‘La pianista’. Un relato de Edu Melero Verdú

Una mujer (la pianista), y su jefe charlan de negocios en el bar de un hotel venido a menos. Pero no es un negocio musical, y ni siquiera es una tarea normal. Su curiosa relación es lo único que los mantiene juntos… Continúa leyendo La Pianista, un relato de Edu Melero Verdú, para descubrir los cómos, los porqués, y todo lo que hay entre ambos.

─…pero, ¿qué contiene?─Decía Cinnamon, frente al tarado de Richard De Metz, su «jefe»… más o menos. Aunque ella le otorgara ese título, él era su agente.

«Pues… no lo sé. Bueno, ¿y a ti qué más te da?», le dijo él como toda respuesta. Y, bueno, eso era verdad: a ella le daba igual qué contuviera el paquete; pero el trabajo no dejaba de ser raro. Richard parecía estar de acuerdo, aunque no lo decía; Cinnamon sabía de sobra que la honestidad no era su mayor cualidad, pero estaba contenta con él, o al menos, todo lo contenta que podía estar con un profesional del calibre de De Metz.

Efectivamente, él era el agente de Cinnamon… y de un par de «talentos» más, aunque ninguno fuera especialmente conocido. Richard tampoco era especialmente valorado en su mundillo, de todas formas; no es que no trabajara ni se esforzara (bueno, cuando no estaba dejando pasar la mañana en alguna de las tumbonas de la playa sí era muy trabajador). Tampoco es que le faltaran carisma, o incluso contactos. Lo que pasaba es que no había manera, por más que lo intentara, de que lanzara adelante la carrera de ninguno sus clientes. Cinnamon era la más famosa (usando una definición muy amplia del término), y la mayoría de los que la escuchaban tocar ni siquiera se fijaban en su cara, así que…

La lista de gente a la que Richard había representado anteriormente no era mejor testamento de su calidad como agente: un payaso de fiestas de cumpleaños malhablado, un capitán de barco alcohólico (el capitán, no el barco), reconvertido en golfista profesional, y su mayor éxito, Fifi «La Hipnotizadora de perros», quien había visto su carrera momentáneamente truncada cuando no consiguió convencer a un caniche para que subiera y bajara una escalera en miniatura (y, de hecho, lo hizo enfuerecer… hacia ella). Con este currículum, parecería que él hubiese engañado de alguna manera a Cinnamon para conseguir trabajar para ella; pero la mujer, por un lado, estaba curada contra todo espanto tras los personajes que había visto en su familia y alrededor de sí; y por el otro, en cierto modo, estaba en deuda con él.

Fue él quien, cuando ella (al poco de haber vuelto a la ciudad), fue invitada a tocar en la cafetería de una amiga, la escuchó y le sugirió el trabajo en Chez Marino’s; de nuevo, cabía preguntarse si tocar en ese grasiento local realmente le había merecido la pena a la chica, pero lo cierto es que ella le había agradecido mucho la recomendación que le había conseguido un puesto fijo, hasta el punto en que llegó a presentarse en su hortera apartamento de cara a la playa para preguntarle cuántas otras ofertas conocía para ella. Y la verdad es que él no conocía ninguna, pero eso no fue óbice para que le prometiera, y luego convenciera, para ser su representante.

Con sus reticencias, Cinnamon reconoció que no tenía muchas más opciones si quería algunos trabajos «extra», o si algún parroquiano se pasaba… pidiéndole baladas de Barry Manilow, y ella se hartaba y acababa expulsada del bar por su mal carácter. Además, que Richard sólo le pidiera el 5% de los trabajos que le encontrara era demasiado tentador.

Y así, este hombre con la crin empezando a clarear y que vestido como un surfero acabó siendo el agente de Cinnamon; llevaban alrededor de un par de años trabajando juntos, y él no tenía queja ninguna. Ella alguna, pero le conseguía algún bolo en hoteles o restaurantes de la zona de cuando en cuando; aunque ninguno, hasta ahora, había sido como el que le proponía en ese momento:
─…piénsatelo. Nunca vas a cobrar tanto por llevar un paquete.─Le decía Richard De Metz, y de nuevo, tenía razón. Cinnamon y él estaban en el bar del Hotel Topaz, un pequeño hotel de mala muerte que bordeaba la playa y donde ella había estado tocando la semana anterior. El piano estaba algo desafinado (como de costumbre), pero, o bien por especial cuidado del hotel o bien por la caprichosa suerte de encontrarlo barato, el instrumento era un Feurich en bastante buen estado. Y lo poco que sabía Cinnamon sobre su instrumento era que, si conoces la marca, es que es bueno.

No podía decir lo mismo de las decoraciones, mesas y encimeras del hotel, claramente una búsqueda del ahorro constante y que atestiguaban, sólo con echarles un vistazo, los 50 o 60 años que debían tener. Pero bueno, hacían juego con la alfombra, igual de desarrapada; como desarrapada era la camisa de Richard, pensamiento que la hizo volver a la conversación que estaban teniendo hacía un momento.

Él, con su botellita de soda light medio vacía, la había llamado aquel mediodía para ofrecerle el que, como habían hablado antes, era un trabajo tan sencillo como sospechoso: tenía que ir a Marbella (una zona de México, no la ciudad española que Cinnamon no conocía y, por tanto, no pudo confundir), a tocar para un pequeño hotel. Hasta ahí la cuestión parecía normal, pero era en los detalles donde la pianista quedaba desconcertada: con la excusa (inventada) de necesitar estar más cómoda, tendría que llevar su propia banqueta, una prestada por el Hotel Topaz en el que estaban y más alta que ancha, pues dentro, bajo el asiento, iba a guardar… un paquete.
─Es que es eso, Richard. ¿Cómo sé yo que el paquete no lleva drogas ni nada de eso?
─Vamos… ¡vamos, Cinnamon! ¿De verdad te piensas que yo te haría hacer de mula?
─…
─…sí, mejor no respondas. Oye, quien me lo ha pedido es una fuente segura y seria. Le he hecho varios encargos otras veces.
─Creía que sólo eras agente.
─Y así es. Lo he hecho mediante mis trabajos de agente.
─…me voy a ir.
─No, no. ¡Espera!


Richard no sólo pretendía que Cinnamon transportara este paquete que, por algún motivo, tenía un contenido misterioso (ella empezaba a dudar que su agente siquiera supiera que contenía), sino que además, una vez allí, tenía que entregarlo; resulta que la persona que necesitara… lo que fuera que tenía el envío, tampoco podía recibirlo por medios normales. Todo eso olía muy mal.


─Oye, Cinnamon… tú siempre has confiado en mí, aunque sabes que yo no siempre he cumplido con mi función de agente. Bueno, la mayoría de las veces sí… pero ha habido ocasiones en las que tú me has tenido que «levantar».
─Ay… no me saques la carta de la pena.
─Sí, sé que no funciona contigo.
Cinnamon ignoró ese comentario.
─…pero ─dijo Richard─, siempre, en todas ocasiones, has seguido conmigo, no te has quejado, y has tenido la seguridad de que, tarde o temprano, iba a conseguirte otro bolo, aunque fuera en Tumbuktú.
─…y de hecho, una vez me ofreciste uno allí, pero no quise ir.
─Exacto. Yo sé que tú tienes la voluntad suficiente como para tomar tus propias decisiones… que siempre son las correctas.
Richard había jugado la carta del orgullo propio, que Cinnamon sabía que nunca, jamás, iba a poder rechazar. Además, reconocía que el hombre le daba un poco de lástima:
─Si yo aceptaría, pero no me fío.
─Bueno, ¡no pasa nada! Mira, si sigues sin fiarte de mí, que te lo diga la propia cliente que me ha encargado el trabajo.─Y cogiendo un papel de detrás del bar, comenzó a apuntar una dirección─Bueno, ¿qué me dices? ¿Te apuntas?
Cinnamon lo pensó unos instantes, ponderando el millón de cosas que podrían pasar a partir de ese punto. Y, cruzando los brazos, le dijo:
─Dame el papel.

La pianista.

©Eduardo Melero Verdú, 2020

Edu Melero es colaborador en CosmoVersus. En su haber puedes leer su ‘Análisis de Elemental, el primer disco de Loreena McKennitt (1985)’ y sus narraciónes cortas Esperando el Amanecer, La vecina, Ollantaytambo, Videojuegos, La Mazmorra, y Malva oscuro (más bien, violeta).

Tripulación CosmoVersus

Eduardo Melero
Eduardo Melero
Si fuera cuadro en vez de persona, sería algo así como esas acuarelas de paisajes tan ajadas y difuminadas que parecen una pintura fauvista (cuando es en realidad un lago con nenúfares). Podría parecer que esto es una desvaloración a mí mismo, pero todo lo contrario: me encantaría tener todos esos colores.

Soy un periodista que, mientras está en paro, enseña música. También soy un músico que, mientras no toca, escribe críticas, diálogos, o cualquier burrada que se me pasa por la cabeza. Si veis mi nombre y frases aquí, es gracias al creador de este blog. ¡Pero no le digáis que os lo he dicho!

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