‘Historias para no dormir’, de Narciso Ibáñez Serrador (1966-1982)

Historias para no dormir. La serie de televisión creada y dirigida por Narciso «Chicho» Ibáñez Serrador que hizo historia en TVE y el mundo hispanoamericano. El terror y el horror de la mano de un genio que llevaba el arte en las venas. Muchos se acordarán, y otros, como yo, apenas llegarían a conocer los últimos capítulos ya entrados los años 80.

Las historias para no dormir de Chicho

Ya lo comentaba el propio Chicho al principio de la serie, que duró tres temporadas (1966; 1967-68; 1984): son historias diferentes, experimentales, de bajo presupuesto, pero con una gran pasión y un reparto de excepción, lo mejor de la época, por supuesto. A lo largo de los capítulos he podido comprobar y reconocer actores y actrices cuyas voces forman parte de la historia del doblaje de la televisión de hace unas décadas; así como encontrar a dichos artistas en los inicios de sus carreras, o ya consagrados.

La entradilla lo decía todo: una puerta que se abría, el título del programa impactando fuertemente y un grito desgarrador, para, de nuevo, cerrarse la puerta, bajo los rombos correspondientes en la parte superior derecha de la pantalla.

Sí, también está en color, pero esta es más clásica…

Los nombres

Hay demasiados como para nombrarlos a todos. Fueron hitos (y algunos aún lo son) de la interpretación española: Irene Gutiérrez Caba, Manuel Galiana, Fedra Lorente, Marisol Ayuso, Lola Herrera, Estanis González, Concha Cuetos, Gemma Cuervo, Carlos Larrañaga… por decir algunos. Y, por supuesto, Narciso Ibáñez Menta, el padre de Chicho, que interviene en numerosos episodios.

Adaptando clásicos

Muchos de los episodios rodados son adaptaciones de clásicos de Ray Bradbury, como El cohete, y de Edgar Allan Poe, como El cuervo, entre otros. También hay guiones originales de Luis Peñafiel, que no es otro que el pseudónimo de Chicho Ibáñez. Por otra parte, también apostó por temas más profundos, más humanos y sociales, como El Transplante, que trata la importancia de la individualidad frente a las corrientes sociales e ideológicas que prentenden convertirnos en un clon de la sociedad. Ojo, esto es de 1967…; también encontramos El asfalto, un cuento de Carlos Buiza que denuncia la pasividad de «hoy en día» frente a los problemas ajenos.

Estos dos últimos títulos tuvieron un impresionante trabajo de decorado de Mingote, que encierra más bien un teatro de distopía, e impacta en el espectador representando fielmente los sentimientos que desea transmitir; y banda sonora de Waldo de los Ríos, el compositor desgraciadamente desaparecido a temprana edad «culpable» del famoso Himno de la Alegría de Miguel Ríos, y que justo ahora estoy escuchando.

Las macabras introducciones de Chicho a lo Hitchcock

Las cosas se hacían de otra manera

Así es, y posiblemente, hoy, que estamos acostumbrados a ritmos más acelerados, nos pueda «aburrir» la lentitud y calma de las escenas de Historias para no dormir. Eran otros tiempos, era otra forma de hacer las cosas, no por ello será peor, sino que los detalles y las circunstancias son diferentes. Ahí radica, también, el valor de estas producciones.

Lo que quizá podría reprochar a HPND es que repiten mucho las sintonías de fondo, lo que implica dos resultados: por un lado, unidad al tratarse de la misma serie; por otro, cansancio al repetir constantemente esa música, dando sensación de bucle y poca originalidad. Pero los presupuestos eran los presupuestos, y ya lo decía Chicho al comienzo de algunos episodios, en sus famosos scketches o introducciones imitando al maestro Alfred Hitchcock, en tono de humor negro e ironía.

Narciso Ibáñez Menta

El Lon Chaney hispanoargentino, título bien merecido debido a la facilidad camaleónica e interpretativa del actor. Tanto, que en varios episodios he llegado a no reconocer que el actor que estaba ante mis ojos era él, y eso que es fácilmente reconocible por su imparable oratoria, energía al pronunciar y gestos igualmente de impetuosa fuerza. Narciso Ibáñez Menta, el padre de Chicho, era su actor fetiche, pues interviene en gran parte de sus producciones en HPND.

Su capacidad para llevar a cabo papeles dramáticos como aterradores o cómicos es algo que no debería perderse nadie. Existe televisión antes del siglo XXI, amigos, y es mucho más moderno y revolucionario de lo que pensáis. No todo se ha creado a partir del año 2000.

Las caracterizaciones de Ibáñez Menta son tan camaleónicas que pueden llevar a la confusión. Fue un verdadero maestro del horror.

Freddy, el terror

La tercera temporada de Historias para no dormir llegó en 1982, quince años después de finalizar con El transplante. Tan solo se produjeron cuatro episodios, a todo color, por cierto, que eran más bien largometrajes, empleando en muchos de ellos no solo escenarios, sino muchos exteriores. Y esta es, quizá, la temporada más impactante de todas. Chicho tiene otros medios y los tiempos han cambiado.

Siguiendo un guión original de Luis Peñafiel (ya sabéis quién es en realidad, lo he dicho antes), Freddy trata de un circo de espectáculos que viaja a Francia para una gira. Entre los artistas, se encuentra un ventrílocuo con su muñeco estrella, Freddy. Al llegar al hotel donde la compañía se hospeda, comienzan a ocurrir terribles crímenes entre los artistas.

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Freddy, el muñeco

La impecable atmósfera de misterio y suspense unida a la caracterización de los personajes, interpretación brillante del reparto y la presencia de Ibáñez Menta, hacen del guión de Freddy una sorpresa para los amantes del cine de terror y horror de anteriores décadas. El resultado final, de inesperada sorpresa gracias a los derroteros en que convergen las irremediables conjeturas de lo que está sucediendo en realidad, causará más de una impresión en el público, así como me causó a mí.

El televisor (1974)

Existen algunos especiales fuera de la serie, y uno de ellos es El televisor, de 1974 y protagonizado por Narciso Ibáñez Menta. En él, se describe a Enrique, un padre de familia entregado a su trabajo, como un hombre «gris». Un día, habiendo ahorrado lo suficiente, compra un televisor a color, algo inaudito en la época, de importación. Con él, el empleado de banca da por finalizado su sueño de colmar a su familia de atenciones y de lo mejor.

Sin embargo, Enrique, cada vez más, se obsesiona con la programación, desatendiendo su trabajo y su familia, incluso llegando a extremos insospechados. Él mismo se excusa diciendo que su vida ha sido anodina y que la televisión es lo único que le permite viajar y conocer el mundo. Toda una alegoría que tiene su catarsis cuando le dice el psiquiatra:

—Debe usted dejar de ver televisión.

—No puedo —responde el hombre Enrique.

—¿Por qué?

—Porque ya no sé pensar.

El cabeza de familia intentando convencer a todos para ver la televisión

Muchos creeréis que tampoco es para tanto, pero El televisor pone los pelos de punta en una época en la que no era muy normal la actitud del protagonista, y más con un objeto tecnológico tan revolucionario, cuando lo más común eran todavía la radio y la televisión en blanco y negro. Nos vemos reflejados en esta producción, absolutamente la mayoría de los que estamos leyendo esto. Y si no, probad a intentar «desengancharos» de cualquier aparato tecnológico «normal».

La imagen del miedo

Todo un aviso que aprovecha el tirón mediático de un objeto de lujo en su época (le cuesta 140 mil pesetas al padre, pesetas de 1974, ojo, que no es una tontería). Pero, sin embargo, el final tiene una lectura bien distinta. El final reclama lo sobrenatural, la metáfora, quizá, de lo exagerado y sus consecuencias, que invitan a reflexionar. Una imagen terrorífica que a nadie dejará indiferente. Es poco probable que puedas olvidar esta historia.

Historias de todo tipo

En resumen… tenemos viajes espaciales, brujas, distopías, monstruos, asesinos y venganzas, invasiones alienígenas, experimentos científicos, misterios policíacos… y tanto por ver. Aquella introducción que dejaba claro las intenciones de Chicho Ibáñez Serrador, el gran director de Un, dos, tres, para con el público. Su humor negro, sus gafas y su puro son más que Historias para no dormir. Porque Chicho nos regaló más. Muchas más cosas que aquí, de momento, no caben. Quizá, en otra ocasión.

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