Sombra faldera

Enrique salió de la oficina el primer día de ascenso, orgulloso de sí mismo. Claudia también lo estaría cuando se lo dijera. ¿Y los niños? Eran muy pequeños para apreciar el valor que conlleva el trabajo duro. Él esperaba ese ascenso hacía semanas, pero prefirió callar y aguardar discretamente frente a todo el personal de la empresa y su familia, una virtud que le caracterizaba. No era gran cosa, pero así ya no tendría sobre su conciencia a ningún pelmazo arrogante que le dijera lo que tenía que hacer, corrigiéndole constantemente. Además, ahora estaba más cerca de Jiménez, quien había depositado mayor confianza en él. Así podría empezar a realizar cambios en la oficina, tales como recomendar cambiar el sistema de aire acondicionado, que, seguramente, incumplía las leyes, dado que en verano la temperatura era tan baja que algunos compañeros enchufaban en sus puestos un calefactor y se cubrían con una manta.

Fuera, en la calle, hacía un calor asfixiante, el sol deslumbraba y el camino hacia el aparcamiento discurría a través de una pequeña explanada sin cubiertas ni árboles, lo cual acentuaba el bochorno y la sensación asténica en todo el cuerpo. La sombra de Enrique, fiel a las leyes naturales, le pisaba los talones y se alargaba, breve, a través del asfalto. Precisamente así, como esa sombra, había llegado adonde ahora culminaba su carrera en la empresa: siendo el perro faldero de los jefes. Concretamente de Jiménez.

El día en que Claudia le aconsejó acercarse a los altos rangos, sin ser necesariamente condescendiente con ellos, Enrique no fue capaz de visualizar las consecuencias, pero cultivó día a día la sabiduría de su esposa, y en pocos meses de sacrificios morales el resultado se hizo evidente. Desde este momento no sufriría ataques de ansiedad a causa de la incertidumbre de estabilidad en su empleo. Cambiarían a los niños de colegio para tenerlos más cerca ―de la casa de los abuelos― y se permitirían ese homenaje de viajar por el Mediterráneo en un crucero de lujo. Claro, de lujo, porque ahora, dentro del círculo de Jiménez, no podía decir que se iban al pueblo. Que el día que se le ocurrió alardear de montaña y río con los de la tercera planta, menudo cachondeíto.

Sí señor, todo estaba bien encaminado. Hacía cuatro años no imaginaba lo que iba a conseguir con el sudor de su paciencia y orgullo, y con la ayuda de Claudia, siempre atenta, siempre queriendo lo mejor para los dos, para la familia. La meta llegó antes de lo esperado. Con treinta y ocho años y ya había resuelto el crucigrama del paradigma, el sueño español. Otros se estancaban donde él superó hábilmente los obstáculos con maestría, laboriosamente, dejándose llevar y ocultando emociones, sonriendo siempre a todos, incluso a los envidiosos y tramposos. Los «herederos de la empresa», como él los llamaba, ese grupito de infelices que se juntaba en el bar a la hora de comer para reírse de los demás, criticar y… no, él jamás sería capaz. Él, Enrique, el último en llegar, era mejor que ellos en todos los aspectos.

Ya al volante sintió fuertes palpitaciones. El estrés no perdonaba ni los momentos felices. Miró en los asientos traseros del coche buscando su mochila Samsonite de ejecutivo, regalo de Claudia para el día del padre. Ni rastro. ¿La dejó en el maletero? Una acción inconsciente impropia de él, que siempre repetía sus acostumbrados movimientos salvo días especiales… este era un día especial, Claudia le daría brownie de postre para la cena. Halló la mochila entre sus pies, y sacó las pastillas para la arritmia, pero se habían acabado. ¿Cómo no se había dado cuenta?

―Que no las necesitas, Enrique ―le explicaba con amor Claudia―. No tienes problemas ni enfermedades cardíacas, no fumas, no te drogas. Por favor, ¡deja ya esa hipocondría!

«Hoy voy a cambiarlo», pensó. «No voy a depender más de las pastillas. A partir de hoy se acabó». Otro motivo más de orgullo. ¿Por qué no? El ascenso no solo pretendía mejorar su economía y calidad de vida, sino hacerle un hombre nuevo, más maduro, serio y responsable. Pero no se le ocurría nada más para mejorar. Enrique era, de por sí, un hombre aburrido a ojos del resto de mortales: correcto en exceso en su trabajo, disciplinado, irritante ante su falta de emociones faciales. Ya no se trataba de lo que pensaran los demás. ¿Qué quería él para sí mismo?

―No te esfuerces, cariño. Tu actitud en el trabajo es la correcta. Todos te aprecian, nadie te ve como un peligro, sino como un empleado entregado y servicial ―le dijo Claudia mientras se preparaban para cenar.

Los gemelos huyeron de Enrique cuando se les acercó a comérselos a besos.

―¡Cuidado, viene el monstruo! ―gritó Nerea, haciendo comedia.

―Papá está feo, no es como antes ―dijo Aarón, detrás de su madre, escondiéndose del ataque de amor de Enrique.

Tenían razón. Frente al espejo sus ojeras aparecían inflamadas, la mirada caída y triste. Las pupilas apenas se reflejaban, cubiertas esa masa llamada párpados que le arrebataban la frescura de la última juventud previa a la madurez. Debería durar más, pensó. Hace un par de años aún tenía cara de niño. Una vez más, no debía temer nada. Claudia le aconsejó unas cremas efectivas para reconvertirlo en el marido y padre más guapo de la comunidad, además de considerar una buena opción invertir en unas acciones que su círculo de amistades le recomendaba desde hacía unas semanas. Con el nuevo sueldo de Enrique, podrían ahorrar lo suficiente en dos o tres meses para pedir la hipoteca del chalet.

―Mi hermano ya no podrá negarnos la hipoteca, querido. Uy, Enrique, tienes la piel estresada. Ha perdido brillo. Bueno, eso, que mañana voy a hablar con mi hermano y darle la buena noticia.

Siendo Enrique blanco como la leche, su tez se había tornado un poco tostada. El verano al sol, claro, los paseos playeros de los domingos. Reflejados los dos en el espejo del cuarto de baño, su rostro contrastaba aún con el de Claudia, de oscura belleza, pómulos redondeados y piel suave y achocolatada, barnizada por la gracia genética del gen africano. Y tenía seis años más que él. Parecía una jovencita de eterna frescura.

La bañera estaba lista a la temperatura adecuada para la estación del año en que se encontraba. Enrique, aliviado, se metió en el agua y unas corrientes de bienestar recorrieron todas sus extremidades. De pronto dio un respingo y saltó agua al suelo. Había algo oscuro en la bañera, debajo de él. Se quedó quieto por un instante para entender qué era y pensar en algo. No se atrevió a moverse. Esa cosa parecía pegada a la bañera, y sin embargo, si él realizaba el mínimo movimiento, la masa oscura también. Observó, nervioso y con la taquicardia en aumento, que la cosa no se mantenía con una forma concreta, ni se extendía ni se disolvía. Por lo tanto, debía estar viva. Pero Enrique no sentía nada, ni dolor, ni tacto. Así que se levantó, y la cosa oscura adquirió otra forma: la de su sombra. Pero allí, dentro del cuarto de baño, la luz era tenue, y según el lugar de donde alumbraba, su sombra debería incidir con otro ángulo.

Realizó varios movimientos y comprobó, absorto, que en efecto esa cosa era su sombra. Pero, por supuesto, una sombra extraña. No solo era más negra de lo normal con aquella luz, sino que parecía pegada a sus pies. Y ahí, en esa parte de su cuerpo, fue donde advirtió que su piel se tornaba más tostada y oscura, como si los hubiera metido en un bidón de vino. Las marcas subían pocos centímetros de los tobillos. Era como tener aquella masa literalmente ligada a su cuerpo, pero parecía aire, no pesaba ni incidía en ningún aspecto sobre él. En la cama, el calor reconfortante de Claudia ahuyentó los malos pensamientos. Tener esa sombra pegada a él no tenía por qué ser síntoma algo maligno. Al contrario, como le diría su esposa, «eso es por las pastillas que tomas, eres tan sensible… que ves cosas raras».

Los siguientes días no parecía cambiar nada, pero ahí seguían esos calcetines negros adheridos a sus pantorrillas. Hacían juego con sus ejecutivos, se dijo, tomándoselo con humor. Intentó no hacer caso a la sombra, pero sabía que estaba ahí, siguiéndole insistente, allá donde fuera, aunque no hubiera luz. Pero siempre aparecía. Sin embargo, al cabo de una semana, estando en el baño del trabajo, se fijó en su rostro en el espejo. Allí dentro lucían los focos más brillantes que en ninguna otra parte del edificio, sumando a ello el blanco de los azulejos y baldosas, aquello era como entrar a un estadio de fútbol en plena temporada. Aún así, su cara aparecía oscura, incluso pensó que un tanto mustia. Se bajó el pantalón y levantó su camisa para comprobar las piernas y el tórax con ánimo de que mantuvieran el color blanquecino que siempre le caracterizó. Pero su piel había oscurecido por todo el cuerpo. Sin duda eran los efectos de las pastillas y otros medicamentos, que le pasaban factura. Y, en cambio, había dejado de tomarlos hacía días.

Un compañero entró al baño y lo miró de arriba abajo, sin comprender la postura de Enrique, mirándose el cuerpo con la ropa fuera de su lugar. El hombre no dijo nada, se mantuvo alejado, y una vez terminó su actividad fisiológica, salió corriendo de allí. Después, Enrique, sudando la gota gorda, acomodó la ropa y miró al suelo. Allí estaba su sombra, como un perrito faldero, a su servicio, sí señor, para lo que haga falta. Pegada a él, condescendiente, imparcial, incondicional.

―¡Pero qué fastidio! ―gritó. El eco salió despedido por la ventanilla.

Y allí seguía la sombra, sin desprenderse de él, atravesando los pasillos de la oficina, acompañándolo a su despacho, besando el suelo que su amo pisaba ya fuera moqueta, parquet o baldosa. Con la mirada desencajada, se acomodó a su mesa y continuó su trabajo. Poco a poco, los latidos de su corazón se aceleraban impulsivamente. ¿Dónde estaban las pastillas? ¿Dónde las había metido? No había vuelto a comprar. Estaba perdido. Las necesitaba, podría sufrir un paro cardíaco. No. Aún no, era muy joven y no había comprado el chalet ni realizado el crucero junto a Claudia. «¡Oh, tonto de mí! Los niños también vienen al crucero», pensó.

Después de unos minutos, la arritmia cesó con un fortísimo latido que pareció aniquilar la fuerza del corazón, y sintió que durante dos o tres segundos la sangre no bombeaba. Pero de pronto se inició el proceso, y Enrique comprobó que su corazón estaba bien y los latidos volvían a su ritmo natural.

Por la noche repitió los ritos de todos los días pero ya sin pasión. Sabía de antemano que los niños se burlarían de él.

―¡Papá se está volviendo tan negrito como mamá! ―exclamó Aarón escondido tras una puerta. Claudia los regañó.

―Estás muy cansado, cielo. ¿Sigues con las cremas? Acuérdate de que debes tener buena cara, acaban de ascenderte. Ten cuidado, esas hienas que tienes por compañeros podrían pensar que has enfermado y Jiménez podría desconfiar de tí, creer que no eres capaz de…

―¡Por dios, cállate ya! No quiero tus consejos, nena. Solo quiero estar solo. ¿Lo entiendes? ¡Solo!

Creyó volverse loco. Acurrucado en la cama, a oscuras, sintió un gran peso en sus extremidades. Necesitaba acudir al médio. Y nada de cremas, ni ejercicios de relajación. No tenía ganas de realizar ningún viaje, y esa casa le gustaba demasiado como para empeorar las cosas mudándose a un chalet en medio de la nada, rodeado de otros chalets con familias de niños chillones, perros que lo ensuciaban todo, vecinos molestos con la música en alto. No, claro que no. No quería nada de eso. Cogió el móvil y se tapó con la sábana por completo a pesar del calor sofocante. Repasó las fotos escaneadas de los álbumes que le había mandado su padre hacía un año. Eran fotos antiguas, de cuando salía con amigos, iba al teatro y a tomar unas copas, compraba libros y películas, coleccionaba revistas y escribía a la sección de cartas al director. Cuánta vida, Enrique, ¡cuánta vida se te ha arrebatado! Y qué aburrido eres ahora. Pero, ¿por qué quejarte? «Ya tienes todo lo que querías. No tienes que preocuparte de nada, ni por llegar a fin de mes, por tu reputación intachable, por tu carácter endeble y servicial. Eres bueno, vas a manifestaciones, no bebes, no fumas, no… nada, no haces nada, más que trabajar y trabajar para los demás. Pero no pienses así, hombre, no seas egoísta. ¿Quieres pasarte la vida siendo un adolescente malcriado? Para ser feliz hay que luchar y sufrir…»

Esa parrafada la repetía Claudia desde que consiguió el ascenso, explotaba en su memoria, palabra por palabra, sin perder la entonación, como reproducida en un video. Enrique, eres un hombre modelo. Todos estamos orgullosos de tí.

Pero Enrique no estaba orgulloso de nada.

Era sábado por la mañana. Durmió como un bebé. Le despertó Claudia, impaciente.

―Cielo, vamos, vamos. Levántate. Los niños te esperan para ir a la playa. Hace una mañana fresquita. Oh, Enrique, cada día estás más mustio. Mira qué cara tienes. Venga, dúchate rápido.

El jaleo de los niños no resultó reconfortante. La habitación, aún a oscuras, estaba fresca y entraba una corriente agradable. Pero bueno, ¿cómo puede esta mujer decir que tengo mala cara si no me ve? Subió las persianas del todo y él tampoco se veía a sí mismo. Se acercó al espejo del armario, y contuvo un grito de angustia porque solo reflejaba una sombra con su silueta. ¿Cómo iba a presentarse así en público? Abatido se dejó caer en la cama, cuando sonó el móvil. Era Jiménez, alertándole de que se había comprometido a terminar unos trabajos para el lunes. «Sí, señor, sí, los tendré listos, hoy mismo los acabo… sí, claro… No, los termino yo solo, no necesito ayuda… Por supuesto, antes de mañana por la noche se los envío… ¿Cómo? Allí no tiene internet… lo entiendo. Bien, se los llevo personalmente… ¿Dónde está el pueblo?… ¡Ah, claro, no le diré a nadie que está allí!… Sí, bien, allí estaré. Gracias, Jiménez, muchas gracias».

Claudia entró en la habitación apresurando a su marido.

―¿Aún estás así? Pero… ¡por favor! Estás horrible, qué aspecto tienes. Mira, Enrique, necesitas vacaciones, o los niños seguirán burlándose de tí. Adelantemos el crucero, ¿quieres? Ahora con tu sueldo no será tan difícil. Nos vendrá bien a todos. Háblalo con Jiménez, lo tienes en el bote… ¿Cómo dices? Eso está hecho. Llévate el ordenador a la playa, y desde el apartamento terminas lo que debas… No, hijo, es la solución más práctica. Tú terminas el trabajo y contentas a tu jefe, yo y los niños disfrutamos del fin de semana… Que sí, hombre, todos contentos… ¡Ay, ya está bien! Deja de quejarte hombre, que me amargas el día. Qué sería de tí sin mí. Hijo, antes eras un niñato, siempre de fiesta, con amigotes, que si el gimnasio, que si el cine, los videojuegos… La vida cambia, amorcito mío, y no puedes pasarte la vida igual… Déjalo, ¿quieres quedarte?… ¿Pero vienes o no?… No te comprendo, estás volviéndote insoportable, arisco y viejo… Bla, bla, bla. Arréglate y prepárate. Te espero con los niños en el coche.

En el apartamento Enrique se derretía de asfixia y calor. Claudia y los niños estaban en la playa. Los veía a través de la ventana. El sol había comenzado a caer, y aún le quedaba una hora por lo menos para terminar los trabajos de Jiménez. En agosto iban más apurados, las vacaciones de muchos empleados exigían una carga extra para los que se quedaban. ¿Cómo decirle a Claudia que deberían atrasar el crucero para el año que viene?

Aún notaba que su cuerpo poseía consistencia y tacto. No era solo una sombra, era un hombre sombra. Esa hazaña no ocurría todos los días. Era tan completamente competente que había sido capaz de absorber su propia sombra y convertirse en un mito. Estaba cómodo, no obstante, a pesar de los inconvenientes de su aspecto. Conservaba la capacidad de la vista, el olfato, podía comer y hacer vida normal. No tendría que preocuparse por las arrugas ni la caída del pelo. Y lo mejor, es que Claudia seguía viéndole con buenos ojos. Seguía viéndole… ¡se echó a reír, era el chiste más bueno que se le había ocurrido!

Terminado el trabajo lo guardó en el pendrive. Ahora debía sortear trescientos kilómetros para entregárselos a Jiménez en su casita del pueblo, cuando todos los demás pensaban que se encontraba en Amsterdam o en Venecia. Pero Jiménez era un hombre real, de carne y hueso, y de vez en cuando necesitaba olvidarse de vivir a lo grande y refugiarse en la montaña, rodeado de una vida tranquila y humilde, una vida tan contraria a sus necesidades laborales. No podía coger el coche, Claudia lo necesitaba para desplazarse a hacer la compra al centro comercial con los niños o acudir al spa, que estaba lejos de la playa. ¿Cómo podría entregar el trabajo a su jefe? Miró al suelo y se le ocurrió un plan. Un plan genial. Ahora era una sombra. ¿Y qué hacen las sombras? Se desplazan por el suelo, rápidamente, vistas y no vistas. Pues eso es lo que haría. Se agarraría a los talones de alguien para ir más rápido, y de ese modo llegaría más ágilmente y en menos tiempo a su destino. No era tan descabellado, podría ser peor.

Enrique se detuvo y le pareció que su idea se derrumbaba como castillos de naipes. Si viajaba por el suelo, sería plano como una hoja de papel. ¿Dónde guardaría el pendrive?

Por Marcos A. Palacios

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