Terrores infantiles, forja de escritores

No os asustéis, viajeros y exploradores del CosmoVerso. Con este título lo que quiero explicar es que los miedos que nos acechan en la infancia pueden actuar como fuente de inspiración en nuestra edad adulta y ser material indispensable para un adulto escritor. ¿De qué manera influyen en un escritor los terrores infantiles, desde que es niño?

Terrores infantiles que nos inspiran

Muchos, de pequeños, teníamos nuestros propios miedos. Situaciones, objetos y lugares que nos hacían temblar. Claro que también habrá gente que, de pequeña, su seguridad y talante no les permitía temer a nada. Pero los que sí éramos más débiles en ese sentido, recordamos esos antiguos terrores infantiles como una historia apasionante susceptible de ser escrita.

No hay que irse muy lejos, pues estos miedos solían ser cosas muy cotidianas, hasta apasionantes, pero que nos infundían alguna tensión o sobreexcitación.

Las cuevas

Cuando era pequeño el colegio colindaba con un extenso descampado repleto de túmulos que contenían, en muchas partes, cuevas excavadas. Algunas entradas eran tan pequeñas que no se podía acceder. Pero otras eran suficientemente grandes para que chicos de hasta trece años se metieran dentro. Nos fascinaban las cuevas, eran un misterio en plena ciudad. Aún hoy desconozco quién las excavó, o si eran naturales. Era también una época en la que estas travesuras estaban permitidas, como perderse en el campo, jugar con arena, pasar un río profundo sobre un tronco tembloroso…

En algunas cuevas había enseres, por lo que pensábamos que estuvieron habitadas de una u otra forma. Recuerdo más o menos la que visitábamos más a menudo. Nos gastábamos bromas, gritábamos y reíamos con el eco de las voces. Una vez entramos unos pocos, y de pronto nos dimos cuenta de que faltaban algunos de los compañeros que venían detrás. En ese momento, escuchamos ruidos que provenían del interior de la gruta. Ruidos que se convirtieron en una especie de rugidos terroríficos, como un animal enfurecido que se acercaba a nosotros.

Gritamos como locos, salimos corriendo, presas del pánico, pensando que efectivamente había algo allí, algún animal o criatura terrible. En realidad, eran los que venían detrás de nosotros. Habían descubierto una abertura por detrás que comunicaba la misma cueva, y habían entrado por allí para gastarnos la broma. Pero mi fascinación por las cuevas continúa todavía. Hoy día han desaparecido, en su lugar levantaron urbanizaciones de pisos.

La maldición de Satanás

Es el título de una película slasher de, creo, la década de los ochenta, pero no he encontrado el título por ninguna parte. Según mi amigo Óscar de horromoviesx podría tratarse de The Evil (Profecía Diabólica o El poder de Satanás, 1978). A sabiendas del efecto que algunas películas de terror conseguían sobre mi sugestionada cabecita, una noche, teniendo yo menos de diez años, estábamos en casa de una amiga con mi madre. Me quedé solo en el salón, y me pusieron la tele para entretenerme. No tuve mejor opción que ponerme a ver esa película.

En ella, un grupo de jóvenes entraban a una mansión abandonada, según lo que puedo recordar, para ir muriendo uno a uno. Al final, la protagonista se salvaba y lograba salir de la casa, pero acercándose a los límites… no, no puedo seguir, no voy a estropearos el final. Mi memoria puede estar jugándome malas pasadas y que todo ocurriera de otra forma, pero eso lo sabré cuando encuentre la película en cuestión y consiga volver a verla.

Fuente: sensacine.com

Esa noche, no me atrevía a moverme del sofá. A pesar del miedo que sentía, me fascinaba ver todos los sucesos de la película. El terror no era nuevo para mí, pero quizá sí lo era ese tipo de terror. Me atraía, incluso me divertía. Pero la otra cara de la verdad era que no fui capaz de ir al baño, que se encontraba al final de un larguísimo y oscuro pasillo, sin encender todas, todísimas las luces que podía encontrar, y correr tan rápido como podía. Esa es una costumbre que ha pervivido a lo largo del tiempo.

Las manos que te pillan los pies

Durante muchísimos años dormía con las plantas de los pies pegadas a la superficie de la cama, evitando estirar las piernas y que mis pies quedaran a merced de ellos. ¿Quiénes son ellos? Esto ocurría porque pensaba que «algo» escondido bajo la cama me cogería los pies. El miedo que lo creó, posiblemente, fuera una serie de sueños que se repetían bastantes veces durante mucho tiempo.

En ese sueño aparecían en mi casa unas manos que andaban con los dedos índice y corazón, como cuando jugamos e imitamos a una persona con las manos. Iban enfundadas en guantes blancos, y su tamaño era más o menos como una bolsa de la compra, por lo que resultaban enormes. Para poder andar por la casa y evitar que te pillaran, debías andar sobre los muebles.

Nunca supe qué pasaría si esas manos, que no paraban de corretear por el suelo, conseguían pillarme, porque nunca sucedió. Uno de los ingredientes en mi relato Peor que la guerra, es, precisamente, estas manos. Y no es el único sueño que plasmo en ese cuento, sino que, prácticamente, todo el cuento se forma con muchos sueños que por aquella época solían repetirse.

La lámpara embrujada

En casa de mis primos había una lámpara que me inquietaba especialmente. Estaba en el techo de la habitación donde dormía. Me pasaba tiempo mirándola. Era una lámpara normal, hoy en día la llamaríamos antigua, aunque en esa época podría tener unos veinte o treinta años y era un modelo muy común. Hablo de una lámpara de araña.

Pero sus formas caprichosas me incomodaban. No sé por qué. No era nada fuera de lo normal. Pero algo tendría cuando, de noche, con las luces apagadas, su brillo resultaba inquietante, otorgándole una especie de vida propia.

Mis terrores favoritos

Parece contradictorio, pero llegado a cierta edad, estos miedos se encuentran desactualizados, y no tienen razón de ser. Bueno, no todos, pero eso no lo voy a decir. El caso es que los terrores infantiles me han servido, y todavía me sirven, para mis narraciones. Son una fuente inagotable. Lástima que haya muchísimos recuerdos que se esfuman a medida que avanza el tiempo.

¿Quién no se ha basado en ciertos terrores de la infancia? ¿Tenéis vosotros también inquietudes que han sobrevivido desde vuestra niñez, o bien ya están superadas? ¿Habéis sentido la necesidad, alguna vez, de escribir estos terrores infantiles? Escritores como Stephen King se basan en vivencias de la infancia y la madurez para sus historias.

Queda demostrada la variada fuente de experiencias que pueden servir, y de hecho siempre lo hacen, a los escritores. No solo el terror, sino cualquier experiencia recibida. Pero, ¿qué nos atrae del terror? ¿Se siente igual en la niñez que en la edad adulta? Podría contar muchos más casos personales, aunque ya es suficiente. Cuídate, después de leer esto, de tus miedos de antaño. Es posible que hayan sobrevivido…

Foto cabecera: Alexander Safonov

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: