Para ti, la Luna entera

En ocasiones hacemos sacrificios por amor que no siempre salen como deseamos. El mejor de ellos es seguir siendo nosotros mismos, con un poco más de valor, eso sí. Para ti, la Luna entera. Eso pensó el protagonista de esta tierna historia.

Me lo repetía siempre que podía, sin apartar un segundo la atención a su smartphone: «Si pudiera, te pediría la Luna, pero eres tan soso»… Desde hace años se quejaba de mi capacidad industrial para aburrirla. Que si no tienes sangre, que me voy con mis amigas a «posturear», que te quedes en casa a cocinar, que viajar no es para tí. Lo cual resultaba irónico, porque durante los años de noviazgo yo ya manifestaba mi carácter, y a ella no parecía ofenderle.

De un tiempo a esta parte consideraba que las personas debemos cambiar, que los años nos inducen a aprender y a contradecirnos. «Eso es evolucionar, cariño». Ya no quedábamos juntos ni para ver a los pocos amigos que nos quedaban. Que me quedaban. Ella conocía gente nueva todos los meses. En cambio, yo prefería quedarme en casa con mis libros, mis películas y mi telescopio. Apenas iba de vez en cuando al Club Satélite, mi club de amigos de la Astronomía, que fundé hace ya mucho tiempo, y del que formábamos parte unos pocos aliados en el entretenimiento de observar calladamente las estrellas, sin que estas lo sepan. O acaso se hacen las tontas y presumen ante nuestros ojos.

Tampoco quería viajar conmigo. Decía que necesitaba energía, vitalidad, visitar y recorrer ciudades enteras, «Vivir, cielo, eso es viajar. En cambio, pareces muerto. Mira esas arrugas en la comisura de los labios. Con lo joven que eres». En efecto, nada me emocionaba. Resulta incómodo no recordar si siempre había sido así. Como no tengo casi fotos de niño ni adolescente, no puedo acordarme. Las pocas que guardan mis padres… ¿para qué contarlo? No vale la pena. Pero diré que sí, ahí estoy yo, con la mala suerte de que si no recibía una sombra que me tapaba, justo en el momento de disparar me pillaban mirando a otro lado.

Llegó un momento en que tuve que reconocer mi inclasificable personalidad. Vete a saber qué era lo que me pasaba. Ni me molesté en acudir a médicos. Un amigo del club sobrevaloraba las opciones: falta de ilusión y objetivos, depresión, cobardía ante los sinsabores y obstáculos del día a día, crisis de vida… hasta vagancia pura y absoluta. El caso es que la insistencia en mis hábitos solitarios y del club contradecían el resto de hipótesis. Hasta que este amigo tuvo una idea: regalarle la Luna a ella. Así dejaría de subestimarme ante tamaña empresa. La cuestión era cómo hacerse con la Luna y bajarla a la Tierra.

No tardé en hallar la forma. Cada vez que que había Luna Llena, desde mi estudio en el club me encerraba con el telescopio más potente que teníamos, enfocaba al satélite blanco y, cuando lo tenía a tiro, perfectamente encuadrado en el objetivo, alargaba la mano hacia la imagen y me hacía con un trozo de su superficie. De esta manera, en unos cuantos meses podría montar una maqueta de la Luna, si no era posible tenerla entera. Porque, lógicamente, los estragos que podría causar hacerla desaparecer serían terribles para los seres humanos. Sin contar que montarla al completo no era viable, no cabría en el garaje. Así que allí mismo, en una caja de herramientas, fui guardando los trocitos que cada mes le arrebataba a la Luna. Ella nunca me recriminaba lo que estaba haciendo. No era como mi esposa. ¿Habría comprendido mis razones?

Al poco tiempo ella despertaba por las mañanas deshaciéndose en halagos hacia mí. «Qué color tienes últimamente, nene, no sé qué te pasa, pero estás estupendo. Nada que ver con el de hace unas semanas, parecías un personaje de esos planos y sin matices de escritor fracasado y que no lee a los clásicos». Y ahí mismo, le hice el amor. Todo era fruto de la iniciativa que mantenía mi ilusión concentrada en el día final, el día en el que le entregaría la Luna, aunque fuera un cachito imitando al satélite real. Y mis ojos brillaban tanto como los pedruscos que almacenaba en el garaje.

Llegó el día en que tenía suficiente, y no solo eso, sino que me estaba siendo imposible recoger más trozos. Mi telescopio no llegaba a más. Pero al ir a supervisar el cargamento, advertí que faltaba material. Y así, a otro día también, hasta comprobar que había desaparecido la mitad de los trocitos que mes a mes iba recolectando para mi amadísima esposa. ¿Donde estaban, pues, esos pedazos de Luna? ¿Se habrían volatilizado gratuitamente por su permanencia en la Tierra? Ya habría tiempo de averiguar lo que estaba sucediendo. Con lo que tenía podía bastar para montar una buena réplica de la Luna. Ahora debía darme prisa, los invitados habían llegado.

Era noche de cena especial con sus amigos. A mis compañeros del club tuve que ponerles excusas. Ella no quería que estuvieran allí para amuermar la cena con sus exclusivas amistades. Solo que había que reconocer que charlar tampoco no era su punto fuerte. Las conversaciones se cortaban entre excusas por llamadas y actividad extrema y continua en sus smartphones. Los invitados empleaban más tiempo en fotografiarse entre ellos y a los platos para, seguidamente, subir las imágenes a Instagram. Parecía una batalla por el mejor postureo. Lo único que pareció sacarlos un poco de tono fue los postres que mi esposa preparó.

No quedaría espacio para enumerar todos los cumplidos ante las cualidades de los postres que los invitados mostraban hacia mi esposa. «Os voy a contar el secreto, queridos…» , y seguidamente enfocó la atención en mí, manteniendo el suspense y sonriéndome. Así, todos dirigieron sus miradas ante uno de los anfitriones. Hasta ese momento, nadie me había dirigido casi la palabra. «Cielo, no quería estropear la sorpresa, pero no he podido evitarlo. He cocinado estos postres con el queso ese tan especial que estabas guardando para mí en el garaje. Hace semanas que lo sé. Y de verdad, perdóname, pero lo que has hecho por mí ha sito algo taaaan bonito». Los demás aplaudieron fervorosamente ante esta confesión tan emotiva.

Queso. Había descubierto mis trocitos de Luna y los confundió con queso. Todos, yo incluido, habíamos comido de ellos. El problema ya no era la confusión, sino que cada vez me costaba más alcanzar un trozo de Luna, era imposible llegar más lejos. Podías ver desde la Tierra, a simple vista,el agujero que había provocado en mis secretas excavaciones. Si quería más, debía emplear un telescopio más potente, pero de momento aquella misión era imposible, en parte. Qué más daba. Había logrado captar su atención, su amor y admiración. Y allí mismo mi rostro adquirió el brillo de la superficie lunar, y todos quedaron asombrados sin parar de hacer fotos a mi nueva apariencia, para presumir en sus cuentas en Instagram.

Por Marcos A. Palacios

Foto de cabecera: FunkyFocus (Pixabay)

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