‘La Mazmorra’. Un relato de Edu Melero Verdú

La noche es hogar de extraños habitantes; cualquiera que se haya aventurado a salir cualquier fin de semana puede dar fe de ello. Tia, la protagonista de La Mazmorra, un relato de Edu Melero, es víctima de uno de estos «habitantes»; lo que le pasa, solo lo sabra quien siga leyendo…

«La Mazmorra» era un popular nightclub de… nuestra ciudad. Sus after hours se alargaban hasta la matinée del día siguiente y luego hasta la happy hour de la tarde, fundiéndose en el primetime de la noche.

Es decir, estaba todo el día abierto sin parar.

…lo que no le importaba más mínimo a su dueño, Holden Palmer, que realmente no tenía nada más que hacer que atender el local. «La Mazmorra» abarcaba un edificio entero, con sus dos plantas, y había sido decorado acorde a su nombre: las paredes eran de piedra gris (bueno, de cartón-piedra gris), grandes tapices colgaban sobre la pista de baile, y decir que el ambiente era oscuro era suavizar las cosas; más de una vez algún visitante se había sentado en un inodoro del baño… mientras otra persona estaba usándolo (las estrecheces de estos, desde luego, no ayudaban).

Holden, sin embargo, no era el ideólogo de este tétrico tema; ni siquiera había elegido los muebles de talle medieval que rodeaban la pista. «La Mazmorra» había sido anteriormente un club adulto, sólo accesible a personas que llevaran ciertas indumentarias determinadas; y antes de eso, el «Mesón Loli». Pero esas baldosas de linóleo que fingían pesadas losas talladas en piedra y esas ventanas ojivales falsas habían sido originalmente idea de Imre Vasarely, un inmigrante húngaro convencido de que la idea de una «Casa de los Horrores» medievales era vendible como negocio a largo plazo; no es necesario decir que fracasó, aunque el concepto de una atracción montada entorno a un retrete medieval con precisión histórica suene interesante sobre el papel.

Pero esto no interesaba a los y las moscones que frecuentaban aquella noche la discoteca; o desde luego, no le interesaba a Tia, la jovencita que estaba junto al escenario, en un rincón de la pista. Lo que a ella le interesaba en ese mismo momento era saber dónde se habían metido sus amigas, quienes le habían jurado y rejurado volver cuando acabaran de hablar con los dos musculosos chulescos que llevaban, «o sea, toda la noche mirándolas».

Tia bailaba nerviosamente, esperando pasar desapercibida, pues no quería volver sola a su casa, ubicada en las afueras de la ciudad y a muchos, muchos metros de allí; también era cierto que Madison, su mejor amiga, era la única del grupo que tenía coche, lo que podía estar afectando sus ansias de volver a verlas. Al que conseguía ver entre la multitud, sin embargo, era a un tío igual de chulo que aquellos que habían estado mirándolas, pero mejor vestido. Oh, no… Tia decidió abortar la noche de fiesta y largarse de allí, pero fue más lenta que el lagartino hombre (así lo definiría Tia, pues él se escurría entre la gente como un reptil; y también le parecía casi tan grasiento como un reptil):

─Hola, hola…

─No, no adiós. Ya me iba.

─¿Adónde ibas, guapa?

─Me iba, como concepto general.

─Oh, no. ¿Cómo irte en una noche tan especial?

─¿Especial? ¿Qué tiene de especial?

─La luna brilla, la calle reluce… y estás tú, iluminándolo todo.

Tia se había ido apartando del bronceado muchacho; su espalda bordeaba el escenario, donde el disc-jokey no paraba de destrozar mezclas y remezclas de house; así que recurrió a la astucia:

─¿Le dices eso a todas?

─A todas, ¿quiénes? Para mí, sólo estás tú…

─Je. ¿No decías que esta noche era especial porque estoy yo? Así que debe haber otras chicas diferentes a mí. Algo falla en tu argumento.

─El único hombre con argumentos fallidos es Descartes. Me llamo Jefferson. ¿Te puedo invitar a una copa?

─Para que fuera una invitación tendrías que esperar que la rechace, y eso es algo que no me vas a permitir.

─Bien visto. ¿Te gusta el vodka?

─Prefiero el proschay.

─¿Qué es eso? ¿Una marca?

─Es un «¡qué te pires!»

Pese al tonificado cuerpo del joven, Tia pudo zafarse de él de un empujón y un pisotón en su zapato de charol izquierdo. Lo sentía por el zapato, pero era hora de hacer la retirada:

─Auch… ¿qué es lo que te ha ofendido, el piropo o la oferta de una copa? ¿O tal vez el hecho de que no te haya ofrecido mi coche para llevarte?

─¡No! ¡Ha sido el hecho de que no entiendas mis directas!

─¿Tus directas?

─Sí. ¡Porque indirectas no son!

Ambos, presa y «cazador», se encontraban en la calle. No era el olor de la gente, como había sospechado Tia: era él el que olía como una fosa séptica. Su traje de lino blanco y negro (alquilado, suponía), no podía enmascarar lo desagradable que Jefferson era para todos los sentidos (sí, su bronceado desteñido no engañaba a nadie). El tipo la había seguido hasta allí; era el momento de dejarse de tonterías y atacar:

─Mira, estás siendo muy pesado, y me estás dando ganas de llamar a la policía.─Dijo ella, sin girarse para mirarlo.

─¡Vamos, tía!

Y entonces sí que se giró.

─¿Cómo sabes…?

─¿Eh?

Un grupo de adolescentes, probablemente provenientes de la playa (o así parecían indicar las tablas de surf que llevaban en la caja de su camioneta), pasó por el lado de ambos repentinamente y sin ningún miramiento por la vida humana; en menos de un segundo, se subieron a la acera, golpearon a Jefferson y… siguieron su camino. Jefferson, con su traje maltrecho y tumbado sobre la acera, dejó de hablarle por fin. Pero ahora fue Tia la que se acercó a él, y lo levantó ligeramente:

─¿¡Estás bien!?─Se escuchaba la alarma en la voz de la joven.

─Sí… pero tú estás mejor. ¿Te llevo entonces…?

Con un pequeño estruendo, Tia dejó caer el peso muerto de Jefferson sobre la acera de nuevo y se puso de pie, con lo que era ahora indignación reflejada en su cara. Caminar hasta casa ya no sonaba tan mal.

© Todos los derechos de Eduardo Melero Verdú.

Edu Melero es colaborador en CosmoVersus. En su haber puedes leer su ‘Análisis de Elemental, el primer disco de Loreena McKennitt (1985)’ y sus narraciónes cortas Esperando el Amanecer, La vecina, Ollantaytambo y Videojuegos.

Eduardo Melero Verdú

eduardo meleroSi fuera cuadro en vez de persona, sería algo así como esas acuarelas de paisajes tan ajadas y difuminadas que parecen una pintura fauvista (cuando es en realidad un lago con nenúfares). Podría parecer que esto es una desvaloración a mí mismo, pero todo lo contrario: me encantaría tener todos esos colores.

Soy un periodista que, mientras está en paro, enseña música. También soy un músico que, mientras no toca, escribe críticas, diálogos, o cualquier burrada que se me pasa por la cabeza. Si veis mi nombre y frases aquí, es gracias al creador de este blog. ¡Pero no le digáis que os lo he dicho!

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