Lo que el buen gusto no sabe ver

¿Perdemos el tiempo con cosas que realmente podrían ser deshechadas? ¿Hace daño lo vanal? La cultura que nos persigue y nos rodea es tan heterogénea que a veces no distinguimos lo que es bueno de lo que no. Lo que el buen gusto no sabe ver y que a veces nos escandaliza.

Lo que el buen gusto no sabe ver

Hace ya unas tres semanas que me molestan las cervicales y la espalda cuando duermo, y lo noto más de madrugada. Ya no me deja dormir. Esto se arregla corrigiendo el origen. No mirar tanto el móvil en los viajes de ida y vuelta al trabajo. Desde hace meses no paro de ver capítulos de una teleserie norteamericana de 1984, y dejo caer demasiado la cabeza. Paso así tres horas al día, cinco días a la semana.

Y no es que esté enganchado, es que tanto tiempo de trayecto vacío hay que llenarlo en algo. ¿En cosas que nos embrutecen o no nos aportan nada? Después de doscientos capítulos vistos en versión original y subtitulada al español, me quedan todavía unos dos mil capítulos por delante, y es puro vicio que no puedo abandonar, porque cuando era pequeño no pude ver el final, me quedé a la mitad de la serie.  Lo que el buen gusto no sabe ver es que alguna vez hay que pecar y traicionarle.

La verdad que su argumento no aporta nada porque en el fondo no tiene tema. Y bien podría estar escuchando los programas de Fortunata y Jacinta en Youtube que mi amigo Juanma me ha recomendado en lugar de ver esta chorrada de serie que hoy en día resultaría políticamente incorrecta la mires por donde la mires. No me culpéis, porque en el metro es imposible poder leer o ver algo concentrado y comprendiéndolo, porque parezco una camiseta del Primark en plenas rebajas de enero —o de cualquier otra temporada del año—, ahí metido de cualquier manera y sujeto por alguien que no tiene más remedio que restregarse en mí porque el vagón no da más de sí.

Y qué más da no ser perfecto

Que conste que aborrezco las telenovelas y las teleseries, sobre todo si son cutres, como esta, que empezó mal, muy mal. Y porque considero que la mayoría de los mensajes “culturales” que pretenden transmitir resultan ñoños y anticuados. Pero esta es la excepción a la regla, y porque era muy diferente a las demás. Mientras, en casa seguirán esperándome ejemplares de libros, mi música, mis películas… Algo bueno tendrá lo vanal, digo yo. Que por un lado me ha enseñado a diferenciar lo que cultiva el alma de lo que la embrutece. Si hace años que no me echado a perder, no veo por qué ahora deba ocurrir. ¡Que viva un soplo de vulgaridad entre tanta belleza!

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