CosmoVersus

Revista de ciencia ficción y cultura

La gente de la calle.

A medida que me quedaba dormido las luces parecían expandirse en las paredes de la habitación, y otra vez volvía a abrir los ojos, esperando para ver a los invitados. No recuerdo desde cuándo sucedía, era algo que formaba parte de mi rutina nocturna cuando visitábamos la casa de los abuelos. Contemplaba los haces amarillos recorrer las paredes de un lado a otro, fugaces, y en medio, como encajados en una película de 8 mm, las sombras de esas personas, perfiles de hombres y mujeres atareados, cruzando la habitación y esfumándose en los oscuros rincones.

Era muy pequeño cuando un día, mientras la abuela me tapaba con la manta al acostarme, le pregunté qué podían ser esas sombras que tan tranquilamente invadían mi cuarto y sin permiso. Atraían sobre mí una mezcla de emoción y terror, algo tan propio de los niños cuando no entienden algo o se enfrentan a lo desconocido. Luego, cuando crecemos, esa mezcla se disipa y solo queda el cascarón podrido del miedo.

―Esas luces son los faros de los coches, y las sombras que ves, la gente que va andando por la calle, cuando les da la luz ―me decía sabiamente―. ¿Ves? Si no cierras las persianas bien, la luz entra por las rendijas.

Estábamos en el primer piso, por eso las luces llegaban tan potentes y claras. Las persianas, cuyas hojas de madera eran tan viejas como el piso, no cerraban bien, y por esa razón no había noche en que no asistiera con atención, empujado por la necesidad de saber, a los movimientos, variantes y diferencias en cada sombra que aparecía con aparente vida propia. En ocasiones alzaba la mano para intentar tocarlas, iluso de mí, como creyendo que mi brazo lograría alcanzar el otro lado de la habitación solo por estar a oscuras, sin calcular las distancias. La ventana, situada sobre el cabecero de la cama, se convertía así en el proyector más misterioso que existía.

El abuelo quería arreglar la persiana, decía que no le gustaba que entrara tanta luz por la noche, que eso no me dejaría dormir tranquilo, pero tuve que interceder y luchar para que la dejara como estaba. Sabía cómo camelar al abuelo y utilicé mis armas para convencerle de que me gustaba que hubiera un poco de luz por las noches. La abuela me miraba como si fuese un diablillo embaucador, provocándome la risa. Cuando limpiaba el cuarto lo hacía con mucho mimo y cuidado. Había muchos libros y trofeos de fútbol, no sabía de quién, supongo que de alguno de mis tíos, porque eran antiguos, nada que ver con lo que había en esa época a mi edad, y ponía especial cuidado en hacer la cama. Allí la veía sentarse y musitar algo durante unos minutos. Al principio creía que rezaba, como cuando la acompañaba a misa por las tardes, pero el movimiento de sus labios no parecía tan automático como cuando se repite una oración varias veces. Después, acariciaba la almohada y salía con una expresión lánguida que me llenaba de pena. Rápidamente me retiraba de la puerta sin que me oyera y al cabo de unos segundos, para que no pareciera que lo tenía preparado, la abordaba con abrazos que la hacían sonreír y llorar. Yo sabía que eso la hacía tan feliz como a mí.

Luego, me gustaba mirar la habitación, tan ordenada y limpia, que no me atrevía a tocar nada, pero siempre terminaba por coger alguno de los trofeos y observarlos desde todas las perspectivas posibles para entender sus formas, embebido por su brillo y su peso, que le daba mayor valor a pesar de no ser de oro. Me sentía orgulloso de tener todo aquello para mí aunque no lo hubiera ganado yo, sino el otro chico del que no sabía nada aún.

Mi condición de hijo único y el nieto que prácticamente pasaba allí más tiempo me otorgaba ciertos derechos que nadie me había concedido, nadie más que yo mismo. El encanto del ego a esa temprana edad mantenía mi felicidad como el rey único de aquel palacio que era la habitación, un santuario más atractivo que mi propio cuarto en casa de mis padres, quizá porque, aunque me permitían revolotear por allí, seguía siendo algo prohibido, ajeno a mis posesiones reales. Y ya sabemos cuando algo se torna prohibido para un niño… más lo desea. No obstante, respetaba la integridad de las cosas allí acumuladas.

Un día se quedó a dormir mi prima, y ya en la cama, de noche, ella pasaba de todo y no veía nada, o más bien la falta de interés le hacía obviarlo. Mientras, yo cuchicheaba haciendo preguntas a las sombras, sin obtener respuesta. Siempre fui un niño inquieto, invadido por la curiosidad hacia todo. Sonreía, aliviado, si después de muchos minutos sin verles volvían a aparecer. Al día siguiente me contó que esa habitación había sido de un hijo de los abuelos que nunca llegamos a conocer porque murió joven, siendo casi un niño. Los abuelos habían tenido muchos hijos, me dijo mamá, y algunos hermanos tampoco los había llegado a conocer ella.

Aquello me llevó a pensar en que nuestro tío visitaba su habitación por las noches, y cuando nosotros nos quedábamos, se alegraba de tener compañía. Al fin y al cabo, era un niño, a juzgar por las cosas de la habitación. A pesar de que todas las sombras que llegaban de la calle parecían de personas adultas, me empeñé en buscarle entre ellas. La efusividad con la que descubría mi entorno a lo largo de los años me impedía ver lo negativo o absurdo de esa situación, siempre abierto a lo maravilloso y a la aventura. Por las mañanas me fijaba en todo, no fuera que alguna de las sombras se hubiera quedado por allí, pero nada, nadie salía de su escondite. Por mucho que me llamaran para irme a casa o recogiera los juegos, me empeñaba en seguir buscando por los rincones, obsesionado con ver a mi tío. Al fin y al cabo, siempre estaba allí solo, sin nadie, sin más compañía que los juegos, los juguetes, los libros… todo tan lejos del tiempo, diferente a lo que tenía en mi casa.

Tiempo después, durante las Navidades, los abuelos sacaron de un armario muchos álbumes de fotos familiares, muy antiguas, por supuesto. Aquello era nuevo para mí. Veía en sus rostros la pena cuando aparecía un niño, casi adolescente, del que no hacían comentario alguno. Llegué a la conclusión de que era el tío desaparecido, y me aguantaba las ganas de preguntar. Sabía que si me pasaba con las preguntas, no haría ningún bien a la abuela, por lo que prefería callarme aunque ello me doliera. A lo mejor, más adelante, siendo mayor, me lo contarían. Continuaba viendo las fotos, callado, sobre todo si mi madre estaba delante, ella siempre rehuía hablar de cualquier cosa delante de mí. Por esa razón tenía que sacarles la información a cuentagotas, le costaba contarme cosas. Es decepcionante cómo muchos padres ven en sus hijos pequeños a una mascota sin sentido de la razón. Aquella actitud hacia mí me irritaba porque era perfectamente consciente para comprender ciertos aspectos de la vida… y de la muerte.

Mientras iba creciendo mi comprensión de aquel fenómeno maduraba conmigo. No es que fuera algo extraordinario, solo que la composición de las imágenes se tornaba más cotidiana pero igualmente fascinante. Como un juguete al que nunca podría abandonar, las personas de la calle que iban y venían en las noches me ayudaban a conciliar el sueño. Pero como en todas las historias y recuerdos, el tiempo lo cambia todo, hasta los juguetes dejan de tener la misma importancia.

A veces presentía que se detenían durante los pocos segundos que el haz de los coches les permitía viajar a través de la ventana, que permanecían quietos esperando a que les dijera algo, cansados de pasar delante de mí después de tanto tiempo, como queriendo conocerme. Ese era el estilo de mi imaginación, pues llegué a convencerme de que en realidad me escuchaban, aún sabiendo que eso era imposible. Pero a mí me daba igual, no a causa de mi inocencia, puesto que era consciente de que no había nada de fantástico en todo eso: iba más allá de la razón, calculaba las posibilidades de que ocurriera por algún motivo que yo desconocía. Cuando eso ocurría me levantaba corriendo para asomarme por la ventana, pero no veía a nadie pasar. La avenida se extendía a los dos lados, a pesar de que por la izquierda no podía ver mucho por hallarse el jardín con árboles tan altos que tapaban la acera. Como último recurso, les hablaba, les preguntaba, intentaba conectar de algún modo.

Una vez me lancé desde la cama a la pared, una sombra cruzaba por ese lado y me empeñé en cogerla del brazo, o de donde fuera, porque el cuerpo se presentaba igual que un saco oscuro, lo único definido era el perfil del rostro. Ni con esas conseguí nada, como poco, que salieran huyendo, y así me quedé helado, más de desconcierto que de miedo, porque la sombra se deslizó hacia el lado contrario de donde venía. Y allí me quedé, quieto, viendo cómo se iba tras el armario.

Esta noche de tormenta me he despertado gritando, sin que los abuelos me escuchen. Estoy solo, sin primos que me acompañen, lo que ocurre a menudo. La madrugada ha dejado la calle sin tráfico ni gente, la oscuridad es casi absoluta menos cuando los relámpagos golpean en la ventana y cruzan violentos a la habitación, retorciendo en sombras los objetos y muebles. Pero entre ellos, hay alguien más. La gente de la calle. Sus perfiles, cercanos, quietos como espantapájaros, se balancean de un lado a otro, igual que las algas del fondo del mar, con paciencia y parsimonia.

Llevado por el susto y borrada la imagen de mis ojos me alzo para abrir la ventana y comprobar quién está allí, cuántas personas se agrupan a la intemperie de esas horas insólitas y bajo la lluvia que inunda tanto la calle como mi rostro. No hay nadie, el temporal ha barrido las calles demasiado temprano. Ya tengo quince años, percibo más consecuentemente los detalles de la vida, también inicio la etapa de contaminación pre adulta, que se hace más palpable, porque si no, no me preocuparía en exceso. Vuelvo la vista al interior del cuarto. Todo está negro. Bajo la persiana y cierro la ventana, ya no quiero seguir esperando, no me gustan los visitantes, que solo vienen a verme en casa de los abuelos.

Por lógica algo deben de buscar allí, y no es a mí, porque si no, me seguirían a todas partes. Llego a la conclusión de que toda mi vida he estado creyendo que eran reales, no como sombras, sino como seres. Y ahora los desprecio. He perdido una parte de mí, de mi vida, de la historia de la casa de mis abuelos, convertido todo en un episodio estúpido y sin sentido que llega a avergonzarme.

Otro flash impacta en la habitación, esta vez provocado por la tormenta, y en este momento dejo de creer, a mi pesar, en mis amigos nocturnos. Porque allí, durante una fracción de segundo, las sombras adquieren el relieve de lo corpóreo, no parecen hallarse pegados a las paredes, porque no dejan ver lo que hay tras ellos. Quiero salir corriendo pero me cortan el paso y ahogan mi voz. Se van y vuelvo a la oscuridad, y sin embargo no puedo moverme de la cama, no tengo salida, si me levanto podría tropezar con ellos y no quiero que me toquen. Están allí, lo sé, pero solo cuando entra la luz. Si salgo ahora no podrán cogerme, si es eso lo que quieren, pues nunca se habían manifestado de esa forma.

Lo que antaño era divertido se ha convertido en una pesadilla aún más incomprensible que antes. ¿Pudiera ser que la madurez mental no me permitiera ver lo que ahora se manifiesta frente a mí? Los ojos de un niño son más fáciles de impresionar, y yo, que nunca he sido miedoso, podía haber interpretado este fenómeno como un juego cuando no lo era. En este momento de mi vida entre el joven y el infante quiebran los mitos y la ansiedad se adueña de mí.

Escucho un camión que se acerca por la calazada, su motor rompe la barrera de la lluvia y sus potentes luces van a entrar, entonces ellos volverán. Mientras pienso qué hacer, el camión se ha detenido frente a la ventana y mantiene el motor en marcha, así que ya es tarde para escapar, la habitación se enciende en un espectáculo de formas humanas que rodean la cama, permaneciendo allí, quietas, inanimadas como estatuas en la eternidad. Las hojas de las persianas están rotas, como siempre, desde niño, y no puedo evitar que la luz siga ahí, presa en el cuarto. Si tan solo pudiera cerrar bien la persiana, ellos se marcharían. Solo que no me atrevo a moverme, soy carne del miedo manifestado en el sudor frío de mi rostro. No encuentro voz que salga de mi garganta, pues ella también ha caído en el mutismo del terror.

Ahora extienden sus brazos hacia mí, pero no intentan tocarme ni arrastrarme hacia ellos. No tienen boca, en cambio los escucho, no dicen nada pero quieren que vaya adonde ellos están. Permanezco pegado a la pared, como si eso me salvara. Insisten, vuelven a alzar sus brazos, y lloran, veo sus lágrimas invisibles, cómo puede ser si son negras como el terror que está a punto de segar mi aliento, que no siento ya el corazón. Me llevarán y dejarán sin alma, y apareceré, a la mañana siguiente, frío y sin expresión alguna de humanidad. Eso es lo que sucederá. Y me pregunto porqué hoy, después de tanto tiempo. Por qué si nunca los había visto como esta noche.

Siento un calor extraño junto a mí, y el peso de un cuerpo ajeno arrastrándose sobre el edredón. Una sombra más clara que las demás se mueve a mi lado, surgida de la almohada. ¿Es mi alma que me abandona? No, no puede ser, aún permanece en mí, estoy vivo, temblando de frío.

Miro hacia los libros, los trofeos. Son un mal recuerdo que me seca la boca, les echo la culpa como si fuesen ellos quienes me hubieran empujado a esta situación, los admiraba y adoraba.

Parece que la escucho hablar, son palabras que no entiendo, porque en realidad no se oye nada más que el motor del camión. Deseo que arranque y se vaya, o que apague esas malditas luces que me hacen daño. La pequeña sombra se vuelve hacia mí. Por un instante veo su rostro sonreír, y en sus ojos no hay sufrimiento alguno. Después se une al resto de sombras y todos, uno a uno, se evaporan en el aire, y el camión se marcha con las luces de sus faros, solo que mis ojos tardan unos segundos en recuperar la visión en la semioscuridad del cuarto. Sigo allí, quieto, no podré dormir en lo que queda de noche, y lo prefiero. Un coche solitario avanza por la calle, sus faros tocan a un viandante con paraguas, y éste, durante un instante, antes de que la luz cruce de un lado a otro, entra en el cuarto, da dos pasos, y se va para no volver.

Por Marcos A. Palacios

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