‘Malva oscuro (más bien, violeta)’. Un relato de Edu Melero Verdú.

A todo el mundo le afecta, a determinada edad, la misma enfermedad: la adolescencia. Eso habría que decirle a nuestra protagonista, Tia, mientras busca desconchones en las paredes color malva (bueno, más bien violeta), de su habitación. Sigue leyendo Malva oscuro (más bien, violeta) de Edu Melero Verdú para saber qué encuentra en su mirar.

Como atestiguaban las paredes repintadas a mano de color malva oscuro (más bien violeta), su madre se había portado bien. No es que las hubiera pintado ella misma ni nada (ese fue, creía ella, aquel pretendiente que llevaba pendientes; por esa rima estúpida lo recordaba), pero sí que le había permitido esa pequeña concesión… que, sin embargo, no era suficiente para seducir a Tia.

Como tampoco lo eran los muchos adornos y chucherías que pendían de sus paredes, su armario abarrotado de tops, camisas, camisetas, faldas, e incluso medias horteras de colores chillones, y el enorme oso de peluche al que llamaba «Bubú», en honor al lagarto que tenía como mascota de niña. No, nada de eso era suficiente, pues, a cambio de todas esas baratijas, ¿qué tenía ella que soportar?+

Oh, si alguien se lo preguntara, tendría una lista muy, muy larga de ofensas: empezando por los clientes ─cada uno más raro y más pirado que el anterior─, que frecuentaban su casa, Tia tenía que soportar horas y horas de sesiones… de magia, espiritismo, y pociones, como las llamaba su madre. Y cuando dichas sesiones no incluían rotura de muebles, posesiones, o gritos lacrimógenos de plañideras, Tia tenía que soportar que la cocina estuviera llena de tazones y jarras con líquidos sospechosos (¡a veces, incluso con animales dentro!), que los muebles se movieran de un lugar a otro (todo el mundo sabe que a los espíritus les encanta mover muebles; o tal vez los hubiera movido Tad para sus clases de yoga), y que la ninfa que tenían en el salón le gritara obscenidades. A eso se añadían las estrecheces de su vieja casa, las deprimentes malas hierbas y palmeras muertas que rodeaban el solar, y el hecho de que vivieran junto a un antiguo cementerio.

¡Ugh!

Tia estaba hasta las narices, y otras partes del cuerpo, de las tonterías de su madre y de toda la comitiva de personas con baja autoestima que se paseaba por su casa.

¿Por qué no había podido tener una vida normal, como cualquier adolescente? Esta era la pregunta que solía asaltarle en noches como en la que estaba, más aún cuando había tenido que recorrer a pie los muchos metros que separaban su casa de la CIVILIZACIÓN.

Tras darle un toquecito de buenas noches en la cabeza a «Bubú» y tirar la ropa por el suelo, se lanzó sobre su cama ─recién comprada, ya la tenía harta de incómoda que era; su madre no sabía comprar─, y se quedó en posición fetal, mirando las paredes de color malva oscuro (más bien violeta), de su habitación…

Noches como ésta le hacían plantearse si no sería bueno desaparecer un día de su casa, a la Holden Caufield; pero siempre que le asaltaban esos pensamientos… le asaltaban otros.

Esto no había sido siempre así.

Cuando era pequeña, eran sólo su madre y ella, yendo de ciudad en ciudad, asentándose como mucho unos meses en cada casa nueva que encontraba su madre. Por aquel entonces, a Tia le encantaba verla, e incluso ayudarla, a hacer esos bebedizos y elixires que luego dejaban disimuladamente en los buzones de las anchas urbanizaciones donde vivían las personas a las que tenían que ayudar; después de todo, a nadie le gusta que sepan que tiene dificultades para sentarse derecho sin que le duela… el trasero.

Pero hacía unos dos años, su madre puso fin a eso, por cualquier motivo, e incluso empezó a atender a gente en su propia casa. Y Tia, en principio, siguió sin tener problema (bueno, seguía odiando que su madre le hubiese puesto ese nombre, pero podía considerarse un asunto menor); poco a poco, cuanto más se iba haciendo patente que su madre quería quedarse de forma más permanente en esa vieja casa, la apatía de Tia fue creciendo también.

Y hasta aquí había llegado.

Y lo peor es que no había ninguna forma de liberar esas tensiones: su madre la dejaba irse de fiesta todo lo que quisiera, le compraba todo lo que quisiera, e incluso le dejaba decirle todo lo que quisiera. Lo más cercano a un enfado que había recibido por su parte era un pequeño guiño por debajo del sombrero que le gustaba llevar.

Y es que esa casa era horrible: con paredes de madera vieja y mohosa, recubierta en la fachada de cemento colado, ya no era que los suelos crujieran, sino que las mismas paredes crujían. Las ventanas apenas dejaban pasar el aire en verano, y también apenas resguardaban en las pocas ocasiones en las que hacía frío. Y lo peor de todo: ¡sólo había Internet en la parte delantera de la casa! Útil para cuando estaba en su cuarto, pero muy molesto cuando estaba en la cocina.

En esto estaba Tia pensando mientras empezaba a dormirse, y tanto pensaba, que acabó por dormirse del todo. Vivir en esa casa, después de todo, tenía sus cosas buenas; no podía negarlo: nadie quería ir, pues tenían que caminar para poder llegar; podía enterarse de todas las conversaciones de cama de su madre si salía al balcón, que compartían ambas habitaciones; solía encontrar zarigüeyas entre los árboles ─animal que le encantaba─, y les daba de comer (lo que, en realidad, no es muy recomendable); y, después de todo, era una casa tranquila.

Y también tenía que admitir, como muchas veces le había dicho su madre (la famosa bruja Megghie Duquesne), que, si no fuera por ella, tendría varios años de deuda en su factura del móvil.

© Todos los derechos de Eduardo Melero Verdú.

Edu Melero es colaborador en CosmoVersus. En su haber puedes leer su ‘Análisis de Elemental, el primer disco de Loreena McKennitt (1985)’ y sus narraciónes cortas Esperando el Amanecer, La vecina, Ollantaytambo, Videojuegos La Mazmorra.

Eduardo Melero Verdú

eduardo meleroSi fuera cuadro en vez de persona, sería algo así como esas acuarelas de paisajes tan ajadas y difuminadas que parecen una pintura fauvista (cuando es en realidad un lago con nenúfares). Podría parecer que esto es una desvaloración a mí mismo, pero todo lo contrario: me encantaría tener todos esos colores.

Soy un periodista que, mientras está en paro, enseña música. También soy un músico que, mientras no toca, escribe críticas, diálogos, o cualquier burrada que se me pasa por la cabeza. Si veis mi nombre y frases aquí, es gracias al creador de este blog. ¡Pero no le digáis que os lo he dicho!

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