‘Noche de meigas’, un relato de Marcos A. Palacios

A veces, a Renata le cuesta estudiar para ser la Suprema meiga. Hay muchos contratiempos, pero ella misma, quizá, se lo ha buscado. Ahora, es su oportunidad de demostrar lo que sabe. Noche de meigas, un relato de Marcos A. Palacios.

Noche de meigas

Renata lanzó un bramido al hombre gato, una escuálida criatura, menuda y de matasiete mirada, que momentos antes había tirado por el suelo de la barraca todos sus brebajes, preparados y tarros de especias. La alimaña saltó a través del ventanuco, único reducto de ventilación que aireaba como mejor podía el interior de la casucha, escapando de los reproches de su dueña. A solas, la aprendiz de meiga lloró con desazón todos los intentos del hechizo que más se le resistía. Fuera por un error de dicción, fuera por el endemoniado y deforme ser que le hacía compañía en la montaña y que siempre trabucaba sus oficios, día tras día fracasaba en el último ejercicio que la consagraría como la mejor de su parroquia.

―Es que eres muy débil ―le decía el hombrecillo soltando silbidos entre los felinos dientes de su boca―. Por nada te asustas, por todo sufres.

A veces, Melquíades, nombre al que respondía el impertinente ser, se ponía muy filosófico. Insoportable. Renata platicaba con sus comadres acerca del parvo diantre que un día encontró en el hueco de un roble, maniatado y cubierto de espinas de rosal. Algún energúmeno había hecho de él una malaventura, lo mismo que deseaba hacer ella todos los días. Pero, por casualidades de la vida, o maldades del infierno, no podía deshacerse de la bestiecilla, pues cuanto más probaba a echarla de casa, más tormentos se sumaban a sus desdichas. Y al poco de volver a dejarla entrar a su redil, la paz retornaba por completo.

―Yo te digo que es un demonio, de esos caseros que solo vienen a servirnos ―aseveraba Saturnina.

―Pienso que es un pobre desgraciado que nació maldito ―sermoneaba Clementina.

―Que se trata de un trasno, mujer ―arengaba Antonina.

―¿Pero tú has visto la facha que tiene? ¡Qué trasno ni qué ocho cuartos! Es un diablillo ―refutaba Saturnina.

Renata, cansada de tanto chismorreo, mandó marchar a las alcahuetas, no sin antes intercambiarse recetas para el demandado ensalmo en el que todas trabajaban. Tras el récipe de aquella tarde, y para calmarse, tomó una bujía y se arrinconó junto a la chimenea a estudiar, ahora que Melquíades andaba correteando por el campo, asustando viejas y acosando lavanderas como una mantis entre los arbustos avizora a su presa.

Malhumorada quedóse dormida sobre el monumental códice, cuando Melquíades, regresando de su travieso periplo, aprovechó para poner la zarpa sobre él y dejar marca de barro y yerba. Así pues, trastocó las grotescas miniaturas y las recias inscripciones de varias páginas, porque él también quería saber, estudiar y aprehender las artes del oficio de meiga, algo a lo que Renata se oponía rotundamente bajo amenaza de tortura. No pocas veces salió el diablillo corregido en crueles escarmientos. Porque ella sabía mandar en su hogar, y la marmita estaba siempre a punto para cocer al homúnculo; ya su rabo había sido víctima de tan morrocotudo castigo. A la próxima, iría todo él al fondo del recipiente, acompañando a las verduras que bailaban en el hirviente mejunje.

No obstante la naturaleza de Melquíades lo incitaba a continuar con sus diabladuras muy a pesar de sufrir después la ira de su dueña. Cualquiera podía ser objeto de las invenciones que su pequeña y maltrecha mente, empujado, quién sabe, por satisfacer las ansias de venganza contra un mundo tan diferente a él como el grado de su deformidad, tanto física como mental. Así, su aspecto felino no era apto para las gentes de las parroquias cercanas. De ahí que Renata lo mantuviera oculto y únicamente conocían de él sus amigas y comadres, a excepción de los desgraciados que, como antes hemos comentado, convertía en sus víctimas. Todo esto provocaba un halo de supersticiones y habladurías en la comarca, esas cosas que llegan a formar, con el paso del tiempo, leyendas autóctonas.

Pero lo que Melquíades tomaba como maldición, Renata lo intuía como un don. Lo que hacía especial a su mascota era, precisamente, su cuerpecillo elástico, la nariz bifurcada como un hocico al que le han dado un tajo, los dientes caninos desarrollados, la escasa lana que cubría su cabeza plana y enjuta, la abultada giba que recorría el cuello hasta casi la cintura y lo hacía parecer un animalucho asustado, las manitas arqueadas que todo lo manoseaban como zopenco; incluso su forma de hablar, gangosa e infantil, lo dotaba de algo casi encantador, de no ser porque terminaba impacientando a su criadora, quien le profesaba tanto cuidado como escarmiento.

La razón por la cual Renata no podía deshacerse de Melquíades, ya explicada, desesperaba a la aprendiz de meiga, quien no veía avanzar resultados en sus estudios por culpa del animalucho, y a su vez algo le impedía quitárselo de encima. Podría él mismo ser el resultado de un aojamiento de meigas rivales, pero entre las que formaban el akelarre no existía hostilidad alguna que pudiera provocar tal situación. Así pues, Renata se encontraba frente a un dilema en permanente tensión, un círculo vicioso que solo podría acabar con el hechizo maestro. “No puedes vivir sin mí, pero tampoco a mi lado”, le decía Melquíades, burlón.

Por aquellos días nadie en las parroquias sospechaba la actividad de las meigas, aunque era un secreto a voces que tanto ella como las comadres que frecuentaba se dedicaban a asuntos ocultistas y brujeriles, sin impedimento para que la cordialidad fuese negada a todas ellas. Muy al contrario, eran tratadas como las sanadoras que eran, conocidas por tales habilidades. Solo que algunas de ellas tenían otros ocultos menesteres, como Renata. La muchacha sobresalía entre las demás, ya fueran jóvenes o veteranas, y prometía un dichoso y fructífero futuro en sus artes. Siempre que Melquíades anduviera lejos.

El último akelarre se celebró una intensa noche de niebla y Luna Llena. Rodeando la lumbre, ataviadas de ropajes que cubrían toda su figura y rostro por completo, al suspiro tosco del cárabo nocturno, reunidas para la lección final de Renata, las meigas canturreaban ignotas invocaciones en melodías cadenciosas. Cubiertos los cuerpos por el humo de la fogata y el pestilente incienso de hostiles aromas, comenzaron, con Renata ocupando el lugar adecuado, la espantosa sesión de actos paganos.

No sin antes ser interrumpidas, ya cuando Renata tomó el códice para sentenciar los diabólicos salmos, por un animalillo desgarbado y tardo, que asustó a las allí presentes con risitas que asemejaban más bien maullidos burlones. Tembló Renata al ver a Melquíades asomar su hocico entre las comadres, presintiendo desgracias e infortunios en la noche más importante para su calidad de meiga.

―Maldita alimaña, ¡te dije que no te acercaras! ―exclamó, fuera de sí.

―¡Pobrecito! ―dijo Clementina, acunando al homúnculo en su regazo―. Si quiere ser meigo, pues déjale.

―No seas inocente, comadre. ¡Como algo salga mal ―dijo Renata, dirigiéndose a Melquíades―, te juro que te lanzaré a los lobos para que descuarticen como la carnaza que eres. Eso si no los intoxicas, porque estás hecho de puro veneno. ¡Quédate ahí, quieto!

Tras el revuelo, ya calmado el corrillo, volvió a iniciar la novicia los profanos cánticos, sirviéndose del taumatúrgico códice. Mientras, Clementina acunaba a Melquíades, y le mostraba un lexicario para que entendiera de qué iba todo, soplándole al oído cómo interpretar las palabras.

Por fin, el hechizo fue pronunciado en su totalidad. ¿Qué se supone que debía pasar? Todas, en silencio, esperaron la resolución. Renata, impaciente, volvió a imprecar a Satanás y repitió la oración. ¿Por qué no surtía efecto? Saturnina, nerviosa, se acercó a Renata para calmarla y averiguar el motivo del fracaso de la muchacha. ¡Era tan brillante, altanera y aplicada! ¿Sería Melquíades la causa? ¿O quizá Renata le tenía tanta manía al hombre gato que atraía ella misma el suplicio, se dejaba sugestionar por la mala ventura que creía que le administraba aquella hechura humana? La vieja le hizo repetir de nuevo. Pero nada ocurría. Ya impacientada, abroncando a Renata, leyó ella misma el hechizo en voz baja.

―¿Pero esto qué es, infeliz? No está bien escrito. ¿Cómo puede ser? ―se sorprendió Saturnina.

―Pero aquí pone… ―se excusaba Renata, repasando el sortilegio.

―¡Que no! ¿No ves, desgraciada, que está manchado de barro? ―Saturnina rascó el folio, desprendiendo así la capa de suciedad que cubría las palabras.

Ahí mismo, sobre las inscripciones, reconoció Renata las zarpas de Melquíades. De nuevo, el bribón había conseguido sabotear su consagración como suprema. Se revolvió entonces el corro de jorguinas allí presente, algunas riendo; otras, desarregladas por el curioso evento. Por eso todo continuaba igual: al pronunciar Renata las palabras mágicas de forma incorrecta debido a los sucios tiznes, había equivocado el hechizo.

―¿No hace demasiado calor aquí? ―aseveró extrañada Antonina. La vieja estaba sofocada, sudando como una olla. Y la fogata crecía y crecía con flamantes llamas, gigantescas lenguas ardientes entres las cuales apareció la forma impía de un negro macho cabrío, de ojos incandescentes y retorcida cornamenta, tanto como un cadozo marino.

Todas volvieron los ojillos a Renata, que juraba y perjuraba que ella no había sido, que su hechizo solo invocaba la luz del Maestro para manejarla a su antojo; ese, y no otro, era el exhorto del conjuro secreto.

―Tus palabras han sido oídas, y en ellas se cumplirá tu deseo ―dijo el macho cabrío desoyendo los lamentos de las presentes y mirando fijamente a Renata.

Melquíades mordisqueaba la roña de sus zarpas.

―Ensalmos mal dichos provocan desgracias ―dijo con sorna felina.

Pero ya nadie lo escuchaba. Rió a solas, lamiéndose el sobaco, resguardado bajo los vacíos ropajes de Clementina.

Noche de meigas.

Fotografía de cabecera: freepik.es

©Marcos A. Palacios.

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Tripulación CosmoVersus

Marcos A. Palacios
Marcos A. Palacios
Administrador de CosmoVersus, autor de 'Fantasía y terror de una mente equilibrada'. Ciencia Ficción, Terror y Fantasía, en ese orden, son las que han provocado esta locura. Después, los cómics, el cine y la música han aderezado el camino.

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