‘Ollantaytambo’. Un relato de Edu Melero Verdú.

Este cuento de Edu comienza rezando «Qué genial es la era Internet, ¿verdad?». Y es cierto. También tiene sus contras. Veamos lo que nos dice Enzo, que pasó de ser un ávido aventurero a… otra cosa. Lee Ollantaytambo si quieres saber más…

Qué genial es la era Internet, ¿verdad?

Si uno se parara a pensarlo, hace apenas unos años no existían las facilidades para el día a día que nos ofrece Internet, como son las compras y ventas inmediatas, el contacto directo con una persona, toneladas de pornografía… y todo al alcance de un simple, un paupérrimo click.

Eso, o algo similar, sería lo que seguramente estaba pensando Enzo Rodríguez en el momento en el que envió su perfil a una página de matrimonios exprés, como resultado de una noche alcohólica con sus compañeros de expedición, allá por el antiguo Templo del Sol de Ollantaytambo. Lo más sorprendente, sin duda, era que hubiese cobertura de Internet allí; Enzo era conocido, incluso por sus colegas arqueólogos, como un temerario sin tregua, un adicto al peligro, un fan acérrimo del riesgo… y eso que él era un simple antropólogo. Tal vez esta sed de emociones fuertes fuera el motivo por el que, de vuelta a la civilización —civilización occidental, se entiende—, no sólo había mantenido dicho perfil en dicha página, sino que había fardado de él ante sus amistades cada vez que volvía a haber una… noche alcohólica.

«Varón busca compañía excitante», rezaba su biografía digital, con una foto que se había hecho en sus tiempos universitarios y a la que tenía especial aprecio; por supuesto, el doble sentido de sus palabras era completamente intencionado. «Yo también busco algo excitante», le respondió una tarde de marzo una mujer identificada como «Buttercup_19». Lo que parecían implicar sus palabras y su nick era, ciertamente, peligroso… y por supuesto, Enzo le respondió: «¿Ganas de aventura?». Y ahí terminó su conversación.

¿Qué? ¿Acaso hacía falta decir más? El hecho de que todo funcione con un click conlleva que una relación funcione en cuanto dos personas hacen dicho «click».

En apenas una semana ya tenían concertado el sitio y el pastor que había de casarlos; sólo quedaba conocerse. Tenía que admitirlo, Enzo había estado realmente nervioso, incluso preocupado, por lo que pudiera encontrar… y, claro está, también completamente exultante de emoción por la incertidumbre. Por suerte, no era una asesina ni nada parecido; de hecho, Enzo esperaba encontrar al estereotipo de persona solitaria, fracasada y frustrada. Y nada más lejos de la realidad: Rochelle Fanning era una mujer alta, atractiva, y realmente interesante.

Nada más intercambiar el saludo, Enzo le mostró un enorme anillo de compromiso, y ella le devolvió el favor con un enorme beso en los morros. La boda, tan exprés como su relación, fue en una pequeña capilla en medio de una playa, con las olas y los gritos de jugadores de voleibol de fondo. La noche de bodas, en el hotel de enfrente, les encontró sentados en la cama, uno al lado de la otra, sin saber qué decirse. Fue entonces cuando ella empezó a hablarle de una casa imaginaria, con setos delimitando el jardín, un estanque frecuentado por los patos, y, cómo no, una piscina.

¿Sería la «vida normal» la aventura definitiva que buscaba Enzo? El entusiasmo de ella, que con cada palabra hinchaba más el pecho, se le fue contagiando a él, hasta que ambos acabaron gritando de emoción y plantándose mordiscones en los labios, y haciendo el amor sobre la desarrapada cama del hotel. A la mañana siguiente, Enzo se despidió de su trabajo en el museo (no podría jugarse el cuello en inmensos viajes si quería vivir el ensueño suburbano), y compró una pequeña casita en un pequeño barrio residencial, con setos, estanque y piscina.

El día de la mudanza (el de después del despido, pues no tenían muchas posesiones), Enzo se detuvo en medio de la sala vacía que era ahora su sala de estar… y contempló lo que había acabado de hacer. Rochelle -ahora Señora Rodríguez-, apareció por la puerta, en el momento genial para animar a Enzo… «¿Te gusta la arqueología? Encontré esta lanza prehistórica en…», y ella asentía, sin mucho convencimiento. «Bueno… ¿y qué me dices de la situación en Oriente Medio? ¿Alguna idea?» de nuevo, ella asentía sin mediar palabra, con una sonrisa nerviosa. «¿…sabes hablar?» Sí, ella sabía hablar… pero sus temas de conversación acababan en el horrrible vestido que llevaba la peluquera.

Dos días después de su ceremonia de matrimonio, endeudado, y sin muebles en la casa, Enzo todavía se preguntaba con quién se había casado. Rochelle, siempre simpática, amable y servicial, intentaba agasajarlo haciendo panqueques, entre otras cosas. Pero, ¿a quién se le ocure hacer panqueques secos?

Mientras ella se bañaba en su flamante piscina antes de que hiciera efecto el cloro, Enzo no podía sentir más que compasión por lo mucho que se esforzaba Rochelle por contentarlo.

Bueno… la sentiría, si ella hiciera lo que a él realmente le hacía falta: ¡ponerse a trabajar!

© Todos los derechos de Eduardo Melero Verdú.

Edu Melero también ha intervenido en este portal con su ‘Análisis de Elemental, el primer disco de Loreena McKennitt (1985)’ y con sus narraciónes cortas Esperando el Amanecer y La vecina.

eduardo meleroEduardo Melero Verdú

Si fuera cuadro en vez de persona, sería algo así como esas acuarelas de paisajes tan ajadas y difuminadas que parecen una pintura fauvista (cuando es en realidad un lago con nenúfares). Podría parecer que esto es una desvaloración a mí mismo, pero todo lo contrario: me encantaría tener todos esos colores.

Soy un periodista que, mientras está en paro, enseña música. También soy un músico que, mientras no toca, escribe críticas, diálogos, o cualquier burrada que se me pasa por la cabeza. Si veis mi nombre y frases aquí, es gracias al creador de esta web. ¡Pero no le digáis que os lo he dicho!

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