‘¿En qué puedo ayudarle?’, un relato de Marcos A. Palacios

¿En qué puedo ayudarle? es una historia de angustia y de pérdida de la identidad frente a un trabajo deshumanizado, en constante conflicto entre responsabilidad y libertad. Nuevo relato de Marcos A. Palacios.

¿En qué puedo ayudarle?

El cúmulo de recepción de llamadas terminó de sopetón, igual que empiezan, puntuales y a la hora de siempre. Hasta el final de la jornada era muy posible que el teléfono no sonara más. Eduardo dejó los auriculares sobre la mesa, exhaló un hondo quejido de alivio y se arrellanó en el cómodo asiento recién estrenado —cortesía de la empresa, muy ergonómico—. Ya no quedaba nadie, le tocaba cerrar a él. Bueno, en realidad de eso se encargaba el vigilante, pero Eduardo tenía varias tareas, heredadas del último despido de su inmediata “superiora”; por lo cual se había fijado la idea de que el próximo en escalar puestos sería él.

Sacó el sobre con tabaco de liar, poniendo el puesto de trabajo perdido. A la limpiadora no le hacía ninguna gracia, más que nada porque muchos lo tenían por costumbre en la oficina, y quedaban siempre virutitas de tabaco esparcidas por los teclados, la mesa y el suelo. Además, olían fatal. Debía tener el olfato atrofiado, porque oler un poco de tabaco no le deja a nadie trastornado. ¡Vaya una exagerada!

Para dos horas que quedaban no necesitaba estar atento por si saltaba una llamada. Así, se estiró antes de levantarse y dar unos saltos. Era su forma de recomponerse después de casi nueve horas de trabajo. Eduardo calificaba su empleo como de “gallina ponedora”. Todo el día llamada tras llamada, repitiendo lo mismo, soportando gritos, procurando tranquilizar a la gente. Y menos mal que no gestionaba incidencias de clientes, pero lo mismo tenía que aguantar las quejas y faltas de respeto antes de derivar la llamada.

El servicio de atención al cliente de seguros cotiza un buen sueldo. Ahí está la razón de su paciencia. Pocos como él presumían de ser los más antiguos, lo cual también se convertía en un estigma a veces, porque los más envidiosos susurraban eso de que, los que son como él se convierten en “herederos de la empresa”, vete a saber por qué. El lado negativo consistía, sobre todo, en el constante desdén de los superiores al considerar a los teleoperadores como simples contestadores automáticos, herramientas carentes de sentimientos. Sí, ese trabajo no está hecho para cualquiera.

Sabía mantener cierta elocuencia tanto en las llamadas como en el trato diario con compañeros y superiores, y le funcionaba. Ayudaba a contrarrestar los efectos nocivos de la presión. Pero no los eliminaba. En sus ratos de soledad en la oficina podía respirar, moverse, liarse un pitillo, marear el móvil… incluso gritar. Las cámaras de seguridad no registraban el audio, por lo que tenía vía libre. A veces el vigilante se paseaba por allí, pero Eduardo tenía tan pocas ganas de hablar —ya lo hacía durante horas— que espetaba un seco “hola” para que el hombre no tomara confianzas y se pusiera a largar de temas irrisorios para él. Tampoco le tenía estima: a juzgar por su expresión y presencia, el vigilante era demasiado bruto, todo lo contrario a él. No es que fuera un clasista, pero en ocasiones la impresión puede más que la razón.

Prefería a las personas que pronuncian bien al hablar, y que no suelten rebuznos incoherentes, como al parecer hacía el vigilante. No entendía qué hacía en ese puesto. No aparentaba tener muchas luces. ¿Enchufado, quizás? Allí sobraban los nombramientos a dedo, y siempre tenían suerte los menos preparados. Claro que era un secreto a voces, sin confirmar. Él lo sabía, porque tenía contactos. Discretos, eso sí. Bendito el personaje que se había creado de cara al público, y no solo al teléfono. Lo mismo podía hablar con toda la simpatía del mundo al tiempo que, interiormente, despotricaba contra su interlocutor. Había aprendido de los mejores, y de ser víctima alguna vez. Pero eso formaba parte del pasado. Un pasado ingenuo.

A estas horas de la noche los oídos de Eduardo repetían cierto eco incómodo. Tenía la sensación de que los auriculares se pegaban a sus orejas y las voces de los asegurados retumbaban molestas en sus conductos auditivos. Años de desgaste le pasarían factura… algún día. Por el momento, soportaba el estrés extremo al que muchos cedían con el suicidio laboral, y a las pocas semanas de incorporarse, desaparecían de la oficina. El precio de la vida, se decía Eduardo, cuando le interrumpió una llamada. Inoportuna, claro. Saltó justo cuando se disponía a apretar el botón del descanso.

—Seguros Vida Plus, buenas noches. Le atiende Eduardo Santana, ¿en qué puedo ayudarle? —ronroneó Eduardo precipitadamente. Tenía la sensación de que, cuanto antes contestara, antes acabaría.

—Buenas noches. ¿Con quién hablo? —soltó la voz al otro lado.

—Le atiende Eduardo Santana. ¿En qué puedo ayudarle?

—Lo que quiero decir es, ¿quién eres tú? ¿Quién es Eduardo Santana?

—Disculpe, está llamando al servicio de atención al cliente de Seguros Vida Plus. ¿En qué puedo ayudarle? —Aquí Eduardo ya estaba impaciente. Otro bucle tonto de esos. Conversación de besugos.

—Eso ya lo sé —contestó la voz. Arrastraba un tono hermético, incluso aséptico, como las voces de los dispositivos GPS para conducir—. Pero yo no tengo ningún seguro.

—Si necesita información el servicio no está disponible, mañana a partir de las nueve de la mañana…

—Gracias, pero voy servido. ¿Qué haces trabajando a estas horas, Eduardo?

El hombre del teléfono le estaba gastando una broma. Sí, era eso. Típico. Alguna compañera recibía llamadas obscenas, otros decían tonterías, incoherencias. Lo normal era despedirse educadamente, como marcaba el protocolo, para ofrecer buena imagen incluso en situaciones que merecían perder el respeto. Pero Eduardo no era así. Él era perfecto. El perfecto teleoperador de Seguros Vida Plus. Por algo su expediente brillaba. Eduardo Santana, empleado ejemplar, entregado a la causa, adherido en cuerpo y alma a cumplir objetivos en la empresa. Aficionado al tabaco de liar, la música rock y los gatos, pese a no tener ninguno.

Hoy le había tocado a él. El caso es que esa voz… le resultaba un tanto familiar. Probablemente algún compañero intentando trucar su voz.

—Lo siento, caballero, pero si no tiene contratado un seguro no puedo seguir atendiéndole. Le ruego que libere la llamada.

—Muy bien, Eduardo, pero lo cierto es que más te vale no colgarme.

—¿Perdone?

—Ya que eres el último de tu turno, podrías tener algo más de consideración para alguien que se preocupa por ti, para que no te sientas tan solo en la oficina. ¿Me entiendes?

Al decir esto, el tono del interlocutor se agravó, destilando más una orden que una petición. “¿Me entiendes?”, repitió, alzando la voz.

Eduardo, sin pensarlo, colgó la llamada y pulsó el marcador de descanso en la centralita digital. No habría quien le pagara el susto. Muy mal gusto por parte del que se estaba riendo de él, primero porque no estaba de humor para sainetes. Y lo más importante: le llevaban los demonios por acabar, subir al coche y perderse en casa, en el silencio de su refugio contra la atroz marabunta que día a día carcomía su mente y su equilibrio.

Corrió a la cantina y sacó un café de la máquina. El vigilante rondaba por allí. Su “buenas noches” resultó más seco que de costumbre. Seguramente ya había aprendido que su simpatía no iba a cuajar en Eduardo. ¿Por qué tenía que encontrárselo siempre a la misma hora? En el fondo comprendía la situación. El otro sentía la misma soledad que él, que cualquiera, en esas circunstancias, y la inercia social le empujaba a intentar conversar. O como mínimo, a ser simpático. Nada más. Al fin y al cabo, al vigilante le esperaba toda una noche de fantasmal quietud, sin nadie con quien interactuar.

Sacó otro café de la máquina. El vigilante lo miraba. Quizá olía su incomodidad, y eso le agradaba. ¡Qué mezquino! Lo que no podía era ocultar su nerviosismo por la llamada del bromista. De su compañero bromista. ¿Quién sería?

El vigilante se marchó a seguir la ronda en el edificio. Antes de ello, Eduardo lo vio acercarse a su garita, revolver unas cosas y salir en dirección a las escaleras. ¡Qué personaje tan práctico, sí señor!: ¿acaso no quería gastar energía innecesariamente? Por eso no subía al ascensor. No me digas que es uno de esos pesados que no sueltan el aliento por no calentar la atmósfera…

Eduardo dio un brinco: el móvil había sonado. Mejor dicho, el vibrador. Número privado. Tomó un sorbo del café. Estaba frío, odiaba que el café saliera frío de la máquina. Arrugó la nariz. Después, contestó.

—¡Te advertí de que no colgaras! Con la excelencia telefónica que posees, me acabas de decepcionar —dijo el bromista.

—Vale, a ver, ¿quién eres? Mira, me quedan cinco minutos de descanso antes de la última media hora de trabajo. Estoy muy, muy cansado. No me voy a enfadar, pero de verdad, no tengo ganas de nada. Solo de irme a casa.

—Solo quería relajarte un poco. Te noto muy tenso…

—Bien, no sé quién eres. Aunque tu voz me resulta familiar. ¿Eres amigo de algún compañero? ¿De Javier? ¿De Rebollo, tal vez? ¿De Andrés?

—Frío, frío. Como el café que acabas de beber, Eduardo.

Ahora sintió que le invadía un doble sentimiento. Tenía que ser alguien conocido. Pero el hecho de que le llamara por su nombre resultaba inquietante. Nombrar lo que estaba haciendo en ese momento, aterrador. Un único impulso, no obstante, lo empujó a colgar la llamada. Miró en torno suyo. Quietud. Silencio roto por los ruidos de las máquinas expendedoras. Fuera no se veía nada. Los jardines permanecían callados, un atributo que consideró acertado, en consonancia con la oscuridad de la noche. Sin farolas encendidas que le facilitaran la visión, ahí fuera podría estar su acosador. Ya no era tan divertido. Si es que en algún momento lo fue.

¿Y el vigilante? Una opción como otra cualquiera. Hacía unos minutos que subió a las oficinas. Podría estar confabulado con un compañero, o ser él mismo el que lo atormentaba. En todo caso, la broma pasaba de rosca. Corrió a buscar al vigilante, gritando. Subió las escaleras y recordó el cigarro que había liado antes. Lo dejó olvidado en el puesto. Justo ahora que sentía una necesidad ingente de fumar. Maldito vicio. ¿Por qué no se habría dedicado a comer pipas? Son más sanas.

Buscó por toda la planta. Ni rastro del vigilante. ¿Acaso no le oía gritar? El cigarro le esperaba en su puesto. Al cogerlo, algunas virutas de tabaco cayeron sobre el teclado, pero no prestó atención. Ni siquiera pensó en la mujer de la limpieza. El timbre de la centralita lo sobresaltó. No era inusual recibir una llamada estando en descanso. Pero eso ocurría normalmente en horario laboral, cuando alguna coordinadora tenía que comunicarse con él. En la pantalla de la centralita, sin embargo, no aparecía el origen de la llamada. Cogió el auricular y se colocó solo uno sobre la oreja derecha. Aceptó la llamada.

Esta vez no saludó. Tampoco escuchó nada. Vacío, silencio. Colgó y buscó el mechero. ¡No! ¿Acaso iba a provocar una ducha inoportuna con el sistema anti incendios? No permitiría que una situación de ese calibre lo convirtiera en un histérico; a él no le afectaba nada. Ni el estrés continuo de ser vigilado por la coordinadora, ni las penalizaciones por posibles errores durante la llamada… nada perturbaba su implacable argumento cuando un cliente quería restarle razón a la compañía.

Dos minutos antes de finalizar el descanso. ¿Eran suficientes para dos caladas reconfortantes? Bajar a la puerta del edificio le llevaría solo un minuto.

Una nueva llamada lo sacó de sus pensamientos temerarios. Solo que no provenía de su ordenador, sino de otro. Cerca de él sonaba el timbre, chillón, irritante, de acústica odiosa. En verdad que dolía. No físicamente, pero sí en el alma. En la paciencia. Aborrecía ese timbre que se clavaba en su cabeza constantemente. No podía encontrar un calificativo más apropiado para ese disgustoso compás. Una vez soñó con él; más bien era una pesadilla, el teléfono no paraba de emitir la funesta melodía que dirigía su ansiedad hacia la más honda desesperación.

Al timbrazo se sumó otro más. Y pronto, varios ordenadores de la oficina iniciaron un concierto macabro. Todos juntos, como una sinfonía murria. Sonó la nota discordante en el fárrago: era la vibración de su móvil. Sin detenerse a mirar la pantalla, contestó, con voz entrecortada. La respuesta al otro lado de la línea no se hizo esperar.

—¡Contesta a la llamada, Eduardo! ¿Por qué no respondes? ¿Por qué?

✱✱✱

La enfermera tomó el pulso de Eduardo. Estable. Observó sus pupilas. Nada excepcionalmente preocupante. El muchacho, tendido en la cama, apenas respondía a estímulos tras dos días en estado de estupor catatónico. Antes de llamar a una ambulancia, el vigilante de la oficina de Seguros Vida Plus, alertado por las cámaras de seguridad, encontró a Eduardo golpeando los ordenadores con una silla, como imbuido de una evidente excitación. Profería palabras que no entendía; no por su extrañeza, precisamente, sino por no tener sentido en el orden en el que eran pronunciadas.

La enfermera acomodó la cabeza de Eduardo en la almohada; anotó algunas impresiones en el informe que portaba, guiada por el médico. Este movía la cabeza como lamentándose.

—Vámonos ya, que ese temblor de labios del paciente me está poniendo nervioso —dijo el médico.

Pero, si hubieran tenido el detalle de atender mejor al paciente, se habrían dado cuenta de que los labios de Eduardo no sufrían convulsiones. El muchacho recitaba algo, rápido, ágil. Unas palabras apenas musitadas, percibidas solo por las circunstancias y los aparatos médicos a los que estaba conectado. Era la prueba definitiva de que Eduardo no abandonaba su labor por nada, y que, dentro de él, en su consciencia, seguía trabajando, y trabajando, pronunciando sin parar las palabras clave:

—¿En qué puedo ayudarle? ¿En qué puedo ayudarle? ¿En qué puedo ayudarle?…

®Marcos A. Palacios

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Marcos A. Palacios
Marcos A. Palacios
Administrador del portal y podcast CosmoVersus. Autor de 'Fantasía y terror de una mente equilibrada', editada en Gaspar&Rimbau Editorial, donde también colaboro como coordinador editorial y corrector de textos. Ciencia Ficción, Terror y Fantasía, en ese orden, son las que han provocado esta locura de proyecto. Después, los cómics, el cine y la música han aderezado el camino. Hago podcast, escribo, leo y devoro libros. Aún sigo pensando que el siglo XXI no es el mío...

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