CosmoVersus

Revista de ciencia ficción y cultura

La Carne.

Al atardecer ya habían salido todas las carrozas. En la plaza cubierta de una muchedumbre hambrienta, las sombras se acentuaban en movimientos patéticos y teatrales del gentío concentrado y apelotonado en torno a ellas, detenidas y preparadas para el circuito. En el aire zumbaban los tambores mezclados con silbatos y carracas, pero había gente que no movía un dedo y permanecía quieta, hipnotizada por el aroma a brasa y plancha de la carne. Vi cómo los encargados de los puestos rebuznaban a carcajadas; otros balaban, pero los que más éxito tenían, los de la carne de cerdo, gruñían como bestias. El tocino era de primera y los clientes querían la carne medio hecha, casi cruda, o demasiado quemada. Alguien decía que no convenía pasarla demasiado, sabía mal y había riesgo de enfermedades, pero la mayoría la prefería bien tostada y crujiente.

No hacía falta comer nada para sentirse lleno. En particular, yo mismo podía alimentarme con solo respirar el ambiente cargado de partículas de la carne.

Al oscurecer hacía más fresquito, muchos nos quitamos la parte superior de la ropa para evitar luego el sudor por la aglomeración y el humo de las barbacoas. En los rincones, a medida que conseguías avanzar entre las calles de la feria, parejas de conocidos y desconocidos se lamían los brazos para saborear el sudor impregnado del ahumado que despedían las parrillas. En algunos casos mordían las carnes y sangraban, lo que ocasionó revueltas entre los asistentes y algún que otro disgusto. Aún no sé cómo no me llevé un buen mordisco. Lo que sí me ha quedado es un cardenal con toda la marca de la dentadura de alguien atrevido.

No obstante, allí no acudían las ambulancias ni la policía. En los primeros puestos, junto a la carroza principal de la vaca, un grupo de amigotes mugía al son de una danza consistente en sujetar brochetas de cecina bien fritas y lanzarlas al resto de espectadores, amontonados como ganado hambriento que acababa con los brazos y hombros heridos por las puntas de las brochetas. En cuanto a la música, proseguían los ruidos y golpes de tambor como en una fiesta pagana de desenfreno y locura que bien quedaban ahogados no solo por los gritos de los comensales, también por los motores de las carrozas que ya se ponían en movimiento.

Las carrozas cruzaron avenidas, giraron en glorietas y plazas, hacían paradas junto a los parques, y todas eran diferentes. Las había de barbacoas humeantes y grasientas; otras de música y reivindicativas con vagas consignas repetidas por la masa dirigida; las que menos participaban eran las de música. Precisamente en esas me detuve más tiempo. La curiosidad por todo aquel montaje era poca, y preferí moverme al son de un buen tema tropical. Hasta poco después no me enteré de que la feria no estaba autorizada, algún defecto debía de tener.

Las primeras carrozas, donde se cocinaba la carne más especial de canguro, cocodrilo, koala y ñu ―eran las más codiciadas―, lanzaban muestras de distintos tipos de elaboración: ahumadas, fritas, al wok, guisadas… los más osados se lanzaban en empujones a coger al vuelo los mejores y más suculentos bocados a costa de golpear y pisar al resto de ingenuos que intentaban quitarles su manjar. En cierto momento alguien gritaba “¡Eh, ese tiene cola de cerdo!”, y los demás se reían de él. Una mujer cayó al suelo de la risa y reía tan fuerte que no volvió a poder articular sonido humano alguno, sino que mugía en constante delirio, y quizá se quedaría así para siempre. Se apartó y comenzó a embestir a la gente con su cabeza, como si fuera un toro bravo, hasta perderse entre la marabunta. De milagro que no me llevé una cornada.

Al de la cola de cerdo se le atragantó la comida, posiblemente un solomillo. Gesticulaba pidiendo ayuda. Por fin escupió lo que tenía atravesado, vomitó el resto y se apartó del grupo. Un borracho le tiró del rabo, rosado y tierno, y el hombre gritó de dolor, solo que ya no era un grito, sino algo más parecido a un gruñido. Su garganta no exalaba palabras, solo ronquidos animalescos, y en su nariz, redonda y porcina, se asomaban hilos de mucosidad que relamía con la gigantesca lengua. Alguien lo apaleó pero él se defendía con sus pezuñas. “¡Este pide que lo cocinen!”, exclamaba su perseguidor. El hombre quiso escapar. Inútiles intentos suprimidos por varias personas que consiguieron sacrificarlo para la manada de gorrones al desangrar su vientre hundiéndole un cuchillo y aprovechando también la sangre en un recipiente para prepararla después cuajada con higadillos. Tenían la receta preparada. Después, buscaron a la mujer vaca que se hallaba pastando ajena a su destino del que no pudo escapar.

No me privé de grabarlo todo, en plan necio, como esos anormales que graban la paliza a un vagabundo para después denunciarlo en los medios. Pero, ¿qué importaba? Este solo era comida. Me dio repelús, pero acepté media libra de jamón. ¿Algún vino para acompañar?

Hacia el final de las carrozas, apenas con clientela, el puesto de carnes avícolas invitaba despiadadamente a la concurrencia sin conseguir mucho éxito. Desde años atrás la carne de ave no era tan apreciada tras las reincidentes gripes que asolaron granjas enteras generando desconfianza entre los consumidores. Ni el pato mejor preparado era bien recibido. Maigret, paté, a la naranja… La cocinera se lo comió todo. Así acabó, quitándose las plumas de la cara y los brazos. Alguien se acercó y le quemó con una antorcha, la misma que utilizaba la propia cocinera para chamuscar los restos de plumas de las alitas. Exhaló un graznido que hizo reír a sus comensales, los pocos que había.

En el mayor auge de la fiesta llegó la policía con órdenes de arrestos y recordando las nuevas leyes que prohibían el consumo de la carne, fuera cual fuera. Detrás de ellos, manifestantes vegetarianos les instaban a usar más violencia contra los asistentes al ágape carnívoro. Meses de lucha no habían sido suficiente, no obstante, para detener los derechos de la libre alimentación. Las carrozas eran prueba de ello, algo que hacía rabiar a los grandes vencedores de la cruzada anticarnívoros. Visto así, dándole la vuelta, cualquier postura es cuestionable.

En esas condiciones me aparté lo más que pude, pero portaba el pecado a la vista. Estaba sucio y ahumado, lleno de grasa de animal asado, mi aliento era una brisa de aromas de pavo y ternera. Los manifestantes vegetarianos ni se atrevían a traspasar la línea que nos separaba: la orgía de carnes, el fétido ambiente a cocina y muerte los mantenía a raya. Lo máximo que hicieron fue lanzar pescados y frutas a los asistentes.

Pude ver la pelea desde mi puesto privilegiado, asomado detrás de un kiosko oriental, especialidad en teriyaki; salvo que ese teriyaki no parecía de Asia, sino de pueblo de la España profunda, con denominación de origen, más intenso, de cuerpo compacto. Al principio solo era una reyerta de intercambio de alimentos, al fin y al cabo un bando desperdiciaba manjares del mar, y mis colegas los rociaban con picadillo de morcilla, bien encebollada, como debe ser. Tan apetecible que un jovenzuelo se lanzó de cabeza a un vegetariano y le arrancó la oreja de cuajo. Casi podía escuchar, desde donde yo estaba, el crujir del cartílago. Tras él siguieron otros. El vegetariano tenía buena pinta, condimentado con esa morcilla, lo que resultaba apetecible al paladar, y eso que estaba crudo. Total, no se distinguía ya lo que era comida animal de lo que no lo era. Preferí seguir manteniendo distancias, aún más cuando la policía no pudo parar que asaran al desorejado, que gritaba y aleteaba de risa, o eso parecía. Así fue cómo llegué al límite. El asco me invadió, y todo lo que había comido hasta ese momento retrocedió por mi esófago hasta salir disparado.

Una mujer que reía como una pava alargó su cuello. De su boca salió un pico curioso, me observó con su mirada aviar. La mujer picoteó mi vómito, que aún conservaba aspecto de comida. Era reciente, y parecía sabroso por la ansiedad con la que tragaba el puré con tropezones. Corrí en dirección equivocada, me hallé en medio del tumulto que acrecentaba su violencia. Ya no parecía quedar cabezas para cocinar, sino que los asistentes a quienes les aparecían atributos animales servían de nuevo manjar. No les importaba lo más mínimo. Algunos se automutilaban para hacer carpaccio con las tiras de su pellejo. “¡Eso hay que macerarlo, sabe a rayos!”, espetaban algunos. En ese instante un vegetariano aprovechó para lanzar un limón a aquellos brutos que ofrecían las lonchas de su cuerpo a los asistentes. “¡Macérate con esto, idiota!”. Acto seguido llovió un puñado de pimienta molida, como si de pólvora ardiente se tratara, y los voluntarios del carpaccio rabiaron de escozor.

Esto se salía de madre, era el aviso de la alarma de la prudencia. Mejor desaparecer de allí y volver a casa, quitarme toda la mugre del cuerpo y disimular como si nunca hubiera estado allí. Otra opción era pasar al otro bando. Pero fue tarde. Fui de los pocos que se salvaron del gran festín final, pues la guinda del pastel… perdón, la manzana del cerdo asado, la ofrecieron los veganos.

Estos, armados con vegetales podridos, entraron a primera linea, donde estaban los vegetarianos, y les atacaron por usar pescados. Pero como pasa en todas partes, no todos los vegetarianos comían pescado. Eso los veganos no lo querían entender; por ello, para poder llegar hasta nosotros, debían deshacerse antes de estos “falsos” saludables. Todos a una la emprendieron a golpes hasta reducirlos y hacerles atragantarse con las frutas y verduras pasadas. Llegados a este punto, la policía se fue, rendida ante tal espectáculo. El trabajo sucio estaba hecho.

Rota la primera barrera alimentaria, los veganos invadieron las carrozas. Prendieron fuego, y con ellas a los comensales y los alimentos humanos. Aquello se convirtió en un holocausto caníbal porque el horror que presencié acabó con toda mi lógica y mis ganas de comer… cualquier cosa. Pero lo terrible fue que, presos de los deliciosos y abrumadores aromas de carne, animal y humana, los vegetarianos y veganos, como zombis descarriados, igual que hormigas frente a un saltamontes muerto, cual hordas enemigas y hambrientas, sucumbieron esclavos de la bajeza más vergonzosa devorando, entre llantos, toda la carne ante ellos servida en bandeja.

Por Marcos A. Palacios

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