La botella medio llena.

Desde pequeño los domingos me han parecido días tristes, tan callados y quietos, sin personas. Quizá el hecho de que ese silencio y esa paz dejaran hueco para pensar es lo que me me aterrorizaba del útimo día de la semana. Hubo una época en la que eso cambió, y me lanzaba a disfrutarlos. Porque podías hacer lo que querías, lo llenabas de viajes, de quedadas, de películas, libros… todo con tal de no pensar.

Lo más preocupante es el mañana, ver cada año pasar y seguir igual, sin objetivos, vacío y enquistado en el pasado. ¿Puede ser alguien más feliz por vivir siempre mirando atrás?

En el paseo marítimo hoy solo hay gaviotas y ese rumor lejano de las olas, un anciano con el periódico y dos matrimonios con niños pequeños. El sol pega fuerte y en cambio no me molesta la cazadora. El único ruido discordante es el tranvía, que avisa de un nuevo viaje. Nunca he subido a ese tranvía, no sé ni adónde va. Y como no tengo nada que hacer, decido pasar y compro mi billete. El conductor no me pregunta el destino, aunque me da igual.

Mientras el tren avanza contemplo el litoral, puedo ver hasta mucho más allá, donde un peñón parece engullido por la niebla, pero no es eso, es la distancia que lo vuelve translúcido, como de un cuento de fantasía. Y pasan varios pueblos, y sigo adelante. Los viajeros van desapareciendo, ellos conocen su destino y, decididos, abandonan el tren. Llegamos a la albufera de Campanario, en el límite de provincia. Es el final del trayecto. Pero en lugar de dar la vuelta, me encamino a través de sus calles. Nunca había estado en la albufera. El pueblo queda a dos kilómetros, podría hacerlos andando, solo hay una explanada de palmeras, casas y huertos que separan al pueblo de la costa.

Cambio el olor a mar por las mazorcas asadas. En la entrada a Campanario suenan los repiques de la iglesia, hay mercado y una muchedumbre se agolpa en los puestos de comida. Cuando era pequeño mis abuelos me llevaban a la feria y allí también había mazorcas asadas, eran muy dulces, pero ahora no saben igual, parecen plastificadas. Aunque el olor es magnífico, es lo único que puedo aprobar. Al fondo de la calle Mayor hay una tienda con teselas azules y un cartel que dice «Embotellados Luna». No sé qué es eso, alguna bebida que fabrican aquí. Sería raro, ahora todo se fabrica en naves industriales.

No hay nadie, solo la dependienta, una señora mayor con pinta de hippie, que sonríe a la nada, o a lo que tiene en el mostrador, una botella vacía. Me saluda y correspondo como debo, y miro a mi alrededor. Todo el local está repleto de estanterías con botellas vacías.

―Disculpe, ¿para qué son las botellas?

―Para llevarte lo que desees, muchacho.

Miro de nuevo, con expresión incrédula, a las estanterías. Pero, en efecto están vacías, y no hay nada más en la tienda.

―¿Y qué vende? Solo veo botellas, pero nada más.

―Vendo futuro. No tienes más que darme tu receta, y te lo llevas en una botella.

―Lo siento, pero no le entiendo.

La señora sale del mostrador con la botellita que estaba mirando en la mano, se acerca a mí y me enseña el contenido, muy cerca de mis ojos. Pero no veo nada.

―Eso es porque no es tu futuro, sino el mío. Cada uno solo puede ver su propio futuro. Verás, tú me dices qué futuro quieres tener, yo te lo vendo dentro de esta botella. Pero tienes que conservarla siempre, y jamás se la des a nadie. Es solo tuya.

―¿Qué pasa si se rompe?

―Pues que tendrás que volver a por otro, porque ese futuro nunca se realizará. Qué cara pones. ¿Crees que te estoy mintiendo?

―No. Pero me resulta difícil creerlo.

Pues sí, creo que es una vendehumos, una chalada que apesta a incienso y a colonia de coco. Debe haberse estudiado uno de esos libros de Cómo hacerse millonario con cosas que los demás nunca sabrán hacer.

―Son cinco euros, puedo darte tu futuro embotellado. Aunque eres muy joven todavía para comprarlo. Te lo dejo en tres euros. Como verás, no me hago millonaria con esto.

El dinero es lo de menos. Pero me intriga lo que hace esta mujer. Quiero ver lo que me da, qué habrá en esa botella cuando la tenga en mis manos. Me dice que tengo que quitar el tapón de corcho y mirar por arriba. Ahora me doy cuenta de que no sé qué pedir. Estoy tan vacío como esta botella, bloqueado. Claro que hay muchas cosas que me emocionan, pero nada más. Me siento a pensar.

―Toma una hoja y un lápiz, anota lo que quieras, después me lo das y lo hablamos. Tómate tu tiempo.

La anciana enciende otra barrita de incienso y un cálido aroma dulce e intenso inunda la tienda. La corriente entre las ventanas se lleva el humo, que parece un río de chocolante blanco. Entra un hombre con traje y corbata, se quita el sombrero. Su cara resulta confusa, porque después de mirarle atentamente, me fijo en que su rostro va y viene, como una luz intermitente. Creo que la mujer y él ya se conocen, y ella entra a la trastienda a recoger su «encargo», que no es otra cosa que una de las botellitas. El hombre sin cara se sienta en un rincón, a pocos metros de mí, y destapa su botella. Mira por la boca de la botella y sonríe. Puedo ver cómo sale un humo que desaparece de inmediato en el aire como chispas brillantes. Después, el hombre vuelve a tapar la botella y se dirige a la salida, no sin antes detenerse frente a mí. Me mira fíjamente al tiempo que guarda la botella en el bolsillo interior de su chaqueta.

―Hoy es el día en que todo comienza. Siempre es hoy.

 

Y después de decirme esa frase, se va. No sé qué hago aquí sentado, no creo en estas cosas, ni las necesito. Pero ya que he pagado, le pediré algo a esta anciana. Después de unos minutos, le doy el papel.

―Mmmm… muy interesante. Esto es algo que me piden mucho. Espera aquí un poco, ahora salgo.

Después de una hora esperando, todavía no aparece. Es como si se la hubiera tragado la tierra. El incienso se ha terminado hace rato, aunque aún queda el olor residual, aún más dulce que el original. No ha entrado nadie a la tienda. Vuelven a sonar las campanas. Los puestos recogen, y ya es hora de que vuelva a casa, porque llegaré tarde a comer, y la abuela podría preocuparse porque no sabe dónde estoy. Al fin sale la mujer con una botellita en la mano. Se queja de que pesa mucho.

―Puedes mirar, no va a escaparse.

Es verdad que pesa bastante. Destapo la botella y miro por la boca. Me gusta lo que veo, es exactamente lo que he pedido. ¿Cómo es posible que se vea tan claro? Parece una película, imágenes que se repiten en bucle. Ella me ve feliz y me saluda.

―Voy a cerrar. Deseo que tengas un futuro fructífero y feliz.

 

Pero no me voy. Me quedo fuera mirando cómo la anciana hippie baja la persiana y apaga las luces. Al final he pasado algunas horas sentado frente a la puerta, porque no sé qué hacer con la botellita y mi nuevo futuro. ¿Es realmente lo que quiero? Se me ha ido el día pensando. Y mientras me doy cuenta de que no anochece, el sol sigue en su lugar. Unas vecinas del pueblo vuelven de la compra y me gritan:

―Decídete ya, hombre, ¿no ves que vas a conseguir que nadie duerma hoy?

Pasan las horas y el sol sigue en lo alto. Las gentes parecen enfadadas conmigo, aunque no se acercan a mí. No hacen más que increparme. Igual que en casa, siempre ha sido así. Y en las prácticas de la Universidad. Todo el mundo exige, grita, y no dejan a uno tomar decisiones. El futuro de la botella sigue ahí, no cambia, la película se repite una y otra vez, pero a medida que miro me va gustando menos. Qué triste, esto no es lo que quiero. De pronto se encienden las luces de la tienda y la vieja abre la persiana. Se queda sorprendida de verme, y sonríe.

―Vaya, eres de esos. Sabía que volverías. Pero chico, no te quedes ahí parado con esa cara de pasmarote, entra y dime qué pasa. Si no te gusta tu futuro, te lo cambio sin problema. Pero por favor, hazlo ya, porque hemos perdido una noche y todavía es de día.

Me dice que aún estoy a tiempo de cambiar mi futuro, porque no ha comenzado a cumplirse.

―Entra en efecto cuando llegue el momento. Mientras, la vida sigue igual.

Nos interrumpe una pareja de novios, posiblemente recién casados. Ya vienen preparados con sus recetas, se les ve muy felices, parece que lo tienen todo claro. La anciana tarda unos minutos en entregarles sus futuros embotellados, aunque solo les da una botella. Están tan decididos que ya saben lo que quieren. Me hacen sentir estúpido y avergonzado, son pocos años mayores que yo, apenas habrán terminado la universidad. Cuando salen, la anciana me mira y habla.

―Hay personas tan, tan predecibles.

Y enciende de nuevo incienso, para volver a la trastienda. Tiene mucho trabajo hoy, le han llegado encargos. Me siento en la misma silla del día anterior y entra un chico de aspecto nervioso, casi desesperado. Alarmado, llama a gritos a la anciana hippie. Hace un año compró su futuro y esta mañana se le ha roto en un descuido. El muchacho no para de temblar porque ya no se cumplirá su futuro. Solo habían transcurrido cuatro meses desde que comenzó a establecerse en su vida lo que había pedido. Parece desgraciado. La anciana le recuerda que ya no puede pedir lo mismo. Es exactamente lo que me dijo. El muchacho calla. Resignado, se aleja hacia la puerta. En ese momento se da cuenta de mi presencia.

―Tú… tú… Sí, estabas en mi futuro, pero ahora no se cumplirá. Sí, tú, te reconozco, te veía todos los días en la botella. Ahora no servirá de nada. ¡Ya no sirve de nada!

El joven sale corriendo, y la anciana se echa a reír. Qué mal educada, alegrarse de desgracias ajenas.

―¿Qué le hace gracia?

―Pues que ese chico no ha entendido nada todavía. En fin, yo hago lo que puedo.

Me da rabia que la gente mayor hable en clave. Como en casa, los abuelos siempre tan crípticos; en las clases, los profesores con sus respuestas enigmáticas. ¿En algún momento responderán exactamente lo que uno les pregunta? Creo que la anciana hace lo mismo con los futuros.

―Quiero cambiarlo. Creo que no es lo que deseo de verdad.

―¿Entonces no lo tienes claro? Chico, estás dudando demasiado. Vuelve otro día, si quieres. Ya te dije ayer que eres muy joven para decidir tu futuro. Además, si continúas así, no va a anochecer en mucho tiempo, y la gente tiene que dormir.

―No lo entiendo. Tengo veintidós años, y la gente no hace más que decirme que ya soy mayor para decidir, que debo aclararme ya.

―¿Y son ellos los que van a vivir por tí? Una cosa es que seas un vago que pase el tiempo sin hacer nada, pero otra es que te cueste más o menos encaminarte en la vida. No todas las personas somos iguales.

No tengo nada que decir. Me ha dejado con la palabra en la boca. Por una vez, ha sido clara.

Ahora aparece un anciano feliz, con un bastón, anda un poco encorvado. Se acerca a la hippie y le da la mano.

―Le doy las gracias, señora, el futuro que me entregó hace años ha sido lo mejor de mi vida. Ahora, ha llegado el final, la botella se ha vaciado. Ya puedo seguir lo que me resta de vida.

―¿No quiere un poquito más? ¿Algo cortito?

Todavía no terminan de hablar cuando entra una señora con aspecto huraño, muy impaciente. Interrumple la conversación, un gesto de lo más despreciable.

―Disculpen, de verdad, por favor. Disculpen… mire, señora, tengo mucha prisa, no quiero parecer deshonesta… Señor, disculpe, no me interrumpa, no voy a tardar. Oiga buena mujer, llevo un tiempo sufriendo los efectos de su encargo, no puedo más. ¡Odio esta vida! ¡Haga algo por favor! Aún resta mucho tiempo, me arrepiento tanto, ¡tanto!

―No tenía más que romper la botella, y su futuro se desvanecerá. Ya se lo expliqué.

―Y además, puede que le salpique a alguien que le agrade ese futuro, señora. Eso sería una buena acción por su parte.

―¡No lo recordaba! ¿Cómo puedo acordarme de todo? ¡Oh, por favor, esto es un infierno!

La mujer desesperada está a punto de derramar el contenido de su botella en el suelo, pero los ancianos, a una, le gritan que no, que lo haga fuera, ya que ahí dentro podría salpicarles a ellos o a las botellas vacías, y si mezclaba gotas de su futuro con nuevos futuros, todo podría salir mal.

―Qué exagerados que son ustedes. Bueno, me voy fuera.

―Que tenga un buen día. No es necesario que deje los cristales esparcidos. ¡Sea limpia!

Pero ya se había marchado.

 

Hay que ver qué gente más rara viene a esta tienda. Parece que nada les complace, excepto el anciano. ¿Por qué están tan enfadados? Con lo fácil que es decir las cosas, incluso hacerlas. No quiero parecerme a ellos. Tampoco a esa pareja de novios, tan perfectos, o a ese hombre sin rostro, que pide su futuro por entregas. Qué lío, qué soporífero, ¡qué gran inutilidad! Y poco natural. No, no me gusta nada. Creo que no me llevaré nada.

El anciano se ha marchado, y la vieja hippie enciende más incienso. Ahora la tienda adquiere un tono más frío. El sol ya se ha puesto.

―Vaya, al fin estás siendo valiente. Mira, anochece. Tienes que irte, no tardaré en cerrar. ¿Te importa que ponga música?

―Claro que no. Es su tienda. Oiga, creo que no quiero llevarme nada. Aquí tengo la botella. Se la devuelvo. No hace falta que me devuelva el dinero. Al fin y al cabo, ya ha hecho su trabajo.

―¿De verdad que no quieres ningún futuro?

―No, gracias. No quiero comprometerme a un destino concreto. Prefiero tomar las decisiones en el momento necesario, que la vida me encuentre desprevenido. Quién sabe lo que voy a querer en unos años… Tome la botella.

―Tranquilo, puedes quedártela. Es tuya. Vacíala en cualquier sitio, pero sin salpicar a nadie. Y la guardas, en caso de que algún día necesites un futuro mejor.

Las luces se han encendido en Campanario. No se escucha un alma. Un murciélago ronda las farolas, y los grillos ponen música a la luna. El frescor del verano es agridulce, y me dirijo al tranvía. Se huele en el aire todavía las mazorcas asadas. Los residuos del mercado aún están calientes: gente que se retira a casa, los tenderos recogiendo en las furgonetas… Al llegar al tranvía el conductor me alienta a que me de prisa, es el último viaje del día. Entro y busco asiento, y los viajeros que me acompañan me aplauden.

―¡Volvemos a casa! Un poco más y perdemos otro día.

―La próxima vez no te esperamos.

Otra vez con lo mismo. Me da mucha rabia que me presionen. Nadie tiene que esperar por mí. Cojo la botella y lanzo el contenido al suelo en medio del tren. Mi futuro se esparce y caen gotas a algunos pasajeros, que no se dan ni cuenta. Que os aproveche, idiotas. Pero eso sí: la botella se viene conmigo, está en la estantería de mi cuarto. La miro de vez en cuando, vacía. Y así se quedará.

© Todos los derechos Marcos A. Palacios

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