‘Limpios de maldad’, un relato de Marcos A. Palacios

Limpios de maldad, un nuevo relato distópico, aterrador con múltiples lecturas. ¿Adónde vamos en esta vorágine de cambios futuros en la sociedad, la política y la libertad? ¿Es el ser humano el mismo que antaño o corre hacia su desaparición?

Limpios de maldad, por marcos A. Palacios

He recorrido suficiente calzada como para demostrar quién es quién en realidad. Demostrarlo solo a mí mismo. No tengo derecho a juzgar públicamente a nadie. Por mucho que esté de moda. Como periodista, desde mi facultad plena de soberanía propia sobre mí mismo y mi punto de vista, debo limitarme solo a contar los hechos. Después de todo, el código ontológico solo sirve para calmar impulsos y lavar conciencias. Cada cual hace lo que le da la gana.

Tampoco es que me considere un adalid de sabiduría. A ojos ajenos, es posible que lo sea. Alguien me dijo que estoy por encima de la conciencia estándar. Si eso es cierto, me encuentro acorralado en un establo apestoso, en medio de un desorden que no tiene justificación.

Mi tarea es simple y difícil al mismo tiempo. Sencilla porque no hay más que decir lo que ocurre, sin más. Difícil porque hoy en día —siempre ha sido así, pero las formas cambian con las épocas— cualquier prejuicio, manía o aseveración, la sociedad los convierte en un crimen.

Hoy me hallo en peligro. Ahora, en estos instantes, podría no salir vivo de aquí. De un hospital cualquiera, de una capital cualquiera de este país que podría ser cualquiera en todo el mundo desarrollado. Si fuera tan inteligente como dicen, en lugar de un cuarto de limpieza fuertemente higienizado, estaría viajando sin preocupaciones por el extranjero, que es a lo que me limito cuando mis obligaciones laborales lo permiten.

Me empuja una fuerza vital que no resulta magnánima con el héroe, sino que lo desboca al placer suicida de hacer lo correcto… para algunos. Un secreto a voces que parece no importar a nadie amenaza la dignidad natural de la vida humana. Aquí mismo, en este hospital. Donde todos parecen limpios no solo de maldad, sino de humanidad. De lo que nos hace diferentes a otras especies.

Un cambio de conciencia desde los últimos años ha acompañado a la privatización de la sanidad de forma casi universal, en el mismo periodo de tiempo, simultáneamente, como un resorte que aniquila cualquier posibilidad de escapar de la explosión por muy lejos que te encuentres. Ya sabemos que cuando eso ocurre, así tan de repente, es porque se ha fraguado desde hace muchísimo tiempo, en secreto, detrás de bastidores. En el nombre del bien se ha purgado el único reducto maravilloso de la naturaleza que es la conciencia y capacidad del ser humano de serlo. Todo empleado sanitario, ya sea médico, enfermero, cirujano, de toda especialidad médica… ya no son humanos, en el sentido natural de la palabra.

Han normalizado el drástico giro a una sociedad profiláctica, empezando por los hospitales. Ellos creen que no nos damos cuenta, pero la verdad implica no solo conocerla y difundirla. Es suficiente que exista, aunque eso no le otorga obligatoriedad para ser propalada a nivel mundial. La verdad, que tanta tinta y filosofía ha exprimido a lo largo de los siglos, no necesita ser justificada. No existe, es otro constructo para satisfacer el ansia de crear, debatir, buscar respuestas…

Considero que convivimos con otro tipo de verdad que es más legítimo descubrir: cuando un hecho se quiere ocultar. Eso es lo que voy a hacer en virtud a mi profesión y la necesidad de conocimiento por parte de la ciudadanía. Si no pierdo antes mi humanidad o mi vida.

Los hospitales ya no son lo que habíamos conocido. Infraestructura, personal, financiación… Todo ha quedado atrás. Convertidos en fortalezas, y lejos de emplear robots y máquinas como hubo un tiempo en que ese era el camino del futuro,los grandes conglomerados sanitarios se abastecen de personas. Eliminar la maldad o la capacidad de fallar; compensar al individuo con el grato poder de la perfección antinatural e impropia de su condición, en pos de garantizar la curación y el perfecto tratamiento de los enfermos.

Secretos a voces. De esos que no importan. En boca de todos, terminan siendo ficción. Todo va bien así. ¿Para qué cambiarlo? ¿Por qué la necesidad de impedir el avance?

Porque todo es mentira. Porque lo que nos cuentan no es la verdad.

Todos dejaríamos de escandalizarnos si afrontaran lo que hacen. Sin necesidad de ocultarlo.

Tengo registros. Verídicos, de fuentes de confianza. Y en unos minutos, lo comprobaré con mis propios ojos, los que no engañan por mucho que piense lo contrario. No hay peor muerte que eliminar los sentidos. Los míos están al máximo, potenciados, dirigidos al centro de la diana.

Salgo del habitáculo para mezclarme entre el personal. Todos realizan sus funciones sin fallo alguno. Eficientes, como células. Soy un cáncer entre ellos, un invasor que extenderá su metástasis informativa llegando a todos los rincones. ¿Servirá de algo? ¿Me agradecerán lo que estoy haciendo? Corro el riesgo de ser víctima de los rehenes.

Me doy cuenta del desprecio con el que trato a mi propio público. No me importa en absoluto. Puedo considerarme un héroe. Eso ya lo he dicho antes. Creo que se me está subiendo a la cabeza. Hacerse el héroe en ocasiones resulta fatal. Esta es una de ellas. Tengo tres alternativas. La primera es la típica: no salgo vivo de aquí. La segunda, es acabar como los médicos. La tercera… la Inquisición social. No sé cuál prefiero de todas. Si muero no me enteraré de nada. La pena solo sirve a los vivos.

Parecen normales. Humanos con sus capacidades normales, quiero decir. Hablan, sonríen, piensan, sienten si se cortan. En cambio, su mirada los delata. Una mirada esterilizada, a juego con el instrumental médico. Me pregunto si saben a lo que se exponen al aceptar el contrato. Después ya nada importa, bien porque lo olvidan o porque, bajo su nueva condición, carece de importancia.

He penetrado en la guarida sin garantías de pasar desapercibido, con las pocas pruebas e indicaciones que he conseguido en mi investigación. Me la juego, ¡vaya que sí! No soy una cara conocida, me miran. No me preocupa. No están programados para comportarse como una alarma. Mi finalidad es más bien interactuar, procurando ser uno más. Saludo a aquella médica, dejo pasar al enfermero primero. En medio de tanto trabajo ni me prestarán atención. Sí, soy uno más, que va y viene, y nadie se cuestiona lo que hago.

Continúo mi camino hacia las plantas inferiores. Me cuelo sin problema en los depósitos. La tarjeta identificativa funciona. Me apunto un tanto. Está resultando todo muy fácil. No pienso en lo que vendrá después, adelantar acontecimientos puede alterar mi seguridad. Voy a limitarme a seguir como hasta ahora.

Aquí está la clave, en los depósitos. Aquí es donde, según mis confidentes, los tratan para crear a los perfectos seres humanos. Incapaces de cometer un error durante una operación o de maltratar a un anciano en una residencia. Nos lo vendieron como trabajo psicológico para dejarlos limpios de maldad. ¿Con quién iniciarán después los experimentos? ¿Con los militares? ¿Con todos nosotros, ciudadanos del mundo? Acabar perteneciendo a un mundo inocuo. ¿Se someterán también los que someten? Conseguir la felicidad del ser humano por medio de eliminar su propia esencia, lo que nos hace buenos, plantearnos si algo es erróneo para poder corregirlo. Es insano, la verdad. Repugnante. Pero nada diferente a cómo se comportan los órganos mediáticos: la purga del mal, de lo feo, lo indeseable, a favor de un discurso pueril.

Me interceptan médicos de imponente presencia, posiblemente los que dirigen este complejo. Toda mi identidad en regla, pero algo no les convence. Me invitan con amabilidad a la sala de contratación. Sé que no es la sala de contratación. Sin esfuerzo consigo entrar donde quería, pero no como quería. Mi experto sentido me pone alerta. Sentado en un despacho, miro atento la puerta contigua, la puerta que mi interlocutor observa dubitativo. Después, una mujer con el uniforme blanco repleto de tiznes, quizá una enfermera, me hace firmar un papel sobre una base metálica. Soy mercancía barata, me dispongo a firmar el albarán de mi traslado e ingreso sin poder leerlo con detenimiento.

Mis ejecutores no muestran atisbos de emoción. Simplemente son efectivos. Conectan con la sinergia de su cometido.

Ha terminado. No importa. La cámara que porto camuflada en el cuello de la camisa lo ha retransmitido todo y mis compañeros reciben el material visual. Ellos se encargarán de seguir donde yo lo he dejado. Esto es una carrera de relevos. Quien llegue al final, tendrá la gloria. O a eso aspira.

Duele. El pinchazo es fuerte, y el contenido de la jeringuilla se diluye agradablemente a través de todas mis venas, recorren mi cuerpo, confluyen en los puntos más importantes. Si no fuera porque ya estaría muerto, diría que millones de burbujas microscópicas bullen en mi cerebro.

Al cabo de los minutos siento el efecto. Mi rostro desaparece en los espejos de la sala de contratación. Ya no veo mis ojos, nariz, ni boca. Tampoco mis orejas. Dispersos los sentidos, los médicos permiten que me incorpore. Sus rostros no son más que una superficie plana, sin matices, desprovista del principal componente de una especie pronta a la extinción.

®Marcos A. Palacios

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

Tripulación CosmoVersus

Marcos A. Palacios
Marcos A. Palacios
Administrador del portal y podcast CosmoVersus. Autor de 'Fantasía y terror de una mente equilibrada', editada en Gaspar&Rimbau Editorial, donde también colaboro como coordinador editorial y corrector de textos. Ciencia Ficción, Terror y Fantasía, en ese orden, son las que han provocado esta locura de proyecto. Después, los cómics, el cine y la música han aderezado el camino. Hago podcast, escribo, leo y devoro libros. Aún sigo pensando que el siglo XXI no es el mío...

2 comentarios sobre «‘Limpios de maldad’, un relato de Marcos A. Palacios»

  1. Crítico y estremecedor acercamiento a una silente deshumanización, Marcos, camuflada bajo el revestimiento del progreso y avance social, como antesala de nuestra propia destrucción. El aislamiento de aquellos que se alejan de la norma. Un elemento que subyace en otros relatos tuyos. También percibo un eco, no sé si consciente o inconsciente, a Soy Leyenda.

    1. ¡Gracias Eduardo! El eco a ‘Soy leyenda’ será inconsciente en este caso, porque no era mi intención jejeje. Y ¡cómo me vas conociendo! Sí, el fondo y mensaje del relato es habitual en mí, diría que de mis preferidos. Es un tema que tiene muchas aristas y formas de abordarlo sin caer en la distopía, atacada y amada a partes iguales. Me tiene obsesionado, mejor dicho. Muchas gracias por tu comentario.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

A %d blogueros les gusta esto: