Nadie juega con Alister. Por Marcos A. Palacios

¿Recordáis al protagonista de Su salvación por un módico precio? Pues ahora este caballero está a punto de tener una cita que no saldrá como él esperaría. Un relato distópico, socialmente especulativo y quizá incorrecto pero sincero.

Nadie juega con Alister

Por Marcos A. Palacios

La cita, como siempre, en lugar neutral, a la luz del día y en verano mejor, porque anochece más tarde. Que las miradas y las lenguas se desatan cuando pasan de las nueve de la noche. ¿Y qué más da?, pensó Maggie. Con la acreditación amarilla nadie le reprocharía nada, aun siendo minoría entre las mujeres del país. La costumbre, como mucho, era una verde o morada. Tendencia social, que lo llaman. Pero a Maggie las tendencias le importaban un pimiento. Y más con un ingenuo solterón de tarjeta roja. A estos hay que enseñarles bien.

Quedar a una hora temprana era más que nada para tantear el terreno y, si el tío era demasiado listo o se esperaba una encerrona, la cosa terminaría en tablas, y hasta luego. Lo borraría del perfil y a por otro. Será por ganado. Así, con decisión entró a la cafetería. Su cita ya estaba en la mesa, esperando. El cartelito con sus nombres y el contrato quedaba bien a la vista.

Pero vaya, qué sorpresa. Alister Maud no solo era ambicioso, sino atractivo. Algo mayor para su gusto, pero encantador a primera vista. Lo importante era su trabajo. En su perfil no decía nada, lo tenía bien escondido, el sinvergüenza. Un detalle importante, porque si resultaba ser un simple administrativo, ya podía dar la tarde por perdida.

―Puedes tutearme, Alister, por favor. Tutéame,  en serio.

―Lo siento, señorita State. Sabe que no está permitido. Y soy hombre de leyes…

¡Ah! Leyes… un abogado, quizá… si al final sería buen partido. Pero nada serio, aún tenía muchos años por delante y acababa de independizarse. Para eso ya estaba Celia, poco mayor que ella, mujer de éxito, ingeniera informática y mucho más escrupulosa con las relaciones.

―No, soy funcionario. Concretamente Perito Religioso, con grado de notario. Este mismo año me lo han concedido.

―¿Y eres religioso, si puede saberse? ―preguntó Maggie, que estaba dispuesta a sacar todo el jugo al incrédulo Alister. Un Perito Religioso, a estas alturas, poco le convenía. Pero ya que había acudido a la cita, haría de tripas corazón. Continuó con su fingido aire de interés.

El caso es que Alister la miraba con tanta naturalidad que la irritaba. Maggie pretendía dar imagen de depredadora, con su tarjeta amarilla suspendida por un clip sobre la ropa, a la altura del seno. Tarjeta amarilla, la más ansiada por todos esos babosos que pretendían llevarse el trofeo más apreciado para un hombre… lamentable. Como todos. ¿Qué tal si le ponía las cosas fáciles? Mostrarse como una doncella débil… No, su competidor no aparentaba ser de los que caen fácilmente en la red. Además, con un perfil como el suyo, Alister se largaría inmediatamente a la primera muestra de inocencia. Era perito, no idiota. ¿Quién en su sano juicio quedaría con una mujer poseedora de tarjeta amarilla siendo una cándida señorita? Las muchachas buenas no tienen tarjeta amarilla.

―Bueno, no especialmente, señorita State. Me apasiona la historia de la religión, su evolución, ¿sabe? Ese camino de revoluciones y guerras, de divisiones y tratados… ¿Conoce cómo era la religión en el mundo hace doscientos años? ¿Qué significaba para las personas?

―Quizá en otro momento me apetezca escuchar sobre ello ―miró a su copa y suspiró.

Un camarero de anchos hombros y mirada desconfiada se acercó, algo perturbado, a la mesa. Primero se inclinó discretamente sobre Alister, y seguidamente, carraspeó, tratando de llamar la atención de Maggie.

―Señor, disculpe. Debe tener su tarjeta a la vista en todo momento. Por favor, son las normas de la casa ―dijo, imperativo y acusador, el camarero.

Alister sonrojó. No era un tipo que se asustara fácilmente, pero detestaba las correcciones. ¿Dónde tenía la tarjeta? Vaya, sí, bajo su pie izquierdo. ¿Cómo había llegado hasta allí? Al quitarse la chaqueta, seguramente, el clip se aflojó.

―Lo siento, Alister. No me he dado cuenta de tu tarjeta ―comentó Maggie. En realidad, le encantó aquel incidente, probablemente el primero de muchos que irían minando la seguridad de su acompañante. Se lo merecía, por funcionario.

Ahora mismo Alister podría estar pensando algo negativo de ella, a pesar de verlo tan risueño y despreocupado. Miró a su tarjeta. Amarilla, y en su lugar, bien visible. Se llevó una mano al pecho, apretándola. Después, se hizo disculpar ante su cita y fue al lavabo. Sudaba. Al principio, el incidente de la tarjeta de Alister fue una bobada, pero, ¿y si le hubiera ocurrido a ella? Las multas por llevar una tarjeta de otra persona son muy duras, con efectos aún peores para su acompañante en algunos casos. Tensa, suspiró de nuevo y acercó el smarthy de su muñeca a la boca.

―Celia. Celia ―dijo. El dispositivo se iluminó y marcó el número de Celia.

La imagen de una muchacha de aspecto desinhibido y descarado apareció en la pantalla.

―¿Qué tal va todo, perra? ¿Te lo estás pasando bien con ese payaso? ―gritó Celia. Se la veía tumbada en la cama, pintándose las uñas de los dedos de los pies.

―No soy tan cruel como quería parecer. Y no quiero meterme en líos.

Se le apagó la voz lentamente. Pocas veces mostraba su debilidad, obviamente en confianza. Pero en este momento no era más que vergüenza. Por ella misma y por todas las mujeres. Correr riesgo innecesario forzando las circunstancias, y jugando con la vida de otra persona. Alister era un hombre, sí. ¿Pero acaso no lo merecía? Desde otra perspectiva, la gratuidad de lo que estaba haciendo podía traducirse como el capricho de una niñata malcriada. ¿Por qué todo es tan complicado? Metida en el juego que ella misma puso en marcha.

―Anda, no seas tonta ―gritó la voz de Celia. Maggie le hizo el gesto de bajar la voz.

―No grites, tía. ¡Estoy en los baños! ¿Y si hay alguien por aquí?

―Vamos, ¿qué va a pasar? Hay que ver lo aburrida que eres a veces. Si lo llego a saber, no te doy mi tarjeta. Ahora bien: ten cuidado con ella. Me resulta muy complicado modificar el perfil.

Celia era pocos años mayor que ella, y mucho más experta y atrevida. Engañar a un hombre con una tarjeta falsa era pan comido para ella. ¿Qué quieres demostrar con esto, Maggie? Diversión, romper rutina, ser una niña pija que no sabe qué hacer en su vida. Avanzaba hacia el horizonte donde sobresalía un letrero con letras mayúsculas hasta hacerse completamente visible. Cerró los ojos para no contemplar la palabra que se mostraba ante ella y la definía.

―Termina lo empezado y vuelve, ¿vale? Si no estás cómoda, no lo hagas.

―Vale. Te iré mandando notas. Creo que estoy algo mejor ―por más que se echaba agua a los ojos, los tenía rojos.

Cortó la comunicación con Celia y se dio un palmetazo en la cara. Qué estúpida, no te preocupes. Ese hombre que podría ser tu tío es inofensivo, nunca se atrevería a llamar la atención si sospechara algo, ¿verdad? Él sigue ahí, con su refresco, intimidado por el camarero del infierno y las cámaras. “Es la ley”, él lo ha dicho. Es un hombre de ley.

Volvió a la mesa, sonriente, radiante. Y Alister, ¡oh!, Alister la esperaba con otro refresco. Esa sonrisa no dejaba de irritarla. Era como estar ante un criminal que se hubiera librado de una pena. Sí, sardónica y triunfal, de oreja a oreja, cruzando ese rostro maduro pero encantador.

―Disculpa, Alister. Bueno, y ¿qué más me cuentas de ti? ¿Solo te dedicas a trabajar para el Estado?

―Sí y no. En ocasiones llevamos, desde mi oficina, control sobre ciertas familias. Las desestructuradas. No es mi competencia, eso es cierto, pero echo una mano… Ya sabe, por solidaridad.

Maggie no entendía muy bien a lo que se refería. Mantuvo un gesto espera para que él continuara explicando el significado de sus palabras. En lugar de eso, comenzó a contarle una batalla. No tuvo más remedio que dar un trago a su copa, con aire perezoso.

―Hace dos semanas resolví, en parte, el caso de un muchacho que fumaba tabaco.

¡Tabaco! A Maggie se le cayó el vaso del susto. El estruendo puso en alerta al camarero, que acudió inmediatamente a recoger los cristales.

―¿Te has vuelto loco, Alister? ¿Cómo se te ocurre hablar de tabaco en un lugar público? ―dijo en susurros conteniendo la vergüenza.

―Bueno, lo siento, ya sé que es impropio de gente de nuestra posición pero… no pensé que le alteraría tanto. Le pido disculpas, señorita State.

―¿Le está molestando este hombre?

El camarero había avisado a la vigilante de seguridad del local, una moza de actitud simiesca, orbitando amenazante sobre ellos como un cirro. Maggie, impulsivamente, apretó el bolso contra su vientre, protegiendo su oculto pecado.

―Entrégueme su tarjeta, por favor ―dijo la vigilante. Maggie leyó el nombre en su chapa: Roberta.

―Oiga, señorita, no ha pasado nada ―interrumpió Alister―. Mi acompañante tiene su tarjeta a la vista, ya lo ve, no tiene que pedirle…

―Se la estoy pidiendo a usted, señor. Haga el favor de entregarme su tarjeta.

―¡Si he accedido con ella perfectamente! ¿Por qué debe comprobarla de nuevo? ―Alister mostró su enfado.

―No se lo repito más, si no quiere que avise a las autoridades.

El resto de clientes los miraban entre avergonzados e intrigados. Las mujeres intentaban ignorar lo que sucedía, así guardaban las apariencias. Mientras Alister entregaba la tarjeta, Maggie sonrojaba y repitió la acción de apretar instintivamente el bolso contra su vientre, tan fuerte, que tuvo que disimular para no parecer que ocultaba algo. Cualquier gesto suyo fuera de la norma, podría provocar ser registrarla, aunque no era muy común que a una mujer se le pidieran explicaciones violando la intimidad de sus pertenencias. La vigilante regresó para devolver la tarjeta a Alister, ―quien, con gesto ofendido, la enganchó a la camisa― tras comprobar que estaba todo en regla. En un descuido, y ya pasado el peligro, el bolso de Maggie cayó a sus pies, recogiéndolo rápidamente, sin prestar atención más que a tenerlo otra vez en sus manos.

Salieron del antro, según lo calificaba Alister, para dar un paseo a la calle. Tropezó y tenía un zapato desatado. Qué torpe, este hombre. Venga, que se dé prisa en atarse el zapato. Maggie, que lo esperaba en la puerta, todavía temblaba por dentro. La travesura casi se le escapaba de las manos, pero fue ella misma quien, con su turbación por el comentario del tabaco —qué vergüenza solo de pensar en esa palabra—, estuvo a punto de causar un desenlace indeseable. Otra vez sudando, y Alister la observaba. ¿Sospecharía algo? Lo sabía, investigaba con el rabillo del ojo, controlaba sus gestos. Un perito no deja ningún dato al aire, todo es analizable. Maldita sea, era como un Sherlock Holmes de barrio. Mientras se aireaba, Alister callaba evitando reanudar el tema del tabaco. Estaba claro que no era del agrado de la muchacha.

Maggie perdía el control, horrorizada por dejarse en evidencia delante de un hombre desconocido, mayor que ella y más experimentado. Quedaba claro que la aventura no era para ella. Le quedaba grande, muy grande. Ser mujer no le ayudaría a salir bien parada. Para disimular, retomó el tema de la religión. Hablar de él era más seguro para evitar que hiciera preguntas incómodas durante unos minutos, tiempo más que suficiente que le permitiría posicionarse como la dominatrix de la cita.

—Volviendo a tu trabajo, te diré que admiro la impenetrable fe de los creyentes. Ellos no ven que es un suicidio en vano.

—¿En qué sentido afirma que “es un suicidio”?

Hallaron un parque amplio y luminoso, repleto de álamos y sauces, arroyos y jardines. Un lugar idóneo e íntimo. Sentados a la sombra les llegaba el aroma de cientos de flores cercanas, una explosión de colores, pétalos y estambres de diversas especies. Todo ayudaba a despegar el desagradable recuerdo del orangután de la cafetería.

—Pues, verás, creo que no tiene sentido la entrega y obediencia a un ser inexistente.

—Antes de afirmar que algo no existe, ¿no cree que primero hay que demostrarlo? Y ojo, no estoy defendiendo las religiones. Yo mismo soy ateo, tan ateo como el mismísimo vacío del espacio —y esta frase hizo reír a Maggie—. Es posible que no sepa usted cómo funcionan las religiones. Hoy en día ya no se adora a un dios únicamente. Existen multitud de ramas, de objetos de culto… ¿De dónde es usted, si puede saberse?

Otra vez el muy villano obligándola a salir de su zona de confort. No le quedaba más remedio que ser sincera. Al fin y al cabo, tampoco representaba nada malo decir la verdad.

—Soy de la ciudad, en mi vida he salido de aquí. Me dedico al departamento financiero de una empresa cosmética.

—¡Ah! Una mujer sin escrúpulos.

Y otra vez la hizo reír. Ablandarse no era una opción, y ahora lo entendía. Cada vez que dirigía la vista a Alister terminaba dándose de bruces contra un muro de humildad e inocencia. ¿Cómo era posible sentir eso por un desconocido? Simpatía, nada más que simpatía. Decidió que era hora de marcharse, pero la cruel curiosidad la envalentó. Por supuesto que no debía amilanarse, eso no es propio de una mujer de éxito. Al principio el plan se basaba en ponerle la miel en los labios, destrozarle psicológicamente para, en última instancia, abandonarle con un potente “No es no”. Muy metódico todo.

—¿Qué te apetece hacer? ¿Cenamos? ¿O tienes otro compromiso esta noche? ―y dejó caer la última frase como quien se está durmiendo, acabándola en un susurro de evidente insinuación.

—Me parece bien. Tengo tarjeta roja, como sabe, así que puedo quedarme toda la noche, y pedir una escolta para llevarla a su casa.

Dejó pasar unos segundos para que creyera que ya tenía a su presa en el nido.

—Aunque, a decir verdad, preferiría irme pronto, mañana tengo mucho trabajo —saltó ella, con una excusa. La cara de su acompañante cambió repentinamente. Aguantó la risita de hiena que tanto deseaba mostrar y volvió a cambiar de tema—. ¿Qué busca exactamente?

—Amistad, hablar. No, no se sorprenda. Sé que es un atrevimiento que a estas alturas un hombre le responda así, y le parezca mentira, pero es la verdad. Hace años que vivo solo y apenas salgo con amigos. Desde que entró en vigor en el país la Ley de Integridad, he tenido poca compañía femenina.

En efecto, la Ley de Integridad nació en otros países hacía ya cincuenta años, pero en L… la aprobaron, después de gran desgaste político y una dramática división social, hacía tan solo diez años. En esa época Alister aún vivía en plena juventud vital, y tanto él como otros vieron frustrados sus planes de familia, noviazgos… muchos de sus amigos rompieron inmediatamente con sus novias, los más atrevidos iniciaron los trámites de divorcio… En los peores casos, fueron ellas quienes, henchidas de poder y triunfo social, abandonaron a sus parejas o cónyuges. Y poco a poco, todo se normalizó de tal manera que los disturbios fueron olvidados en pos de la paz. La sociedad, acostumbrada a la nueva ley, ya no le parecía tan mala como antes. Sí, Alister revivió dolorosamente cómo pasó todo. Pero parecía feliz. O eso pensaba Maggie.

Tan feliz como plenamente anulado.

Él iba para ingeniero, pero la nueva ley exigía prioridad a las mujeres solo en los puestos de más peso intelectual ―ingenierías, medicina, empresariales, política…―, por lo que tuvo que esperar, y esperar. A cada día que pasaba, la bolsa de trabajo siempre permanecía intocable. Así que no vio más remedio que ingresar en las administraciones del Estado. Allí prácticamente todo son hombres, dado que es un trabajo extremadamente fácil y de bajo nivel económico. Relegado a permanecer en su puesto de Perito Religioso, poco a poco encontró allí una vocación inesperada.

—Vaya… Yo sería muy joven entonces, pero claro, he vivido la mayor parte del tiempo bajo esta ley, no recuerdo bien cómo eran las cosas antes. Es extraño que me lo cuentes, así, tan natural.

—No tengo nada que perder ni que ocultar —dijo, sonriendo.

—Pero no está bien visto. ¿Hablas así con todas las mujeres con las que quedas?

—Usted es la primera desde hace cinco años. Y por lo que he podido comprobar, no tiene nada que ver con aquellas chicas. Le diré una cosa, señorita State. La sociedad ha cambiado. Cambia cada vez más deprisa, a ritmos insospechados. Pero nos acostumbramos en seguida, no nos damos cuenta. Y nos gusta. Igual que la tecnología, que avanza y se desarrolla paralela al embrutecimiento de las personas.

Todo aquel análisis y charlatanería comenzaron a causar vértigo en la débil mente de Maggie. ¿Era hora de acabar con la farsa? Vete ya, este hombre te está liando con su agilidad argumental. No hay por dónde pillarle.

—Puede marcharse, señorita. No se lo impediré. Pero la próxima vez que quede con un hombre —y volvió a mirarle con condescendencia y una sonrisa forzada—, procure jugar limpio y portar su tarjeta real. Podría meternos en un buen lío. Ha sido un placer.

Alister pretendía alejarse de ella, pero en un arrebato de orgullo victimista, Maggie se levantó desesperadamente y corrió hacia él. ¿Cómo lo sabía? ¿Con qué subterfugio sucio y tramposo pudo averiguar la verdad? ¿Acaso era una broma de Celia? Eso debía ser, la muy idiota quería darle una lección. Lo preparó todo, siempre en su papel de hermana mayor, protegiéndola, adulándola. Envueltos en lágrimas que el sol hacía brillar como dos cristales, sus ojos no conseguían ablandar a Alister. Ni se atrevió a hablar, porque ya sabía que él la sondeaba profundamente. Esperó su respuesta, y él se valía de su impertinente superioridad para destrozarla como venganza por haberle engañado.

—No quiero humillarla.

—Dímelo. No me humillas. Quiero que me lo digas. ¿Por qué has hecho esto? ¿Por qué me lo has dicho ahora?

—No es necesario provocar un enfrentamiento, ni conviene hacerlo en medio de la vía pública. Ahora, me marcharé tranquilamente a mi casa, y usted devolverá esa tarjeta a su dueña.

Alister se hallaba cruzando una línea peligrosa, delgada y fina. Como buen funcionario y caballero, mantuvo la compostura. Quieto, silencioso como la estatua de un faraón, inexpresivo.

—¡Quiero que me explique cómo lo ha sabido! —Maggie dejó salir su frustración y rabia. De ser una provocadora y triunfal muchachita, había pasado a convertirse en el trapo de un simple y odioso funcionario.

—Está bien. Pero ahórrese el numerito. Hay policías cerca. Y cámaras. No me meta en líos.

—Pues habla entonces.

—Como sabe, las mujeres se someten, por ley, a exámenes anuales que determinan a qué grado de libertad social y sexual están preparadas. A pesar de ser un hombre y tener prohibida la participación en esas evaluaciones, olvida usted que soy funcionario del Estado, y que tengo acceso a la información. Que existe algo llamado contactos en las administraciones, y, lo más importante: soy perito. He recibido una amplia formación en Psicología y Captación Mental.

»Me considero un hombre que ha llegado a donde está gracias al uso de lo que la sociedad me ha dado y me ha quitado por ser varón. Conozco a las señoritas como usted. De hecho, conozco a cualquiera que se cruza conmigo. Y usted ha sido tan previsible desde que entró a la cafetería, que no había sido necesario hablar demasiado para saber que me estaba engañando desde el principio. Y sí, le he hecho creer que era ajeno a ello para evitar lo que ahora está haciendo.

La rabia provocaba palpitaciones en las sienes de Maggie. Ese presumido acabó por darle una lección, como si ella fuera una niña ignorante. Y era verdad, solo que no podía permitir una afrenta de esa índole. Entre rabiosa y compungida, amargas lágrimas brotaron de sus ojos.

—Olvidas que es imposible trucar una tarjeta ―fue su último intento.

—Querida, nada es imposible. Es una tarjeta de identificación electrónica como otra cualquiera. Su uso es perfectamente corrompible por un experto informático ingeniero de cualquier organismo gubernamental, ya que la información que contiene está ligada únicamente a la base de datos estatal, y no existe control alguno sobre la utilización que le dé su dueña. No puede engañarme, esto es algo que veo a menudo en mi trabajo y el de mis amigos. Ahora, lo que debe hacer es volver a casa. Pida un taxi, o una escolta. ¡Ah! Y no se olvide de devolver la tarjeta a su dueña. Insisto.

Alister expuso un excedente de seguridad que volvió a Maggie aún más furiosa. Pero no era capaz de ponerle en evidencia, porque a ella y a Celia también les esperaría una multa si llamaba la atención de las autoridades. No, no era necesario tensar más el hilo y provocar un fatal desenlace. Aunque con la única palabra de ella sería suficiente para detener a Alister: así era la ley, solo su palabra contra la de él era válida, incontestable. Después de todo, era una ciudadana ejemplar, incapaz de mentir a ojos de la ley. Su ley, esa que en caso de registro nadie comprobaría jamás la información de su tarjeta para acceder a su identidad y grado de sociabilidad autorizada, aún existiendo la obligación de hacerlo. Pero las autoridades pasaban por alto este procedimiento.

Todo el mundo sabía que la mujer no mentía.

La acusación recaía directamente en el varón. Durante unos segundos mantuvo los ojos fijos en su némesis, pretendiendo empoderarse, hasta que, definitivamente, agachó el rostro, reconociendo así su derrota. Alister reflejaba ahora a un hombre honorable, respetuoso, y ella, en cambio, una cría impertinente, inconsciente y peligrosa.

No hallaba la manera de vengarse, todas las alternativas rebotarían contra ella. Los movimientos y pruebas de la cita con Alister eran demasiado evidentes como para que fuera detenido.

 

El smarthy de Maggie no cesaba de sonar. Lo dejó en silencio, no iba a hablar con Celia ahora que por fin encontró paz con Alister. Seguían en el parque, en el mismo banco. Quiso sincerarse con él, aunque no completamente, pues mantuvo en secreto —y él no le preguntó en momento alguno— cuál era su grado de sociabilidad permitida. Arrepentida, terminó apiadándose de su acompañante por su soledad y frustración. No trataba de sentirse culpable, claro está, pero la invadió una ternura inusual.

—¿Sabe qué? Mirando ahora todo esto no que nos rodea… creo que debemos sentirnos afortunados. Estamos vivos, somos capaces de todo. Y en cambio, nos entretenemos en mentiras, violencia, prohibiciones, leyes absurdas… No logramos ver más allá del cemento y el plástico de las ciudades. ¿No sería mejor volver a la libertad de antaño, a comunicarnos como seres humanos que somos, todos, iguales?

—No vas a hacerte pasar por mi terapeuta. No tengo ningún problema personal —contestó, algo ofendida.

—¡En absoluto! Pero usted no es como las demás. Usted puede cambiar las cosas.

Esta frase, que no fue la última de Alister, rondó la cabeza de Maggie durante el resto de la tarde, sin alcanzar a comprender su significado. Consideraba que la sociedad estaba bien, tal cual la conocía, ¿qué debía cambiar? No halló respuesta.

Ya era tarde y Alister quiso marcharse. Maggie procuró que no se notase demasiado su tristeza.

—¿Me contarás otro día la historia del muchacho que fumaba tabaco?

Un grupo de personas que pasó junto a ellos en ese instante los miró incrédulos, enrojecidos a causa de la vergüenza por las palabras de Maggie. Sin perder el ritmo, avanzaron a paso ligero para alejarse de ellos. Los dos se echaron a reír.

 

En el coche, ya a solas, Alister activó el dispositivo Morse. Exclamó varias veces el nombre de su contacto. La tardanza lo impacientaba nerviosamente.

—Craven. ¡Craven! Maldita sea, ¡Craven!

Un hombre de voz suave respondió. El display del volante se iluminaba a cada palabra pronunciada.

—Alister, sinvergüenza, ¿ha habido guerra? ¡Ja, ja!

—No. Necesito saber si ya has localizado a la propietaria de la tarjeta.

—Uy, el señor diplomacia está algo alterado… —dijo Craven con sorna mal disimulada.

—Por favor, amigo, es importante. ¿Quién es esa mujer?

—No te mintió en el nombre, es Margaret State. Vive en la ciudad. Tiene 22 años. Mmm, mmm… Casi te la juegas. Tiene tarjeta blanca. Condena asegurada a cinco años de cárcel. ¿Cómo diablos has podido estar con ella tanto tiempo? Ya sabes, no puede tener citas, ni sexo, ni novio ni nada. Eso sí, vive sola. En el tema del trabajo también ha sido sincera. Debe estar forrada,¡ja, ja, ja! Y he encontrado a la portadora real de la tarjeta amarilla. Celia Winter.

»He conseguido entrar en el registro del bar. Por poco me pillan, tienen una buena informática. Lo que me está costando es entrar en el sistema de la tarjeta de esa tal Celia.

—Bien —sacó la tarjeta blanca de Maggie de su bolsillo, contemplándola bajo su risa malintencionada, algo más descarada que la que alteraba tanto a la muchacha—. Es una suerte que esta tarjetita se le cayera el bolso y fuera a parar justo debajo de mi zapato. Si no hubiera tenido el cordón desatado, ahora mismo no estaría vengándome de ella. Bien, Craven, avisa ahora mismo a las autoridades de que una tarjeta amarilla, a nombre de Celia Winter, ha sido robada. Vamos, ¡da la alarma!

―Te repito que es difícil acceder al sistema de esa tarjeta para activar el aviso a las autoridades.

―No entiendo cómo un hacker como tú no lo ha conseguido ya. Si pudiste amañar mi ingreso a la Administración, ¿cómo es posible que se te resista una maldita tarjeta de permiso? Esa niñata no va a salirse con la suya. Quiero que rastreen su actividad en la red social. Quiero que la multen y sea una vergüenza para su familia. Con un poco de suerte, la despedirán de su trabajo.

—¿No crees que te estás pasando? Todo esto podría volverse contra ti.

La caída del sol avanzaba a medida que Alister llegaba a casa para cenar y cambiarse. La noche, su reino, irrumpía con la impaciencia de salir de juerga con sus amigos. Y hoy tenía más motivos que de costumbre.

—En absoluto. Además, no tiene ni idea de la Ley de Integración. Lo que yo creo, y estoy siendo benévolo, es que solo deseaba calentarme y dejarme tirado, reírse de mí por ser hombre. Ya ves, la jugada le saldrá cara. Mira, Craven, estoy blindado con mi tarjeta roja. Mi reputación no puede ser mejor, hace años que no salgo con mujeres, las cámaras del bar y del parque muestran claramente mi comportamiento satisfactorio. Y la red social, oh, ¡por favor! La red social… apenas hay datos de los dos, y he guardado la conversación, por lo que sus intenciones son evidentes. Ha quedado muy claro que me ha engañado y usaré estas pruebas en caso de ser necesario.

—¿Sabías lo que podía pasar? Ten en cuenta que, cuando la detengan, te interrogarán e investigarán.

—No, pero cuando la vi, lo supe. Al principio quise irme de allí, pero habría sido peor. Con un grito y una acusación bastaba para llevarme a la Comisaría. ¿Qué harías tú si a los dos minutos tu cita decidiera marcharse?  En cambio, siguiéndole el juego y manejándola psicológicamente, todo ha ido bien. Si hay algo que me duela más, es que intenten engañarme. Y si pretenden meterme en líos, ¡amigo!, estás perdido. Nadie juega con Alister Maud.

Por Marcos A. Palacios

¿Te ha gustado? Puedes leer la anterior aventura del protagonista en Su salvación por un módico precio.

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Tripulación CosmoVersus

Marcos A. Palacios
Marcos A. Palacios
Administrador de CosmoVersus, autor de 'Fantasía y terror de una mente equilibrada'. Ciencia Ficción, Terror y Fantasía, en ese orden, son las que han provocado esta locura. Después, los cómics, el cine y la música han aderezado el camino.

2 comentarios sobre «Nadie juega con Alister. Por Marcos A. Palacios»

  1. Que desproporcionada la venganza, y eso que al final Maggie se arrepintió y decidió no jugar. A pesar de las malas intenciones iniciales me ha dado pena, porque la mala baba de Alister hará daño a terceras personas, a Celia y al resto de la familia. Encima me ha dado la impresión de que Maggie estaba prestándose a tal juego un poco inducida por su hermana.

    1. Hola Frida, gracias por tu comentario. En efecto, las leyes tienen doble rasero, las normas sociales, de conducta, todo… las personas somos volubles, influenciables… con todo esto vengo a decir que seguimos igual pese a los cambios, mejoras, sean o no injustos, y que siempre habrá forma de usarlos a nuestro antojo, para bien o para mal. ¡Un saludo!

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