‘Tarta de queso congelada’. Un relato de Edu Melero Verdú.

Atrasar el almuerzo varias veces solo le deja una opción a Tad Austin: repasar este postre con una cuchara. Este curioso personaje tiene una historia tan interesante como misteriosa. ¿Qué cuál es? Sigue leyendo Tarta de queso congelada, un relato de Edu Melero, para descubrirlo…

Como de costumbre, en la nevera sólo había congelados.

Bueno, también había hierbas extrañas que no conocía ni se atrevía a probar. Tad acabó decidiéndose entonces por la tarta de queso que llevaban apurando toda la semana; faltaba bastante rato hasta que Megghie (o seguramente Mara), fuera a hacer la compra.

La cogió y se sentó con ella en la mesita de madera que había en un rincón de la cocina, cuchara en mano: le gustaba repasar el queso mientras estaba a medio descongelar y comérselo. Probablemente no era muy sano, pero tampoco lo era almorzar a media mañana; y llevaba hambriento unas cuantas horas.

Las clases de yoga que él, Tad Austin, ofrecía de tarde en tarde, le requerían una intensa preparación previa: un buen desayuno y buena comida, una siesta para reposar lo comido, un baño con sales de frutas y un par de estiramientos. Parecería que todo esto era una excusa para gandulear, pero es que Tad requería una gran preparación mental para sus clases. Por suerte, Megghie no opinaba nada sobre su rutina; de hecho, muchas veces no le decía nada. Y es que, pese a que llevaban ya un tiempo juntos, nadie sabía como aquella mujer tan elegante y hierática podía estar con alguien tan… él, como era Tad.

Su atractivo era innegable, con un cuerpo no sólo trabajado por el yoga, sino por la natación, su pequeña temporada como luchador de Muay Thai, y su otra temporada como alumno, y luego instructor, de apnea y submarinismo (la única cosa en su vida con la que había tenido perseverancia). Por tanto, no sólo tenía unos ojos claros y penetrantes muy seductores, así como un pelo largo y sorprendentemente bien cuidado; sino que también mantenía una envidiable forma física a sus «…y tantos».

La (poca) gente que tenía amistad con la pareja no era nunca capaz de adivinar la edad de Tad, pero sí el hecho de que él era bastante más joven que Megghie; claro que ella también tenía una edad incierta. En cualquier caso, no eran cuestiones físicas las que otorgaban incompatibilidad a los dos, si no más personales: cualquiera que conociera a la Sra. Duquesne enseguida percibía su gran profesionalismo y pasión por el trabajo, su (habitual) ética, y sus pocos rodeos.

Es decir, todas las cosas que Tad no tenía.

Y es que la gente tampoco sabía cómo era él realmente: siempre iba como si fuera el sidecar de Megghie, hablando cuando ella proponía el tema de conversación, y saliendo poco de la vieja casa que compartían.

Pocas personas lo conocían antes de que, como por arte de magia, apareciera un día junto a la pitonisa, y por lo que él había contado en las pocas ocasiones en las que hablaba de sí mismo, tampoco había mucho que conocer: siempre ligado a la playa, sus padres tenían algún tipo de negocio (tal vez de alquiler de tablas de surf, o tal vez de alquiler de esquís acuáticos, no estaba claro), y él había crecido echándoles una mano en su puesto; en algún momento había reunido ahorros para viajar a Alaska y escalar el monte Huntington. A partir de ahí, su biografía se hacía confusa, afirmando algunos que había tenido un encuentro casi fatídico con un oso, y otros que, simplemente, no había prevenido el frío que haría; en cualquier caso, tras unos meses (o tal vez años), había vuelto a la ciudad, y tras unos cuantos años más, se había mudado desde un pequeño piso cara a la playa hacia la casa de Megghie.

Si le preguntaban, Tad no diría nada más, o mezclaría la historia para hacerla más confusa aún, hasta el punto de que algunos dudaban que no lo hiciera a propósito.

Fuera como fuera, el hombre era, desde luego, una presencia animosa en la casa: ponía música a todo volumen, invitaba a gente que no era conocida por aparentemente nadie más que él, pasaba horas charlando al teléfono con su madre… Desde luego, no estaba hecho para convivir con todo el mundo (Tia, por ejemplo, no lo soportaba), pero a la Sra. Duquesne no parecía molestarle, sino más bien al contrario.

Por la parte que le tocaba a Tad, él procuraba echar una mano para limpiar (de cuando en cuando), dar sus clases cuando no molestaran a nadie, y no escuchar conversaciones ajenas, como la que su novia estaba teniendo con su vecina, esa rubia con la ropa de leopard print. Y a pesar de que la charla parecía realmente animada (y de que la vecina en cuestión iba menos tapada que si llevara ropa interior), Tad se negó a escucharla, permaneciendo en la cocina, concentrado en la tarta de queso que empezaba a derretirse.

Tenía que empezar a prepararse para la clase, así que fue ensayando estiramientos con el cuello, izquierda, derecha, centro. Tad agradecía mucho a Meghie que le hubiese dejado trasladar sus clases al salón de la casa… claro que no entendía su única condición: que no aceptara a mujeres como alumnas.

©Eduardo Melero Verdú, 2020

Edu Melero es colaborador en CosmoVersus. En su haber puedes leer su ‘Análisis de Elemental, el primer disco de Loreena McKennitt (1985)’ y sus narraciónes cortas Esperando el Amanecer, La vecina, Ollantaytambo, Videojuegos, La Mazmorra, Malva oscuro (más bien, violeta), Migas de pan, La pianista, Como un gato comiendo una raspa, y Charla familiar.

Tripulación CosmoVersus

Eduardo Melero
Eduardo Melero
Si fuera cuadro en vez de persona, sería algo así como esas acuarelas de paisajes tan ajadas y difuminadas que parecen una pintura fauvista (cuando es en realidad un lago con nenúfares). Podría parecer que esto es una desvaloración a mí mismo, pero todo lo contrario: me encantaría tener todos esos colores.

Soy un periodista que, mientras está en paro, enseña música. También soy un músico que, mientras no toca, escribe críticas, diálogos, o cualquier burrada que se me pasa por la cabeza. Si veis mi nombre y frases aquí, es gracias al creador de este blog. ¡Pero no le digáis que os lo he dicho!

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