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Revista de ciencia ficción y cultura

‘Frankenstein o el moderno Prometeo’ (1818), de Mary Shelley

El mito de Frankenstein, que realmente es el creador del monstruo por todos conocido, y no la criatura, se encuentra inserto en el imaginario colectivo, imposible de comprenderlo de otra forma que no sea la de la clásica película de 1931. Inspirado en la novela de Mary Shelley, en realidad la historia original es tan diferente que podría incluso decepcionar a cualquier lector incauto que se acerque a la obra.

Porque no hay que esperar terribles ambientes ni horrores indescriptibles. Solo encontraremos el estilo suave y dulce de Shelley, en lo que empieza siendo la vida de Victor Frankenstein y su posterior internado en Ingolstadt, donde perpretará, en un sótano, sus sacrílegos experimentos que darán vida a la peor de sus pesadillas.

En Frankenstein hay quien ve una crítica a la naciente industrialización, el desarrollo tecnológico, al tiempo que la dura enseñanza para el ser humano por querer jugar a ser un dios creando vida desde la muerte. Así maldecirá la criatura a su “padre”:

“¡Maldito, maldito creador! ¿Por qué me disteis la existencia? ¿Por qué no extinguí, en aquel mismo instante, la llama de la vida que con tanta insistencia vos habíais encendido?”

Frankenstein. Mary Shelley.

Antes del sufrimiento de Frankenstein -así, a secas, porque no es doctor, es solo un joven estudiante-, está la desdicha de la criatura, quien va descubriendo poco a poco el lado cruel del ser humano, del que desea ser parte, pero al tiempo se sabe distinto. Si en el argumento de las películas nos muestran a un ser de aspecto abobinable pero inocente, en el relato de Shelley el engendro cobra consciencia propia, aprende disciplinas, piensa y desarrolla su intelecto, hasta que adquiere por fin las principales características del ser humano. Comienza siendo una tabula rasa que, a medida que su ingenio innato le permite aprehender, se completa con conocimientos básicos para ser un ciudadano más. Sufre desde su primer momento de vida, es desgraciado a causa del rechazo, y del sufrimiento nace el odio.

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La Criatura, en Penny Dreadful, que llega a encarnar no solo una magnífica interpretación, sino la historia más noble y tierna de un monstruo acosado por el odio.

Lejos de ese monstruo de James Whale -magnífica cinta-, el engendro pecará de los mismos defectos que un humano normal. Quizá a la de la novela se acerque más la Criatura de la serie de TV Penny Dreadful (2014), quien, nacida en un cuartucho por un aniñado Victor Frankenstein, después de tomar conciencia de sí misma, escapa y descubre que el mundo humano es contrario a lo que su padre científico le había mostrado a través de los libros. Solo la búsqueda de la belleza, la paz y el amor le guiarán hasta que todo empiece a torcerse. Pero esta es otra historia.

Entre las fuentes inspiratorias de Mary Shelley se habla, entre otras cosas, del emergente galvanismo de la época, que se trata de las teorías de reanimar los cuerpos a través de la electricidad. Esto conduce a otros datos interesantes, como el castillo de Frankenstein, en Alemania -que existe realmente-, y un personaje que nació allí, Johann Conrad Dipple, médico y químico alemán nacido en el siglo XVII, dedicado a la alquimia, por lo que fue perseguido. Curiosamente, aparece una versión de Dipple en la serie de TV Las crónicas de Frankenstein (2015). Alejada de la historia original, tiene como tema de fondo los crímenes de unos fanáticos de la reanimación científica con las fallidas apariciones de William Blake y Mary Shelley como personajes que no aportan nada y desaparecen sin pena ni gloria de la trama. No obstante, Dipple aparece en la segunda temporada, más lógica e intensa que la primera, como el partícipe principal de los experimentos que nada tienen que ver con la electricidad, sino con extraños fluídos químicos.

Me llama especialmente la atención un pasaje de pensamientos del joven Frankenstein donde divaga sobre el hipotético caso de que la criatura se reproduzca y pueble el mundo con más engendros de su especie, llegando a poner en peligro la existencia del ser humano. Aquí veo en la autora un adelanto a su tiempo, una posibilidad que entra ya en la ciencia ficción, un argumento que encajaría en el género de epidemia o apocalipsis. No es ésta una novela con intenciones de ese tipo, pero no deja de ser curiosa la posibilidad de que algo así ocurra y que a Shelley se le haya pasado por la mente tal barbaridad, lo que no es habitual en la narrativa de esa época.

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Mary Shelley a la izquierda, en la serie Las crónicas de Frankenstein. Su aparición pasa sin pena ni gloria. Un desperdicio.

La novela está desarrollada bajo la técnica de la caja china con tres narradores. El primero, Robert Walton, nos hace llegar, desde su diario y algunas cartas a su hermana, las aventuras en su travesía al Polo Norte. Allí encuentra a un hombre atormentado que comienza a relatar a Walton los hechos que le han llevado allí: ese es nuestro Victor Frankenstein, así que ya tenemos al segundo narrador dentro del relato de Walton. A partir de aquí aparece el tercero, a medio libro, que es el propio engendro de Frankenstein, ocupando buena parte de la novela, y que habla por boca del desdichado Victor.

Si bien había comentado que no es una novela de terror, a medida que avanza hacia el final el tono cambia a una atmósfera de angustia y horror que nos transporta a las más profundas emociones y sentimientos de los protagonistas. Aunque en toda la novela se abusa del circunloquio, desde mi punto de vista, ayuda a la hora de empatizar con la situación de los personajes, pero con el defecto de hacer perder un poco la paciencia al lector por la lentitud y reiterada repetición de frases y expresiones ya de por sí expresadas sin parar.

Por lo tanto, Frankenstein, el verdadero y original, se aleja totalmente de la historia que conocemos en el imaginario colectivo, pero es más terrible, si cabe, que la del monstruo encarnado por vez primera por ese Boris Karloff que inmortalizó definitivamente al personaje. Algo a lo que se debe enfrentar uno y estar preparado para no decaer en el intento de leer esta obra, magnífica por cierto.

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Retrato de Mary Shelley, por Richard Rothwell, 1840.

Muchas adaptaciones de la novela de Mary Shelley han sido llevadas a cabo, ya no solo a la pantalla, sino a otros medios como el cómic o el musical. Llegados a este punto, recomiendo una serie de películas concretamente que bien son derivadas de la cinta de James Whale o directamente de la obra maestra de Shelley, así como la serie de ilustraciones de Bernie Wrightson sobre la obra original, editada por Planeta de Agostini. Wrightson fue creador de La cosa del pantano y dibujante de Creepy y DC Comics. También incluyo películas sobre Shelley.

Frankenstein, de Mary Shelley. Kenneth Branagh, 1994.

El jovencito Frankenstein. Mel Brooks, 1974.

Víctor Frankenstein. Paul McGuigan, 2015.

Remando al viento. Gonzalo Suárez, 1988.

Mary Shelley. Haifaa Al-Mansour, 2017.


BIBLIOGRAFÍA

Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley (1818).

Edición colección Millenium, X Aniversario El Mundo. Las 100 joyas del milenio #18.

Traucción de Manuel Serrat Crespo.

Tapa dura, 242 páginas.

ISBN: 84-8130-132-9

 

 

 

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5 thoughts on “‘Frankenstein o el moderno Prometeo’ (1818), de Mary Shelley

  1. Lo leí hace muchos años, pero una de las sensaciones que más recuerdo es la soledad, ese rechazo al que estaba sometido el monstruo y la soledad que se cernía debido a ello a su alrededor. Me pareció desolador.

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