‘Interludio’, un relato de Eduardo Melero

Interludio, un relato de Eduardo melero. ¿Os gusta la …? No, no vamos a decirlo, sería desvelar el misterio de este original relato al estilo más característico del autor.

Interludio, un relato de Eduardo Melero

Una figura misteriosa se escurre entre los edificios, oscurecidos por la noche, de una inmensa ciudad. Sus intenciones son desconocidas pero (quien pudiera verlo), percibiría la silueta de un paquete entre sus brazos. Con un sutil movimiento, se pierde en un portal.

La madre de nuestro protagonista, una mujer entrada en años, se refresca en una amplia bañera, rodeada de jarrones con rosas, gerberas y parras que, junto a los cortinajes atravesando la habitación de esquina a esquina y las limpias teselas de colores ocre, tratan de imitar los aposentos de una reina egipcia olvidada por el tiempo. Toma el teléfono, un antiguo modelo de rueda, del lado derecho del baño, y con sus largas uñas pintadas de rojo, marca hábilmente un número.

En otra parte, el villano de nuestra historia se prepara para reunir a su ejército, recluta a recluta. Como poderoso hombre de negocios, tiene contactos hasta en el infierno (de hecho, no hay que descartar que los tenga literalmente). Reunido en las primeras horas de la mañana en una amplia sala de reuniones, enmoquetada y aséptica, pero con un gran ventanal de cara a la calle, tiene reunida a su cohorte de matones, asesinas a sueldo, empresarios sanguinarios y espiritistas maliciosos. Uno de ellos se levanta, con su limpio traje sin arrugas, y protesta. «¡Es una locura! ¡Usted está loco!», dice al villano. Como toda respuesta, este lanza una mirada directa al que acaba de hablar; tras un breve momento de desconcierto, este comienza a tambalearse, temblar y sudar, y finalmente cae al suelo. El resto de los presentes simplemente lo miran como quien ve llover.

Entre los tejados del barrio antiguo, una afamada ladrona salta de edificio a edificio, como una ardilla buscando su alimento. Y, en cierto modo, tal vez lo esté buscando: espera poder colarse, antes de que amanezca, en la antigua casa de un acaudalado banquero, muerto hace doscientos años. Se rumorea que, en sus cimientos, este ocultó una cámara con aquel ingrediente secreto que, según él, fue la clave durante los primeros años de construcción de su imperio. Y eso es lo que busca nuestra ladrona: la aventura, la emoción de encontrar lo que nunca nadie ha visto… y parece que la suerte la acompaña, pues llega a la claraboya de la casa que es su objetivo sin ser vista. Tarea fácil: abre el cristal y se deja caer dentro.

El amigo de nuestro protagonista debería haberlo pensado mejor cuando contactó con aquellas personas. Reconoce el coche que le sigue: es el de aquella mujer con la que había hablado. Conocedor de lo que le espera, gira el volante hacia el solar en construcción que, años atrás, había sido abandonado, tal vez para no ser acabado nunca. Espera a que los otros salgan; si se da la ocasión, puede poner en marcha el motor pisando el acelerador y huir… aunque no sabe adónde. Tampoco tiene tiempo de pensarlo: el matón más grande, con la mano tan ancha como su cara, lo toma por la gabardina y lo saca por la ventanilla de su propio coche, haciéndola trizas en el proceso.


El otro abusón es un tipo delgado, con cicatrices por todo el cuerpo y cara de ser capaz de asesinar por 5 euros. Pero la única persona a la que él teme es a ella. Con su falda de tubo y su chaqueta con hombreras, ambas de tono limón, la mafiosa se acerca a él. «¿Cómo te atreves a traicionarme?», le dice, propinándole una bofetada que le deja arañazos en la cara; él no puede esquivarla, pues el grandote le sostiene firmemente las manos. Seguramente ella tenga preparado un discurso para él (a fin de cuentas, es cierto que rompió su contrato), pero parece estar tan cabreada que se limita a propinarle patadas y puñetazos. Pese a su figura delgada y larga, es fuerte, lo suficiente como para dejarle lleno de moratones. Se detiene sólo para preguntarle un simple «¿Por qué?». Y espera su respuesta. Él piensa rápido: se desliza por el suelo lleno de arena y piedras, gira su cuerpo y consigue que su captor afloje la fuerza, lo suficiente para propinarle un cabezazo en la barriga y verse liberado al fin. El otro hombre se lleva la mano al interior de su chaqueta, pero el joven se mueve más rápido: sale corriendo, sin detenerse, hacia el edificio más cercano. Escucha gritar a la mujer a sus espaldas, pero ya es demasiado tarde para ella: abre la puerta y entra.

El paquete rebota en sus manos, y el hombre de la gabardina gris lo sostiene rápidamente; no tiene que ser movido. Pero un estruendo en otra parte de la casa le había alertado. Suponiendo que el destinatario del paquete tiene controlado el hogar, se limita a penetrar en la siguiente estancia, a través de un arco tallado en madera y ricamente decorado.

La ladrona cae sobre una serie de futones dispuestos, precisamente, como si se esperara a que alguien fuera a caer sobre ellos desde gran altura; y es que ha descendido dos metros. Debería haber mirado mejor qué la esperaba bajo la claraboya. Oye un estruendo, no obstante, que la alerta; se coloca junto a la puerta de la oscura estancia y, cuando está lista, la abre de un portazo, sosteniendo su fidedigna daga entre las manos.

El joven consigue zafarse de sus perseguidores… durante unos segundos: una bala revienta la puerta a sus espaldas, pasándole justo al lado de la pierna. Cubriéndose como puede, atraviesa agachado la especie de zaguán recubierto de baldosines, esperando a que el arco que ve ante sí le lleve a la libertad… o al menos a un sitio donde no alcancen las balas.

El Mercedes negro se detiene ante la reja de una enorme casa, la fachada repleta de detalles en yeso, estatuas y ricas balaustradas. El regio empresario pulsa el timbre de la propiedad… sin mucho resultado. Por suerte, la portezuela que da al jardín está abierta, así que decide entrar hasta la casa. Recorre una serie de pasillos interconectados, esperando encontrar a su «arma secreta» entre ellos; pero la estampa que le recibe es todo lo contrario a lo que espera.

Una elegante mujer se encuentra bañándose, desnuda completamente, en un jacuzzi de porcelana, rodeada de plantas, cortinas, cojines y una serie de estrafalarios personajes tan confundidos como él: un hombre sosteniendo un voluminoso paquete y escondido tras una gabardina y sombrero grises; una jovencita vestida como una pordiosera, con una daga entre las manos, y muchas bolsas de lana colgando de su cuerpo; y otro joven cuya cara ha pasado tiempos mejores, seguido a sus espaldas de una alta mujer con pinta de mafiosa y dos matones igualmente intimidantes. La presunta dueña de la casa no parece tener ningún pudor, no obstante.
─Pero… ¿¡qué es todo esto!? ─Dice nuestro villano.
─Bueno… parece ser que todas nuestras historias se han cruzado. ─Le dice la bañista.
─¿¡Cómo!?
─Bueno, no es tan complicado… todos se encuentran aquí reunidos con un objetivo. Pero parece que el escritor no se ha encargado de de separarnos en distintos capítulos.
─Pero… pero, ¿¡qué dice usted!?
─Ah, tranquilícese… probablemente todo será resuelto en un par de conversaciones.
─¿En un par de conversaciones?
─Pues claro… a no ser… oh, no… parece que lo es…
─¿¡Qué!? ¿¡Qué «es»!?
─Bueno, siento ser la portadora de malas noticias… pero me temo que estamos en uno de esos.
─¿¡En uno DE QUÉ!?
─Pues ¿qué va a ser, hombre? ¡Estamos en un interludio!

FIN DEL INTERLUDIO

Este relato puedes escucharlo como ficción sonora en CosmoVersus Podcast Ruta #9, con narración y montaje de Eduardo Melero.

©Todos los derechos de Eduardo Melero Verdú

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Eduardo Melero
Eduardo Melero
Si fuera cuadro en vez de persona, sería algo así como esas acuarelas de paisajes tan ajadas y difuminadas que parecen una pintura fauvista (cuando es en realidad un lago con nenúfares). Podría parecer que esto es una desvaloración a mí mismo, pero todo lo contrario: me encantaría tener todos esos colores.

Soy un periodista que, mientras está en paro, enseña música. También soy un músico que, mientras no toca, escribe críticas, diálogos, o cualquier burrada que se me pasa por la cabeza. Si veis mi nombre y frases aquí, es gracias al creador de este blog. ¡Pero no le digáis que os lo he dicho!

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