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La Literatura: lo que para mí significa

Comencé a leer “compulsivamente” a mediados de la década de los 90 del pasado siglo. Pero no identificaba lo que podría denominarse literatura de lo que, en principio, no lo es. Caía en mis manos cualquier cosa que hubiera, principalmente, por casa: Harold Robbins, Patricia Highsmith, John Ives… y los libros del instituto: la cuestión era leer. Sin embargo, a menudo encontraba diferencias estructurales entre unas y otras.

¿Por qué algunos nombres no se mencionaban en clases de literatura? Mientras avanzaba en mis lecturas, nombres como Oscar Wilde, Edgar Allan Poe, Andreu Martín, William Golding… y muchos más, empezaron a encabezar mis listas. Sin manuales de tipo alguno, sin pomposas graduaciones en esto y aquello y, claro está, sin ser un literato de carrera, pronto descubrí el enigma que me venía corroyendo por dentro; en un momento determinado accedí a la respuesta de la Gran Pregunta. Si otros tantos tenían tanto éxito editorial, ¿cómo es que no eran estudiados en los programas educativos?

Hace pocos siglos la “literatura” era, simplemente, el libro de cualquier materia. Se le llamaba literatura a los libros de medicina, geometría, ciencias naturales, periodismo, filosofía… en la explosión renacentista todo libro o enciclopedia era literatura, para pasar, más tarde, a denominarse con este término únicamente a la narrativa, la lírica, el teatro y la poesía en cualquiera de sus formas. Hasta aquí bien, pero aún no hemos llegado al quid.

Fue en el instituto donde recibí una respuesta contundente, que me afectó y liberó, y claro está, la asignatura de Literatura tuvo la culpa. Nuestro profesor, Nemesio Martín, escritor y poeta, era el encargado de dar clase de Literatura. Un día nos comparó unos extractos de Corín Tellado para analizar. No creo en la mala fe del señor, que a los doce o trece años se había leído El Quijote varias veces. Pero al final, me quedó más que claro. La literatura, como obra de arte, es todo aquella forma escrita con recursos artísticos, literarios, que bebe de toda la historia literaria universal y anterior, que usa formas y juegos establecidos hace siglos y los inventa —y reinventa—; es aquello que también, en su forma general, contiene un mensaje, una intención, una estructura concreta, cosas que a menudo nos parecen ocultas pero están ahí.

La RAE define la literatura, en su primera acepción, como “Arte de la expresión verbal”. Tampoco hay que comerse mucho la cabeza. Lo dice todo: “arte”. Algo muy cercano a lo que afirmaba María Moliner, de quien recibe el nombre el actual Diccionario de la Real Academia: “Literatura es el arte que emplea la palabra como medio de expresión, la palabra hablada o escrita”.

El autor pone a disposición de su narración su propia historia, o la de su localidad o nación, su idea o pensamiento; la transforma o la moldea a su antojo para hacernos llegar, de un modo tanto original como didáctico, una composición única, irrepetible. Ya sea con toda su imaginación, o con lo más cotidiano posible, o un mito, o un episodio histórico. El caso es escribir arte. De ahí las corrientes literarias, cambiantes al ritmo de los tiempos, que reflejan fielmente el estado de ánimo de cada país, incluso las modas de ciertas épocas, los cambios políticos y sociales, científicos y de pensamiento, las guerras, los descubrimientos…

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Por eso, en ocasiones, y como hablaba en otro artículo anterior, la cosa se desvía por otros derroteros. Y todo eso ocurre en el siglo XX. La literatura de evasión, elevada a su máxima expresión, comienza temprano: lo que llamamos literatura pulp, con sus vertientes más cutres o más trabajadas. Pero ahí están. Y gustan, no tienen por qué ser deshechadas. Ahí voy, amigos, porque aunque considere ese tipo de narrativa, que también ha pasado por muchos estadios a lo largo del siglo, de menor valor y calidad, evoluciona hasta nuestros días hasta llegar a “clásicos” de la narrativa de todo género sin un ápice de lo que antes se denominaba literatura. Ahora, te presento una aventura, y te la cuento paso a paso para que te emociones, llores, sufras y te lleves sustos, solo por el placer de leer.

Esta literatura es lectura rápida, fácil, vacía, sin arte. Pero, ¿quién decide lo que es literatura y lo que no? Nadie, porque la literatura está, y ha estado, siempre ahí. A lo que voy, principalmente, no es a decidir qué es bueno y qué no, porque ya sabéis que tengo mis excepciones. Pero lo que puedes encontrar en clásicos literarios no lo vas a encontrar en ningún otro: J. D. Salinger, con su El guardián entre el centeno, muestra el existencialismo de un adolescente norteamericano en la posguerra con rotundidad y de la manera más fresca y natural posible; El Quijote es una síntesis de la riqueza del castellano del Siglo de Oro y de los recursos literarios de la época, y no solo en España; La naranja mecánica, de Anthony Burguess, brilla por la invención de su autor de una jerga juvenil que abarrota cada página, haciendo necesario una guía de la misma.

El lenguaje es, pues, el todo. El objetivo, una parte. El personaje, un elemento imprescindible, como dice Andrés Massa, pues “la historia es lo de menos”. Hace unos días, debatiendo mi anterior artículo con mi amigo Sebas de Horror Cósmico, dije: “Mi opinión no es la verdad”. Así pues, tranquilos, que no he venido a destruir, en nombre del arte, toda mancha que pretenda denominarse literatura, pues no soy juez, ni el mejor escritor. Pero tiene que haber de todo, y todo es bueno si cumple una función.

Foto portada: elespanol.com

Foto artículo: pixabay.com

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2 thoughts on “La Literatura: lo que para mí significa

  1. Creo que al inicio, cuando te enganchas a la lectura, debes leer de todo, sino ¿de qué otra manera sabrás diferenciar lo que te gusta de lo que no? Y sobre todo porque eso te enseña a tener criterio.

    En el fondo, como dice Pérez Reverte, la buena literatura es aquella que a ti, personalmente, te haga emocionarte, tomar el libro en la mano y no querer soltarlo hasta que finalice.

    1. Así me ocurrió. Llegó un momento en que me planteé por qué había ciertas diferencias entre algunos títulos que eran un éxito pero, en cambio, no se consideraban literatura. Creo que la frialdad del mercado también puede quitarles algo de mérito.

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