‘Hoja de otoño’. Un relato de Marcos A. Palacios

A quién no le gusta evocar esos detalles de los pueblos, donde el tiempo corre más lento y se disfruta más. La abuela ha vivido mucho, muchísimo más de lo que podríamos pensar… Hoja de otoño. Un relato de Marcos A. Palacios.

La abuela era incapaz de recordar su edad. En el pueblo se guiaban por sus tataranietos para calcular los años que tenía. La última que le quedaba, acababa de morir… de vieja. El caso es que ella no nació allí, y nunca se preocupó de buscar su partida de nacimiento. Si es que la hubo.

Sentada en su silla, a la puerta de la casa, con frescor de la tarde de verano miraba tranquila las estrellas que revoloteaban sobre las farolas. Durante el día, algunos niños que venían de vacaciones la visitaban, llamándola “tía”. Aunque ella no sabía quiénes eran, los recibía siempre con un beso que parecía aspirar los cachetes de los pequeños y les regalaba una bolsa de almendras, cosecha de uno de sus sobrinos nietos.

Después, alguno de ellos se sentaba a su lado y le contaba cosas de la ciudad. Claro, la ciudad. La abuela nunca había visitado ningún lugar más que los pueblos de alrededor. Ella no sabía qué era una televisión, ni una radio, y mucho menos un teléfono móvil. Así, no entendía apenas nada de lo que los chicos le contaban. Tampoco se imaginaba que pudiera existir un lugar donde las casas tapaban el cielo y se respirara aire ponzoñoso.

El cielo libre, oscuro y plagado de lucecitas, estrellas temblorosas, estrellas fugaces, blancas. Aquel era su único recuerdo recurrente. Los nombres de sus hijos, y nietos y tataranietos parecían agua del río. Pasando de largo, transparente, fría. Interminable, con su alegre sonido, más fuerte en época de lluvias y en invierno. Ella lo sabía, que un día y durante mucho tiempo estuvo casada, que los niños recorrían la casa y las calles del pueblo. Que más tarde éstos se iban a la ciudad y tenían hijos, y estos, a su vez, continuaban con el rito tradicional del ser humano, imparable, preconcebido desde que uno nace.

Las fotografías. Al mirarlas eran tinta china desparramada en su memoria. Y nunca, a pesar de ello, retiraba esa sonrisa de satisfacción y cariño por los rostros familiares retratados. Entendía que una vez hubo felicidad. No lo recordaba. No era necesario. Había sido tan feliz que en su interior permanecían perennes, casi inextinguibles como ella, todas las sensaciones de dicha que había experimentado en sus años de vida.

La casa seguía igual desde hacía mucho. El olor fresco del río inundaba las habitaciones, todas perfumadas con hierbas aromáticas, que tanto gustaba a la abuela que le trajesen los vecinos. Ella casi no podía andar, pero limpiaba la casa sin ayuda. También cocinaba, algo sencillo, ya que su falta de dientes no permitía alimentarse de cualquier cosa. Lo que no perdonaba era el pan y dulces de la panadería del pueblo. Ahora ya no recibiría en su puerta a la panadera. Había cerrado por jubilación. Las deliciosas tortas de manteca, extintas de por vida. Los otros pueblos de alrededor no las hacían igual, ninguna se comparaba. ¡Ay de la abuela cuando se enterase! Hoy, había comido una. La última.

Otra vez por la tarde, en su silla, a la entrada de casa, se sumaban otras vecinas para darle el pésame por su tataranieta. Los “ayes” subían como burbujas a través de la calle, lamentos de unos minutos, para pasar luego a los cotilleos. El periódico del pueblo no se imprimía, sino que se voceaba entre vecinos. Y otra vez repetían el rito de todos los días.

A la abuela le resultaba gratificante no acordarse de que una vez trabajaba, lavaba las ropas en el río, iba a misa y guardaba los preceptos inculcados por el cura.

En su puesto perpetuo la abuela lo tenía todo, sin necesidad de molestarse en abandonar la estrecha acera que la encadenaba a su casa. La cruz de la iglesia, los montes y el río, colmaban su vista por el día. Y ya al caer el sol, la Luna y las estrellas, con su fuente de leche partiendo el firmamento, titilaban a ritmo de grillos. Esa imagen púrpura, impregnada y oculta en su recuerdo a pesar de las farolas, era tan vívida como si fuera lo primero que hubiera visto en su vida, nada más nacer.

En esos instantes podías pasar por delante de ella continuamente, no podía verte. Seguía allá arriba, encandilada y absorbida por sus recuerdos repartidos entre tantas luminarias como abarcaba su vista. Ese rostro adusto de hombre entrañable, cuyo nombre olvidaba pero su perfume quedó en la almohada de la cama; bajo él, el Carro, con la forma de esa cunita que alguien le trajo un día para su primer hijo… todas las constelaciones eran una parte de su vida, y así ella recordaba, porque de otra manera no sabía.

Sucedió un año en que todavía no existía la electricidad, que siendo novios dejaron atrás a la prima que los acompañaba siempre que tenían su cita de fin de semana, en una noche de las fiestas del pueblo. Esa muchacha que los vigilaba para que no hiciesen nada indebido a ojos del cura y de Dios. La prima no dijo nada, porque le daba igual, y se hizo la loca cuando la abuela, ya joven casadera, y su novio, bien mozo, fueron a bailar solos más allá de la entrada del pueblo, porque la verbena era igual que todos los años, y ellos habían cambiado; allá donde nadie, salvo la Vía Láctea, los veía.

Tumbados en un tierno campo de amapolas vieron una estrella fugaz, y corrieron los dos a pedir un deseo. Él, una vida digna y con salud. Ella, que aquel momento durara eternamente.

Cada noche evocaba la abuela aquella estrella fugaz, la cual le concedió la mayor alegría desde aquel momento, que era poder recordar, indefinidamente, la noche más larga de su vida.

Por Marcos A. Palacios

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