CosmoVersus

Revista de ciencia ficción y cultura

Memorias de una caricatura empresaria.

Yo tenía una tienda en Elche.

De esas que no destacan por fuera ni por dentro, más que nada porque lo importante estaba detrás del mostrador. Vamos, que el márketing brilló por su ausencia, y no por falta de ganas o ideas.

Lo que realmente nos sorprendió es que pronto comenzaron a llover clientes que huían de “la otra tienda”, horrorizados por el trato de mercadillo que sufrían cuando entraban a aquel palacio de aspecto profiláctico. Y mira por dónde, el “voto de castigo” contra la competencia nos benefició sobremanera. No solo eso. Al final se quedaron por nosotros.

Y entre la diversa fauna que visitó durante cuatro años nuestro pequeño imperio, encontramos variedades que hasta aquel momento desconocíamos: desde los clientes de comportamiento neutral y satisfechos, agradecidos y puntuales o recurrentes, hasta la familia desorientada que sale a dar una vuelta al parque para tomar la merienda cuando descubren la tienda. Pues aunque no compremos nada dejamos a los niños jugar con las estanterías y ya está el dependiente ese con pinta de señora Doubtfire para hacerse cargo de todo, que para eso es su tienda.

Lo más significativo y que lamento —en parte— haber permitido que sucediera, es que nos convertimos en el ibuprofeno de algunos pobres especímenes cuya única misión en la vida era hablar de ellos mismos. Nunca he comprendido la necesidad del bocazas que sale de la tienda con la satisfacción de que su filosofía ha sido escuchada y enmarcada. A veces nos sentíamos como Mara Torres. Venían con el  único propósito de entablar tertulias y no comprar nada —en el mejor de los casos—.

Otra variante de estas rémoras son los que quieren comprar todo y no tienen dinero nunca, para nada. En cambio, su Facebook los delata por las fotos de sus cenas entre amigos, videojuegos de novedad, la última videoconsola. Para mí sigue siendo un enigma el motivo de este fenómeno, necesitaría otra ronda de lo mismo para desentrañar el misterio.

Ponerte tras el mostrador no te hace héroe. Lo que en realidad te convierte en héroe es que sea “tu mostrador”. Ese mostrador desde el que vigilas a los “niños rata” insolentes que salen a hacer su periplo semanal por las tiendas para revolver la mercancía y buscar cosas de “a euro” y, así, aliviar su vacío existencial de adolescente desubicado en la vida y el espacio.

En efecto, la lluvia de clientes se mezcló con lluvia de ranas, las deshechadas por “la otra tienda”, que para entrar a ella es posible que debieras pasar un filtro de solvencia con el fin de ser aceptado como objeto de compra segura.

Después de todo, pese a que el saldo económico fuera mucho menor de lo esperado, te queda la satisfacción de saber que lo has hecho mejor de lo esperado y has mantenido a raya a esa turba ignorante que todavía piensa que el único que tiene razón y derechos, es el cliente.

Yo tenía una tienda en Elche. Ahí os quedáis. Leeros el B.O.E.

Foto: Pixabay.com

 

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2 thoughts on “Memorias de una caricatura empresaria.

  1. Admiro a quienes estáis cara al público. No es fácil, menos en los tiempos que corren, en los que hay padres que se desentienden de los niños, gente que mira y no compra y aquellos que buscan un saldo. Por no hablar de la mala educación. Sois personas llenas de paciencia.

    1. Te aseguro que muchas veces la perdí. Al menos yo en concreto. Pero lo haría mejor a la próxima porque ya estoy avisado! Un saludo y gracias por comentar.

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