‘Papel de quemar’. Por Marcos A. Palacios

Me quedé mirando como un pasmarote aquel mensaje en la pantalla del ordenador. Avergonzado sin motivo rondé las posibles razones del desplante de Cris. ¡Pero si era ella la que no quería nada serio! Por una vez que le insinúo una invitación placentera, me contesta que todos los tíos solo pensamos en lo mismo… O bien quería deshacerse de mí, o se estaba burlando.

No podía existir peor amargor para una noche de confinamiento. El toque de queda comenzaría en pocos minutos. Cerré y aislé las ventanas, excepto la puerta, el repartidor no tardaría en traer la pizza. Por delante tenía una noche, o quién sabe, varias noches, para escribir en soledad, y necesitaba compañía comestible. El tiempo se echaba encima y el repartidor no aparecía. Demonios, esta chusma hace lo que quiere. ¿O soy yo el que no se entera de nada? Miré de nuevo el mensaje de Cris. Estúpida niñata, provocó en mí la cólera del escritor frustrado, la borré de todas las redes para no soportar más la culpa. ¿Qué culpa, maldita sea?

Los golpes de la puerta rompieron mi paciencia, ya tenía preparada la hoja de Word para escribir. Sí, todo listo. Faltaba lo más importante, y que ese impertinente repartidor me lanzó por el hueco de la puerta sin esperar a abrir del todo.

―Veinte euros, caballero ―dijo el insolente, asomando la mano y apremiando con rápidos gestos. Veinte latigazos te daba, pensé. El toque de queda, ¿no? Haberte dado más prisa, “pringao”.

Le tiré el dinero al suelo, como si se me cayera accidentalmente, y tuvo que agacharse a recogerlo. Ni me molesté en esperar a su reacción, cerré de un portazo, del mismo modo en que sus sentimientos me estarían apuntando como blanco de su odio y rabia. Ya tenía todo listo. Cena, y a escribir. Mi satisfacción fue sublime al comprobar que las cervezas estaban bien frías, al punto de hielo, como se solía decir, con escarcha. Empezaba una nueva etapa, pensé, sin tías insolentes que despreciaran mis habilidades sexuales, ni inmaduras indecisas que me volvieran loco. Unos días aislado, centrado en lo que me importaba realmente.

Mi excéntrico gusto trastoca a la gente. Bueno, ellos se lo pierden. Y yo gano en falta de distracciones. Apagué el móvil y me dispuse a sentarme frente al ordenador. Un bocado de pizza, un sorbo de cerveza, y puse en marcha mi creativo cerebro donde memorizaba los ingredientes de la novela, lista para desbordar en la pantalla, brillar con solidez y deslumbrar a los incrédulos lectores. Tenía al sindicato de escritores metido en el bolsillo, todos comían de mi mano, me alababan… ¿quién necesita una niñata como Cris, teniendo el éxito asegurado? ¿Por qué demonios seguía pensando en ella?

A eso de las doce de la noche escuché un ruido, seguido de un eco, proveniente de la parte trasera del piso, que daba a las escaleras de incendio. Toqué la pared y coloqué el oído suavemente en ella. Nada, silencio y frío. Separé un armario de la ventana contigua y subí la persiana unos milímetros. La noche tragaba niebla, todo tranquilo. Me ericé entero de pensar que esas cosas pudieran estar pululando por ahí. La oscuridad marchitaba la alegría de las calles durante las horas de luz, pero a mí me agradaba el paisaje. Volví a colocar el armario bloqueando la ventana y continué escribiendo. Al cabo de un rato guardé el resto de la cena en la nevera, para el día siguiente, pero la cerveza… no pude acabar el último trago, ese que dejo para el final y que tanto me refresca después del bocado final, porque mi mano, no por torpeza, tiró la lata sobre la mesa. En el momento de ir a cogerla, se fue la luz. Escuché el gluglú del resto del contenido verterse y chapotear al suelo. ¡Qué desperdicio! Lamí lo que pude, pero me corté la lengua con algo, ¡uy!, tanto desorden… imbécil, muerto de hambre. Es solo una cerveza.

Comprobé el diferencial y no pude lograr dar la luz otra vez. Busqué los quinqués de aceite para emergencias y, a la luz mortecina y decimonónica, me quedé, tonto de mí, mirando la pantalla del ordenador. Sin batería ni luz, aquello se quedaría así hasta que el diablo quisiera hacer volver la electricidad. Mala suerte. Busqué algunas hojas, y, haciendo acopio de memoria, continué el relato iniciado horas antes en el ordenador. Casualidades, pensé, o más bien mi negra actitud de ese día volvió en mi contra los placeres agendados para el confinamiento. ¿Y de quién era la culpa, de nuevo? Pues de esa, que me rondaba como un quiste. Al final resultaría que sentía algo más por ella, si no, ¿por qué me dolía tanto su respuesta? ¿A qué juegas, Cris?

No podía creerlo. Unos cuantos folios, ¿y el resto? Gastados. Usados para tonterías y notas de recordatorios. Siempre tengo papel de sobra en los cajones del escritorio. ¿Se los habrían comido ellos? Imposible, no saben escribir, ni leer, seguro. Me habrían comido a mí antes. Cuando tienes una emergencia es cuando te das cuenta de lo incauto que has sido en momentos de vacas gordas. Lo dejas todo para el último momento y ya no recuerdas lo que necesitas.

Ordené un poco la habitación y encontré un periódico con una foto enorme de algún político. Usé los márgenes como superficie para el final del capítulo que había empezado. Una vez grapado a los folios, miré por toda la casa qué más podía usar para escribir. Sin ordenador ni folios… Ahí está. Las paredes. Pero había un problema. El bolígrafo no pintaba bien en horizontal, la tinta no se mantenía en la punta. ¿Rotuladores? Sí, alguno tenía. «Vaya, mira, un “edding”, y huele fenomenal, casi te colocas, uf, qué fuerte, me encanta, a ver, un poco más… aspirar, aspirar con cuidado. ¡Dioses y demonios, esto huele de maravilla…! Qué golpe en la cabeza… pero si estoy de pie. Me he pasado un poco, ¿qué mierdas lleva esto? No será que me puedo enganchar, ¿no? Los porros los dejé hace tiempo. No quiero recaer en…»

Eso es, yo mismo, en mi brillante actitud, me hice con el solución. Los porros. Ya no fumaba, pero tenía un puñado de cajitas de papel de liar, uno que quemaba muy bien, recuerdo. “Si los voy pegando uno a uno, se me hará muy fácil escribir en ellos. Formaré cuartillas. Aprovecharé la superficie de esta manera: con un lápiz, mejor que con un bolígrafo, escribo por una cara y, al escribir por la otra, lo haré entre las líneas de la cara anterior para que no se transparenten las palabras y evitar que se hagan ilegibles”.

¡Mierda!, me dije yo mismo con sonrisa moribunda. Las cervezas se van a calentar, sin electricidad que las enfríe. Rápidamente, saqué las que pude. No, tienen que estar frescas, no puedo dejar que se pierdan. Por lo menos unas pocas, hasta que vuelva la luz.

Bebí unos tragos al ritmo que construía las cuartillas con los papelillos de liar. Qué bien olían también, parecía que me llegaba el aroma de la hierba de antaño. Pero… ¡cómo no iba a olerla, si bajo las cajetillas de papel había una bolsita de buen material, todavía aprovechable, camuflada en el fondo!  “No, imbécil, no lo hagas, no caigas, que sabes lo que te hace eso luego. Anda, venga, que esto solo alegra. Y para la noche que voy a pasar… mejor que oler el jodido rotulador. Seré mi único juez, ¿quién me va a recriminar? ¿Cris? Menuda mojigata, la tía, como si fuera ella una santa. Qué manía le estoy cogiendo”.

Escribiendo, escribiendo, qué largo se hacía todo… ¿estaría amaneciendo? Latas de cerveza por el suelo, fuera del alcance del halo del quinqué junto al ordenador, pero estaban ahí. Como las malditas ideas de la narración que se iban diluyendo en sombras porque no, no me inspiraba. ¡Demonios, si ya lo tenía todo pensado! Pero a cada cuartilla que terminaba, se me ocurría algo más y… el fin, la muerte del escritor. Se terminaron los papeles de quemar, ya no había cuartillas, y aún quedaba mucho para el final de la novela. Claro, podía seguir otro día… pero, ¿y si no había otro día? Ojos rojos, olor a hierba… cansancio, y el reloj marcando el amanecer. ¡No, aún no! Esta noche se atrasa la hora, todavía tengo una hora extra.

¡Ah! ¿Qué importa, si estamos en toque de queda? “Quiero dormir, pero mis manos escriben en el aire y las palabras se las lleva la noche, necesito más, escribir y escribir, no puedo detenerme o será un fracaso… ¿Dónde está la alternativa? Sí, ¡las paredes! El rotulador, ese de punta gorda que huele tan bien… ¡Oh! Y veo la bolsita de hierba… “

Entonces no tuve más remedio que abrirla, el aroma que me embriagaba consumía mi letargo, activó mi sistema inmunológico contra el sueño, solo con eso me colocaba, y pensar, recordar en el papel ardiendo, consumiéndose… No tenía más, todo lo había empleado en las cuartillas caseras, ¿alguna tenía huecos? Por ahí debía haber una incompleta, “rebuscando encuentras”, me dije, y ahí estaba, por una sola cara. ¿Qué solución podría encontrar para la parte que estaba escrita y, así no perderla? La pared. El rotulador.

A las dos horas todas las paredes se hallaban escritas con el “edding”, y yo, venga a reír sin parar, y a bailar, porque ya no me quedaba ninguna cuartilla de papel de quemar. Mi risa y el eco en las paredes, y ellos me respondían con aullidos desde las calles desiertas.

Llaman a la puerta, pom pom, ¿qué hora es? ¿Ya es de día? Algún colega, supongo, me visita temprano, verás el regalito que tengo para él, como en los viejos tiempos, ¿eh, Toni, colega? ¿Te acuerdas? Que rule. Abro, es Cris, aunque está un poco rara. ¿A qué vienes, imbécil? ¿Ahora quieres que te de lo tuyo? Estás fatal, tía… pero… ojos amarillos, dientes puntiagudos, piel áspera y… la noche, aún es de noche, la niebla, y el viento que hiela la sangre.

Por Marcos A. Palacios

Lee más narraciones

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

Tripulación CosmoVersus

Marcos A. Palacios
Marcos A. Palacios
Administrador de CosmoVersus, autor de 'Fantasía y terror de una mente equilibrada'. Ciencia Ficción, Terror y Fantasía, en ese orden, son las que han provocado esta locura. Después, los cómics, el cine y la música han aderezado el camino.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: