‘Más allá de la puerta’ de Alberte Momán Noval

Más allá de la puerta. Un relato de Alberte Momán Noval

Eran poco más de las tres. El sol, en lo alto, caía pesadamente incidiendo implacable sobre las partes expuestas de su fisionomía. Deseó estar en cualquier otro lugar. La grava del paseo se introducía en el interior de sus zapatos y le desagradaba el sonido de sus pasos al avanzar. Se cruzó con el hombre que daba la hora en el parque. Este portaba aquel día sus pertenencias en una mochila rota, rodeada con un cordón de los utilizados habitualmente para atar las pacas de paja. Impedía de este modo que el contenido se desperdigase por doquier. Sudaba sobre manera, al tiempo que sujetaba un viejo despertador de campana, del que sacaba una lectura precisa cada pocos minutos.

El destino de la mujer no era más que una pared blanca que rompía la horizontalidad de un estacionamiento, interrumpida por una enorme puerta de madera oscura. Antigua y sólida permanecía abierta dejando ver el paisaje inmaculado que se abría inconmensurable al atravesar el umbral. Una llanura desértica e infértil de la que apenas afloraban terrones resecos cuarteados por los rayos solares. Se persignó al acercarse al limen, apoyándose en la madera, acto seguido, para apreciar su solidez. El final de una larga fila de personas determinó el lugar en el que debía colocarse. Buscó de inmediato la sombra del hombre que la antecedía, colocándose a poca distancia de su cuerpo esbelto que irradiaba tanto calor como el mismo astro que los iluminaba. Este se volvió con desconfianza, dirigiéndole una mirada aviesa, antes de dar un paso al frente para distanciarse de ella. El efecto mariposa provocado por ese estímulo inicial, hizo que toda la línea sufriese una suerte de espasmo que modificó significativamente el trazado inicial marcado por esta. Insolada de nuevo, percibía como el sudor descendía por sus sienes, cayendo, errático, en forma de gruesas gotas viscosas que zigzagueaban por su piel recalentada, hasta evaporarse, dejando un rastro apenas imperceptible.

La duración de los segundos durante la espera era prolongada por aquella soledad acompañada, así como por el silencio. Oteó el horizonte, allí donde tierra y cielo se difuminaban, buscando algún elemento que suscitase su curiosidad. Una mancha oscura irrumpió en la homogeneidad que proporcionaba la distancia. Aumentaba su tamaño a medida que se aproximaba. Aquella oscuridad informe, parecía traer consigo una brisa caliente que portaba en suspensión pequeñas partículas de arena. No se trataba de la áspera tierra reseca que reinaba en el entorno, sino de finos granos sin aristas, como diminutos cantos rodados limados sin descanso por una corriente fluida. Poco a poco, los pasos de aquella silueta definían su figura. Ella asistió incrédula a la visión del esqueleto de un uro que caminaba golpeando con sus pezuñas la dura tierra. Los huesos de su cuerpo, blanquecinos, reflejaban la luz diurna que, polarizada por el efecto del polvo llevado por el viento, dibujaba un halo que simulaba ser una piel sobre una carne imaginaria. La presencia de aquel animal, para sorpresa de la mujer que observaba en contraposición a la indiferencia general, atrajo a otros seres que, minúsculos en comparación, rondaban el cuerpo mayor. Un lobo y un zorro caminaban junto al bóvido, intercambiando su posición, de derecha a izquierda y viceversa. La proximidad de las bestias hizo temer a la mujer un encuentro violento con los presentes, que esperaban en fila. Por el contrario, los animales se centraron exclusivamente en ella, observándola detenidamente. Detuvieron la marcha a poca distancia de donde se encontraba. La mujer tensaba los músculos considerando ya el impacto. Los ojos de los animales se concentraron en los de ella.

―No hay un más allá que justifique la espera.

―No hay una verdad de este lado del muro que no se manifieste allende la puerta.

Primero el zorro y después el lobo intercalaron su intervención hasta hacer un discurso confuso y case incompresible. Repetían sus sentencias hasta que el uro golpeó fuertemente el suelo con su pezuña. En ese momento, los tres cuadrúpedos giraron sin moverse de su posición y comenzaron a caminar sobre sus pasos, pero en sentido contrario.

Ella veía como se alejaban a gran velocidad, no correspondida con la lentitud a la que sus pasos de desplazaban sobre la tierra yerma. Cuando hubieron desaparecido, la mujer buscó la mirada de alguna de las personas que esperaban junto a ella en la fila. Su llamada de atención no obtuvo respuesta hasta que una campaña restañó en la distancia, provocando otro espasmo en la hilera de personas, que volvió a variar el diseño de la onda que describía sobre la superficie. Súbitamente, la luz diurna comenzó a disminuir progresivamente, como por el efecto de un eclipse solar, y la hilera comenzó a avanzar poco a poco. La brisa cálida que acompañara al uro se convirtió en un viento frío del norte que incidía sobre la piel ardiente de la mujer, provocando una sensación contradictoria de alivio sobre las quemaduras y de frío intenso sobre un cuerpo que empezaba a tiritar, contrayendo los músculos y plegándose sobre sí misma hasta quedar de cuclillas, sin poder seguir la marcha de las gentes que avanzaban sin ella.

Víctima de un letargo producido por la extrema constricción de su cuerpo, permaneció en aquella posición hasta el regreso paulatino de la luz. Abrió los ojos a medida que su cuerpo recuperaba la verticalidad. Observó a su alrededor. Tan solo una mesa y un escribano, que sobre ella apoyaba sus codos escribiendo con pluma sobre un papiro, presenciaban su recuperación. Escuchaba el vértice de la pluma surcar la superficie rugosa del papiro. Se acercó lentamente hasta la mesa. Sobre ella y junto al amanuense reposaba un documento en el que pudo reconocer su nombre, escrito con una extraña caligrafía.

―Firme sin demora. Por favor, no se detenga.

El hombre depositó su pluma junto al documento que ella debía rubricar. Sin pensarlo demasiado, animada por la necesidad de continuar su viaje, la recogió, percibiendo en sus yemas el húmero sudor de las manos del escribano. Diseñó con soltura el dibujo que la identificaba y la depositó nuevamente sobre la mesa.

―Ahora prosiga.

La mujer miró a su alrededor buscando una senda, pero el viento había borrado hasta las huellas de aquellos que esperaban. Inició la marcha dando la espalda al hombre que continuaba afanado en su tarea.

―Le conviene recordar que lo que usted conoce como verdad es tan solo un constructo social. Fuera de este, cualquier realidad es posible.

Ambos se giraron para mirarse a los ojos por primera y última vez. El avance se hizo leve y agradable, el sol, pese a estar en lo alto, no caía pesadamente sobre el cuerpo de ella. Pronto, aquel espacio conocido quedó atrás y la soledad y el silencio volvieron a hacerse dueños de la inmensidad.

Las horas no eran más que una sucesión de pasos, que dejaban un rastro tras de sí, perceptible como una línea sinuosa dibujada en el suelo, perdiéndose en la distancia. Frente a ella, crecía desde el suelo una nube de polvo ocre que se elevaba un par de metros sobre su cabeza. De su interior, surgió una figura humana cubierta por un manto negro que impedía ver sus facciones.  La mujer se detuvo frente a él, esperando la interacción. La oscura silueta extendió un brazo para indicarle el interior de la nube.

―En esta dirección existe solo un camino.

Ella se encaminó hacia el lugar señalado, avanzando con determinación, adentrándose en la nube. La figura la seguía a pocos pasos en su retaguardia. Se distinguían sus ropas entre la penumbra. El avance era lento, pero la mujer no se permitía una pausa, pese a que el denso polvo se introducía en sus ojos, entorpeciendo la visión. Unas lágrimas de color marrón se precipitaban por sus mejillas, lo que le impidió percibir el comienzo de un abismo. Fue realmente consciente de donde se encontraba, cuando su pie derecho advirtió el vacío. El instinto de supervivencia, que impera en estas situaciones, la instó a dar un paso atrás, quedando con sus dos pies justo en el margen del precipicio.

―Cada pasaje debe responder a un acto consciente.

La figura que la impelía a continuar esperaba a un par de metros de la posición de ella. Esta, volviéndose primero hacia su interlocutor, dio un primer paso hacia el frente sosteniendo unos segundos la extremidad en el aire, antes de precipitarse definitivamente, perdiéndose en la oscuridad de la sima. 

La nube de polvo se hizo más densa, provocando que la figura desapareciese entre las partículas. Solo su voz se hacía patente. Los márgenes del acantilado se perdieron también en la oscuridad. Las paredes de este convirtieron en persistente la intervención de la silueta perdida entre la niebla.

―Cualquier abismo es una frontera. Cualquier obstáculo una necesidad oculta, un signo que denota la existencia de un error en un sistema complejo. La entropía es la demostración empírica de que no hay una única verdad.

Tripulación CosmoVersus

Alberte Momán Noval
Alberte Momán Noval
Alberte Momán Noval. Ferrol, 1976
Autor de poesía y narrativa. En el campo de la edición se estrena colaborando con el colectivo A Porta Verde do Sétimo Andar en la coordinación de los Q de Vian Cadernos. Más tarde, crearía dos sellos editoriales O Figurante y Emerxente. Actualmente trabaja en el desarrollo de la etiqueta M Editora.

En el campo da narrativa, con un gran componente de experimentación que comienza con la publicación de Vattene!, trabaja sobre el concepto da micro novela, donde une géneros como la fantasía y la ciencia ficción desde una perspectiva que lo acerca a lo surreal, rescatando, al mismo tiempo, la esencia de formatos, hoy casi desaparecidos, como el pulp. En esta línea se encuadraría la Triloxía Vátenne! O legado extraterrestre (culminación de aquella primera micro novela), Bosquexos para unha distopía, Lapamán, Bondage, Rojo cochinilla, K2-18b. Planeta habitado, Ocidente y Barata minha barata. Estas últimas escritas en portugués.

En lo que respecta a la poesía, después de años desarrollando, como línea temática, una retrospectiva profundamente autobiográfica, pretende romper esa dinámica con 1 [14] 1, iniciando su obra lírica en la ciencia ficción, o poesía ficción como aparece en el libro anteriormente referenciado. Recoge el bagaje de los últimos años de experiencia en la narrativa para unificar géneros. Con Non venal, hasta ahora su último libro de poemas, continúa con el discurso de 1 [14] 1 para proporcionar coherencia a este nuevo modelo de escritura.

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