CosmoVersus

Revista de ciencia ficción y cultura

Su salvación por un módico precio (Parte II).

Leer la Primera Parte

II.

Recuerdo un año especial, hace tiempo, cuando una congregación organizó un cisma. Comenzó a primera hora de la mañana y en total asistieron más de mil quinientos creyentes de las «Santas Víctimas de la Revelación Smithiana», una fe que lleva en el mundo unos cien años y que cuenta ya con tres facciones diferentes. Hartos de divisiones proponían, en esta ocasión, la unificación por la verdadera fe y la paz entre sus seguidores. Si en siglos eso no se ha conseguido, díganme ustedes qué pretendían estos angelicales ilusos.

Presidía el Primero, Único y Grande Apóstol, un niño de diez años, junto a sus dos madres, sus portavoces. Ellas daban palabra y voz a las enseñanzas del pequeño, nombrado así desde su nacimiento por ser descendiente directo de Smith, el hombre que murió en la revuelta por defender sus derechos religiosos frente a la Gran Prohibición de todas las religiones del mundo. Fue en un vergonzoso momento de la Humanidad, cuando se alzó al poder la CMF (Comunidad Mundial Filantrópica) como dirigente de todas las naciones del planeta.

Empezó en Norteamérica, desde donde se centralizaba la protesta por la prohibición. El mismo día, a la misma hora, todos los países se habían paralizado en señal de solidaridad entre religiones. Era un espectáculo ver cómo todas las creencias que día a día se disputaban la Verdad y se enemistaban unas contra otras, ahora se cogían de la mano para defenderse del peor mal que podía caer sobre el ser humano: la intolerancia y la falta de libertad. Eso es algo que me sorprende aún hoy día, porque en realidad, el odio y el rencor siguen latentes en esos momentos en que «el enemigo de mi enemigo es mi amigo». No encuentro justificable la admiración que los medios, cuando esto ocurre, vuelcan en hacer creer a la sociedad lo maravilloso que es el poder de la unión para una finalidad común.

«Esto no pasaba con el catolicismo» decían unos; «O todos moros, o todos moros», cantaban otros; los lemas y consignas que rimaban con alguna burla o reivindicación eran entonados al unísono en un coro de increíbles dimensiones que hacían incluso temblar los cristales de los rascacielos. Reconozco que cuando veo esas imágenes en el archivo se me cae la cara de vergüenza ajena. Señoras y señores, con ustedes el colmo de la charlatanería. Y es que, de tanto oír repetir las cosas, uno se cansa muchísimo. Una cosa es emplear argumentos lógicos y bien razonados, otra es chillar como ovejas descarriadas.

Yo me encontraba frente a la televisión aquel día y la retransmisión mostraba a tal multitud que era imposible captar una instantánea de un solo vistazo a menos que se hiciera desde tan alto que fuese necesario un avión en lugar de un helicóptero, como era usual, y por esa razón no se divulgaron más imágenes. El éxito obligó a la CMF, partidaria de la ciencia y la filosofía, a recular su decisión. Y todo sin un solo percance en país alguno ni cargas policiales. Excepto en Inglaterra, cuando Peeler Smith, un joven estudiante de Metroluteranismo, fue abatido por la policía cuando, al parecer, se lanzó contra un comando que retenía a los manifestantes frente al Parlamento. El muchacho iba armado con escopetas y munición de gomaespuma, pero lo tomaron por un terrorista. Qué muerte más absurda. Claro que todo esto son habladurías, no me refiero a la muerte del muchacho, que fue real, sino al motivo.

Ahí nació el sentimiento de «Todos somos Smith» y las especulaciones sobre lo que realmente sucedió como causa de su muerte. Hoy día pueden ustedes encontrar diversas versiones de lo ocurrido, ninguna convincente ni, mucho menos, demostrable. Convertido en mártir y héroe, pronto surgieron movimientos reivindicativos para encumbrarlo a santo, provocado todo ello principalmente por sus compañeros de universidad que, en un arrebato de profunda solidaridad, reunieron, interpretaron y publicaron sus estudios, así como su tesis doctoral, «La transmigración carnal de las Santas y Beatas del siglo XXIII», que defendía la santificación de la mujer y la fertilidad a través del alumbramiento de su descendencia, y que por el solo hecho de dar a luz se las debía considerar parte de Dios Creador hecho carne en el primogénito. Si les aburro con tanta palabrería, me avisan, pero esto es, para mí, de lo más fascinante.

Las tres facciones partían de la misma base, dogmas de fe y credos, con alguna variante: de la naciente iglesia de las «Santas Víctimas» se disgregó la primera secta al negar a un niño como Primero, Único y Grande Apóstol, puesto que no es mujer, y según las Escrituras de Smith, la santificación y beatificación de la mujer al ser madre es la condición principal para ser la dirigente al frente de su Iglesia. La segunda en separarse, que conformaba la tercera en discordia negaba directamente al PUGA al poner en duda el linaje de sangre, puesto que el joven Peeler Smith no tuvo descendencia, lo que significaba para las otras dos sectas una aberración porque consideraban suficiente que fueran de la misma familia.

He aquí un testimonio, solo uno de tantos, de todos los que podría contarles. La historia de las «Santas Víctimas» no es únicamente la sucesión de cambios, divisiones y luchas fraternales, sino un ejemplo más de una religión que surge y se desarrolla hasta nuestros días sin un ápice de relación con lo que era al principio y, ni mucho menos, sigue la ideología de su fundador. Aunque Smith no pudo nunca imaginar que algún día su muerte y su tesis serían el caldo de cultivo para una creencia de masas.

Para terminar este amasijo de vaivenes, les desvelaré el final del cisma. Después de varias horas de diálogo, disertaciones, votaciones y puestas en común, salieron de la Cámara no como tres sectas de la misma iglesia, sino como cinco. La Iglesia de las «Santas Víctimas» fue objeto de burlas y críticas en los medios de comunicación, que como buitres se lanzaron a incordiar a los grupos religiosos con chistes de mal gusto -sobretodo por parte de otros credos oficiales-, un servidor entre ellos, todo hay que decirlo, pero sin mala fe, que soy de los que predican el «vive y deja vivir»; y durante varias semanas fueron calumniados como falsos credos. De esto ya nadie se acuerda, están muy ocupados rezando a sus ídolos; hoy se convierten en seguidores y creyentes de una religión, mañana crean la suya propia. El hecho es que, según los Sagrados Textos del Antihéroe del Cosmos, que prodiga la humildad para con las demás religiones equivocadas e invita a rezar por sus almas perdidas y descarriadas, al final todos somos hijos del mismo planeta, del mismo Universo, y nos reuniremos en el Primer Día de la Celebración de Ascensión Post-terrenal como pequeños y neófitos aprendices, sin distinción de raza, género ni credo. ¡Vaya, como si fueran los únicos en predicarlo! Al final me parecen todas iguales, no sé ustedes. ¡Me las sé todas de memoria! Excepto aquellas modernas que ya no sabes de dónde salen.

Fin de la segunda parte.

Leer la tercera parte

Por Marcos A. Palacios

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

4 thoughts on “Su salvación por un módico precio (Parte II).

  1. Las religiones aunque sean nuevas son caóticas y arrastran consigo a los incrédulos, manipulan y se cimentan sobre sangre inocente. Me parece tan desazonador lo que nos relata y es que aun encima lo hace regodeándose, cuando lo cierto es que está contando cómo se juega con la credulidad y esperanzas de la gente.

    1. Ahí está el doble rasero: lo mal que se usan las religiones, en lugar de ahondar en lo primordial de las mismas, en su filosofía, que al fin y al cabo es un camino espiritual para mejorar al ser humano. Y en cuanto al narrador, lo has visto: es un necio, y un listo; te habrás fijado en sus comentarios. Gracias por tu comentario.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *