‘Los fantasmas de lord Sandwich’, por Marcos A. Palacios

Los fantasmas de lord Sandwich es la historia de un desgraciado aristócrata, una herencia y su vida de bufón. Entrad conmigo a los pasillos del sanatorio de Witch Lake para saber qué pasó…

Cuando su círculo social empezó a murmurar acerca de su supuesto sobrino español, lord Sandwich se vio obligado a reducir las visitas del joven Dorian para evitar el camino a una incipiente mala reputación. Aunque a decir verdad, la moda de los sobrinos duraría aún décadas. Eso sí, los había que planificaban mejor su vida privada, de modo que mantenían su estatus impoluto y absolutamente atractivo para la sociedad.

Lord Sandwich no se caracterizaba por su inteligencia, más bien era el bufón de algunos salones de Londres, donde ponía de relieve su mejor baza: el humor. Posiblemente sería mejor escritor de chistes que hombre de negocios. Su fortuna, humilde, olía a apuestas de juego y acciones en el periódico de su sobrino, a quien consideraban afortunado por no haber heredado el coeficiente intelectual de su tío postizo. Lo único a lo que podía aspirar el muchacho era a quedarse, algún día, con todo el patrimonio del aristócrata, si bien no se lo arrebataba mistress Agatha, prima lejana de Sandwich, agria sesentona, soltera y profundamente religiosa, que buscaba administrar para su ahijada todo lo que el gracioso hombrecillo pudiera tener a su nombre antes de que un vulgar periodista venido a más se hiciera con todo sin haber aportado méritos.

Claro que lord Sandwich tenía todas las razones para agradecer a Dorian sus, digamos servicios. El muchacho, atraído por el título, creía a pies juntillas en un futuro prometedor, señal de que Alfred Sebastian Aldrich, pues así se llamaba realmente el lord, lo mantenía bien engañado, como a todos los demás.

La propiedad Hemsley, un modesto castillo a las afueras de Stratford-upon-Avon, famoso pueblo natal de William Shakespeare, significó el apogeo social definitivo para lord Sandwich. Procurando mantenerlo en secreto a mistress Agatha y su círculo londinense, excepto a Dorian, y sin saber todavía quién le había dejado en herencia ese caserón histórico y semi abandonado, apostó por gastar hasta el último penique en adecentar el inmueble. Después, y cegado por su ansia de triunfo, invitó a todo el pueblo a una fiesta de disfraces en el castillo Hemsley. Se trataba de una fiesta temática en la que todos los invitados debían ir vestidos acordes con la imagen de La máscara de la Muerte Roja, famoso cuento de Edgar Allan Poe, y que lord Sandwich gustaba de recrear en sus divertidas veladas en Londres para disgusto de sus aburridos amigos.

Aún en la capital se discute cómo transcurrieron los desafortunados hechos que a continuación se relatan, dejando de relieve que lord Sandwich quedará por siempre como el hombre más ridículo e incapaz, el último de una estirpe de torpes aristócratas destinados a extinguirse por el bien de la sangre azul.

Cuentan que, encerrado en el sanatorio de Witch Lake, y envuelto en malolientes camisas de fuerza, Alfred Sebastian Aldrich continúa aullando al cielo que la noche de su fiesta de disfraces habló con el propio Shakespeare en una distendida y amena conversación que abarcó desde el teatro hasta los sabrosos canapés de pepino inventados por él mismo.

Durante el almuerzo del fatídico día, lord Sandwich recibió la visita de su administrador para entregarle los papeles definitivos de la posesión del castillo, acompañado del albacea del generoso donante, dándole a conocer, al fin, el nombre de su querido protector, que no era nada más ni menos que lord Douglas Hemsley, primo lejano de su padre y al que únicamente conocía de oídas por algunas cartas que su progenitor tenía guardadas y por figurar, aparentemente, en los cuadros de la familia que los suntuosos pasillos y salas de la residencia familiar albergaban desde hacía siglos. El susodicho murió sin descendencia, lo que permitió a nuestro ambicioso amigo acceder a una más que suculenta herencia, que abarcaba no solo el castillo, sino otras propiedades y una no desdeñable suma de dinero.

Se dice que el servicio contratado por el lord decidió abandonar el castillo después de varias horas esperando a que apareciese algún invitado, cosa que jamás sucedió, puesto que los habitantes de Stratford-upon-Avon temían las historias que se contaban de la vieja propiedad del difunto Hemsley. Así pues, los mayordomos y lacayos contratados, que escaparon piernas para qué os quiero, escucharon al anfitrión hablar con numerosas personalidades, e incluso  lo vieron recibir a los primeros invitados al anochecer, entre los que destacaban el mismísimo lord Hemsley, que le agradeció el haber restaurado su castillo, según confesó el aristócrata, y sin que ningún miembro del personal viera a nadie en absoluto. A eso de las doce de la noche, coincidiendo con el tañido de las campanadas del pueblo que reverberaban hasta el castillo, Arthur Sebastian Aldrich, lord Sandwich, quedó maravillado ante la inesperada aparición de un hombre ataviado de rojo y cubierto de una áspera capa escarlata, cuyo rostro se ocultaba tras una siniestra máscara roja. Cuando se despojó de la misma, nuestro malogrado amigo afirmó haber contemplado al mismísimo William Shakespeare, quien le hizo pasar una velada magnífica.

Cuando la policía y los familiares más allegados de lord Sandwich, esto es, mistress Agatha y el encantador Dorian, llegaron al castillo, lo encontraron bailando solo, rumiando chistes obscenos y rodeado de los que él definía como sus invitados, cantando y bebiendo, completamente ebrio, colmando de alabanzas a los fantasmas de  Stratford-upon-Avon.

Por Marcos A. Palacios

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Tripulación CosmoVersus

Marcos A. Palacios
Marcos A. Palacios
Administrador de CosmoVersus, autor de 'Fantasía y terror de una mente equilibrada'. Ciencia Ficción, Terror y Fantasía, en ese orden, son las que han provocado esta locura. Después, los cómics, el cine y la música han aderezado el camino.

2 comentarios sobre «‘Los fantasmas de lord Sandwich’, por Marcos A. Palacios»

  1. Relato de fantasmas con sabor clásico, con homenajes a los maestros del género, y un punto entrañable de humor.

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