estados Unidos. Y, contra viento y marea, había conseguido hacerse cierto renombre como místico (o al menos, ser bastante conocido). Hasta que encontró la horma de su zapato en Megghie Duquesne.

─¿Tú que piensas, Wallace?─Dijo el más gradote de sus matones al que estaba en el otro extremo de la habitación, junto a las camas. Raffaello no pedía ningún tipo de credencial, o ni siquiera cartilla médica a los miembros de su cohorte; pero sí les imponía una condición: que se llamaran por un sedónimo que escogieran. Así, el musculoso sardónico era «Colirio» (ni idea de qué significaba, pero sonaba «mágico»); Wallace, el que respondió, era el más taciturno de sus empleados. Tanto era así, que simplemente dijo:

─Hn.

─Como os decía, el lugar nos da igual. Lo importante es que tengamos controlado a ese extraño grupo enviado por la «tía» Duquesne.

Incluso refiriéndose a ella, el brujo Rafaello quería humillarla de alguna manera. Así pues, aquella señora de edad incierta era una «tía». Para él, Megghie era su rival sin parangón… aunque nunca habían cruzado camino, ni era conocedora ella de tal rivalidad. Con sus métodos oscuros, muy conocidos y, bueno, efectivos, ella era la mayor amenaza que tenía Rafaello. Y había tenido la casualidad de ir a parar a la misma ciudad que la dama.

─En cualquier momento, llevarán a cabo su plan… sea cual sea.

─Y oye, ¿por qué no te dejas de tonterías y acribillas a la mujer esa…?─Dijo Magisterio, el matón trajeado que intentaba encontrar la manera de encender la televisión que, milagrosamente, sobrevivía en la sucia habitación del motel.

─Noooo, ¡no! ¿Eres imbécil?─Le respondió su jefe.─¿No piensas en lo que diría la gente… en lo fácil que sería simplemente neutralizarla? ¡No pienso rebajarme a ese nivel!

─Megghie Duquesne es nuestro yang.─Dijo Narval, con su chaleco y calva relucientes.─Nosotros somos el ying, deseoso de dominar la esfera eterna que envuelve la magia de nuestro ser…

─…sigo pensando que sería más fácil cargársela.─Insistió Magisterio.

─¡Calla! ¡Me da igual! Tú no eres el jefe. Dejad los bártulos que tengáis que dejar donde tengáis que dejarlos y vamos a planear el ataque al grupo de Duquesne.

─Estoy de acuerdo. Aunque… ¿dónde se supone que vamos a dormir? No hay suficientes camas.─ Señaló Colirio.

─Está claro, ¿no? Uno duerme en el suelo.

─¿Y quién creéis que se va a prestar…?─Dijo Magisterio, todavía trasteando el mando de la tele.

Como toda respuesta, el resto de hombres dirigieron sus miradas a él.

─Oh, vaya.

A lo que Wallace añadió:

─Hm.

©Eduardo Melero Verdú, 2021

Edu Melero es colaborador en CosmoVersus. Algunos de sus relatos forman una serie con los mismos personajes; este sigue los eventos de Jet lag, o algo así.

Tripulación CosmoVersus

Eduardo Melero
Eduardo Melero
Si fuera cuadro en vez de persona, sería algo así como esas acuarelas de paisajes tan ajadas y difuminadas que parecen una pintura fauvista (cuando es en realidad un lago con nenúfares). Podría parecer que esto es una desvaloración a mí mismo, pero todo lo contrario: me encantaría tener todos esos colores.

Soy un periodista que, mientras está en paro, enseña música. También soy un músico que, mientras no toca, escribe críticas, diálogos, o cualquier burrada que se me pasa por la cabeza. Si veis mi nombre y frases aquí, es gracias al creador de este blog. ¡Pero no le digáis que os lo he dicho!

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