‘El tiempo es la atmósfera’. Parte IV y final. Por Andrés Massa y Marcos A. Palacios

El tiempo es la atmósfera es un relato fan creado y coescrito por Andrés Massa y Marcos A. Palacios a raíz del proyecto Tiempo de Relatos en claro homenaje a la serie de televisión El Ministerio del Tiempo y a la novela El Anacronópete, de Enrique Gaspar y Rimbau. Cuarta y última parte de esta impactante aventura.

Un relato fan basado en El Ministerio del Tiempo

Esta historia se escribió en junio de 2018 y se sitúa, según el hilo oficial de la serie, en la primera mitad de la tercera temporada. El relato El judío errante, también perteneciente al proyecto Tiempo de Relatos y escrito por Marcos A. Palacios se sitúa antes de esta aventura.

El tiempo es la atmósfera.

Parte IV (y final). El vuelo del Anacronópete.

Leer la parte III. El Tigris llega a Macao y Roa y don Enrique buscan el lugar donde el escritor tuvo las visiones que le inspiraron para escribir ‘El Anacronópete’. Amelia y Angustias continúan presas pero ahora están protegidas por el capitán del Tigris, que le sigue el juego a Roa. El malvado hombre y don Enrique descubren finalmente un lugar de fuerzas telúricas y lo que podría ser el Anacronópete real, la máquina del tiempo que creyó imaginar y que podría tratarse de una vivencia verdadera. Junto a la máquina, un anciano chino les espera para mostrarles las maravillas de oriente.

El anciano chino les invitó a pasar. El interior se distribuía en un salón de lujosa apariencia y de sobria pero colorida decoración, al estilo oriental. Sencillo y hermoso, un rincón se había reservado para utensilios de té.

—En la planta de arriba se encuentran las dependencias. Están en mi máquina del tiempo —dijo el anciano.

Don Enrique, acomodado junto al anciano, le habló.

—Entonces, usted me recogió aquella vez que me perdí y, presa del temor a la muerte, deliré en sueños.

—Así es, don Enrique. Pero acompáñenme.

 Les invitó a sentarse con las rodillas plegadas, en el suelo de madera donde, en lugar de una alfombra, había un enorme rombo cubriendo toda la superficie.

El anciano, con parsimonia y arte, encendió incienso y se acomodó para preparar té.

—Cuando me encontró —relató don Enrique— me habló de su historia. Es un viajero del tiempo, y esta casa, es una máquina para viajar en el tiempo. Volando a una velocidad suprema, deshace la atmósfera en capas y con ello consigue llegar a épocas pasadas. Todo lo que pensé que era un sueño y que inspiró mi novela, es real.

—Me cansé de viajar y arreglar los desajustes en la Historia de mi pueblo —continuó el anciano—. Por eso continúo aquí, guardando las corrientes del pozo que se canalizan en la máquina con los ajustes de la magia ancestral y permiten a este aparato ir dónde y cuándo uno quiera. Tras la muerte de mi esposa decidí quedarme en tierra y ocuparme de la escuela que ella había fundado. Era lo mejor para honrar su memoria.

—Pero, ¿por qué no usó el Anacronópete para volver a buscarla? —preguntó don Enrique.

—En lugar de alterar el pasado, es preferible mejorar el futuro. Es lo que ella decía cuando yo me iba de misión. Por eso, en este instante, en el pasado ella está disfrutando junto a mi yo de aquel tiempo de los mejores momentos de nuestras vidas. Volver sería un gesto egoísta. Vivimos intensamente en el pasado. Y así fue. Y así debe permanecer.

Esto le hizo recapacitar a don Enrique. Plantearse si realmente estaba haciendo bien en querer volver a ver a su esposa. Lo que ha ocurrido forma parte de la historia de cada uno, de la Historia misma. Deshacerlo sería manipular los designios de la naturaleza y la física. Había caído en un mar de contrariedades. Su yo actual volvería a estar con Enriqueta, pero el Enrique del pasado desaparecería. ¿Por qué privarse a su yo del pasado de vivir aquellos maravillosos momentos junto a Enriqueta? Sería como sabotearse a sí mismo… y engañar a Enriqueta.

-Honorable arquitecto Roa, sé perfectamente que usted es también un viajero en el tiempo, y que, como yo en mi juventud, está convencido de que puede hacerlo mejor que las organizaciones de España. Yo soy uno de los dos últimos viajeros de mi organización. He viajado por diferentes siglos hasta encontrar a mi reemplazo ideal. Lo he observado de cerca y sé que usted es la persona indicada. Su presencia aquí es el paso final del plan de fuego que empecé hace años. Primero fue inspirar a don Enrique a que escriba su libro, para que usted lo leyera y viniera a mí.

Roa no entendía nada. ¿Cómo es que este anciano le conocía? ¿Quién era el otro viajero en el tiempo? ¿A qué organización se refería?

-Yo estoy muy viejo y cansado, así que prepararé la máquina para que les lleve al punto de encuentro que acordamos con mi compañero para cuando yo encontrara mi relevo. Ese punto es Madrid, el 10 de enero de 1896. Allí mi compañero le dará todas las instrucciones para que utilice esta máquina. Yo me quedaré aquí, y pasaré mis últimos años continuando el legado de mi esposa.

—¿Cómo funciona? —preguntó Roa, ambicioso.

El anciano servía el té a sus invitados. Después, se sirvió a él mismo y se sentó con ellos. Sonreía, o eso les parecía a los viajeros, a juzgar por sus ojillos arrugados pero felices que no cambiaban de expresión.

—De forma muy sencilla y similar a la que don Enrique describió en su libro.

Don Enrique, cansado de tanta incógnita, se alteró y dejó de beber su té. Desconfiaba de Roa, quería explicaciones.

—Dígame cómo funciona. ¿Los controles están arriba? —preguntó Roa.

—Sí, están arriba —respondió el anciano, aunque ahora poco deberéis hacer. La he preparado para que les lleve a donde está el otro viajero en el tiempo de mi organización. Él les explicará cómo funciona la máquina, y una vez que lo haya comprendido todo… podrá matarle —de pronto el anciano chino reflejó un rostro siniestro—. Él no comprendió mi plan de fuego, pero usted, Roa, le he observado durante muchos años y sé que podrá cumplir mi plan: ¡destruir el Ministerio del Tiempo de España!

Roa no salía de su asombro, el anciano compartía sus planes y por si fuera poco, le estaba dando en bandeja todo lo necesario para completar su plan de fuego, como él lo llamaba.

—No se atreverá a hacerlo —recriminó don Enrique a Roa—. ¿Para eso hemos venido hasta aquí? ¿Qué pretende? ¿A qué viene tanto misterio?

—Querido amigo. No se ama a los sumisos, se les quiere. Y usted es un iluso. Si pensaba que veníamos a hacer realidad su sueño de encontrarse de nuevo con su esposa y ayudarme en el mío, ha cometido la peor equivocación de su vida: confiar en un desconocido. Se sentirá usted traicionado. Conseguir mis propósitos incluía engañarle, así debía ser, igual que yo fui engañado una vez, pero aprendí la lección —Roa, ya desenmascarado, con el tiempo en sus manos, desveló su verdadero rostro ante don Enrique.

En ese instante, Cosme apareció por la puerta con Amelia y Angustias, maniatadas. En el momento preciso, tal  como tenían planeado. Saboreaban  su vitoria. Pronto, muy pronto…

Don Enrique, ya sin miedo, se acercó a las mujeres y obligó a Cosme a desatarlas, pero el villano le golpeó. Roa obligó a los hombres a subir a la planta de arriba. En ese lugar encontraron dos relojes, que el anciano describió, tal como lo hizo don Enrique en su novela, como los que marcan la hora en el tiempo real y en el destino temporal. Bajo ellos, una serie de palancas y botones conectados a unas pilas eléctricas que permitían a la nave elevarse y coger velocidad. De esa forma, explicó el anciano, se activaban las corrientes telúricas cargadas en la máquina y que permitían viajar en el tiempo. Después, no había más que ajustar la velocidad de vuelo para ir deshaciendo el tiempo al gusto. Don Enrique se acercó mucho a la realidad en su descripción de los viajes temporales. Hoy, era él quien se encontraba en su Anacronópete, como don Sindulfo García con Benjamín, su sobrina Clara y Juanita, la maritornes. Solo que en esta ocasión no había personajes cómicos en su historia, sino malvados. Roa hizo saber sus deseos: desplazarse al Ministerio para controlarlo de raíz. Con el Anacronópete le sobraba, y bastante, para moverse sin ayuda por el tiempo. Las puertas, la escalera helicoidal, seguirían donde siempre, en Madrid, ese Madrid edificado sobre agua y con muros de fuego, pero ya no tendrían la misma utilidad para él mientras utilizara esa máquina para sus fines. Era todavía mejor que las puertas, limitadas a los usos conocidos.

Los mandos no eran muy difíciles de accionar. Una vez el anciano terminó su explicación, se despidió de Roa.

—Sé que no me defraudará —dijo al arquitecto—. He visto lo que ocurrirá y el plan de fuego se cumplirá a la perfección.

Ya afuera y justo antes de cerrar la puerta de la máquina, el anciano chino miró a Enrique, otra vez con el rostro amable del principio, y le guiñó un ojo.

Cosme ayudó al arquitecto a ponerlo en marcha ante la mirada despectiva de don Enrique.

—El tiempo es la atmósfera, dice el anciano… pero ahora el tiempo ¡es mío! Y el futuro se escribirá con mi nombre —exclamó Roa, perturbado.

La máquina se puso en funcionamiento. Un ronroneo se percibió por suelo y paredes, el estruendo eléctrico, parecido a un rayo, agitó la casa, y ésta se movió. Según los cálculos, la velocidad debía ajustarse según el tiempo que deseaba invertir. Para eso Roa no necesitaba a nadie. Un impulso sobrecogedor elevó la estancia: el Anacronópete volaba. Don Enrique, preocupado, corrió junto a las mujeres y las desató entre la confusión. Claro, las agentes del Ministerio, había olvidado que estaban allí. Se desharía de ellas y del mago chino una vez comprobara que la máquina funcionaba.

—Señoras, siento lo sucedido —les dijo. Angustias no pudo evitar sonrojarse ante la ternura de don Enrique.

Pero para desventura de Roa, el capitán del Tigris apareció al borde de la escalera del piso, apuntándolo con su arma y con un cigarrillo a medias.

—Apague este chisme. Ya —ordenó el capitán.

—¿De dónde ha salido? ¡Cosme! ¡Mátalo!

—Ni se atreva a mover un dedo. Somos más de lo que piensa.

De la escalera surgió otra figura con el capitán. Alonso, con la cabeza vendada y un lado de la cara amoratada. Los dos, con mirada grave, permanecieron de pie observando al malvado arquitecto.

—Vivo. No me sorprende. Tenéis más vidas que un gato.

—Yo lo maté, maestro. ¡Lo lancé por la borda! —exclamó Cosme, sin creer lo que veía.

—No estaba inconsciente. El caer al agua me despabiló —dijo Alonso—. Me sujeté a unas maromas y entré a la bodega por una ventana. Allí, el capitán me socorrió y me escondió. Siento haberles hecho pasar este mal trago, señoras —dijo a sus compañeras. La esperanza y la emoción obligaron a Amelia abrazar a su compañero. Angustias no podía más con tantas emociones y se desmayó, no sin antes ser atendida y sujetada por el escritor.

—Todo lo que le haya contado este canalla es mentira, don Enrique. Nadie va a hacerle viajar en el tiempo para ver a su esposa —se adelantó Alonso, decidido, sin temor al arma de Roa—. Voto a Dios, maldito hereje, que si el diablo me lo permitiera le haría pagar todo lo que está haciendo, con mis propias manos. Y no me arrepentiría.

—Somos mayoría, judío. Déjelo estar y baje el arma —dijo el capitán al tiempo que detenía a Alonso para que no cometiera una tontería—. Haga lo que le piden.

Sin inmutarse, Roa accionó otra palanca y la velocidad del Anacronópete aumentó considerablemente, haciendo caer a todos los presentes al suelo. Don Enrique temía que sin el fluído García volvieran todos a ser retoños o, peor, a desaparecer, pero miró por un ventanuco y contempló cómo el sol avanzaba de un extremo a otro, volvía a esconderse, y entre mares y praderas, montes, bosques y playas aparecía de nuevo Madrid. El reloj del tiempo marcaba las diez de la noche del 10 de enero de 1896. La velocidad, al parecer, no era demasiado alta y todavía no habían recorrido apenas unas horas. El día y lugar perfectos que el anciano mago había programado, pero seguía yendo hacia atrás. Don Enrique, poniendo en peligro su vida, se abalanzó sobre Roa, lo derribó e intentó detener la máquina para que la velocidad cesara y no retrocedieran más en el tiempo. Pero fue en vano: Roa se deshizo de él y le apuntaba con su arma. De pronto la máquina redujo se velocidad automáticamente. Eso significaba que ya estaban cerca de Madrid y del punto de encuentro con el otro viajero del que habló el anciano. Cuando parecía que la suerte ya estaba echada y que en unos minutos descenderían a tierra,don Enrique vio a través de las ventanas que a lo lejos, en el cielo, unas luces pequeñas acercarse directas sobre ellos. Se repartían por el firmamento oscuro y estrellado, iluminaban como el día y semejaban fuego volando a través de la atmósfera. ¿Era el efecto del retroceso? Una explosión en un lateral del Anacronópete le sacó de dudas. Luego, se repitió. Eran fogonazos, proyectiles que atacaban la nave desde no se sabía dónde. La velocidad fue descendiendo y tuvieron la sensación de caer en picado. Los meteoros continuaban estrellándose contra ellos, todavía sin lograr hacerles ningún mal, pero era de primaria que chocarían contra el suelo.

Perdían altura y pese a los intentos de Roa y del escritor, los mandos ya no funcionaban. La nave había dejado de viajar en el tiempo, no así en el espacio que ahora ocupaban. Los relojes se habían detenido.

El sonido de los proyectiles, silbando como demonios, no cesaba. ¡Era el apocalipsis, pensó don Enrique, o el caos de la creación! Así como don Sindulfo atravesó los tiempos de Noé, ellos habían desencadenado la creación en pleno Madrid. El Anacronópete funcionaba, existía, y él estaba allí, nueve años después de su publicación, como el anacronóbata que nunca habría pensado en llegar a ser. Qué ironía. No llegaría a ver a su querida Enriqueta, pero a cambio, había recibido la mayor lección de su vida.

El arquitecto sintió desaparecer sus planes. ¿Era esto a lo que se refería el chino con “plan de fuego”? ¿Lo había traicionado?

Los pensamientos de don Enrique se truncaron cuando, por fin, se acercaban a tierra. Reconoció los conglomerados de bosques, estaban a punto de estrellarse en Casa de Campo, y aquel podría ser el fin. ¿Se despertaría de aquella terrible pesadilla después de la explosión final? Pero no hubo explosión, solo un choque seco y agónico contra los árboles que deshizo la máquina en pedazos. Tumbados y esparcidos por lo que quedaba del artefacto, el último meteorito cayó cerca de ellos incendiando un árbol. Después, don Enrique se desmayó.

 

Madrid, Ministerio del Tiempo. Febrero de 2017.

Dentro del despacho del subsecretario del Ministerio del Tiempo parecía reinar la paz. Salvador salvó, valga la redundancia, su pellejo, personal y oficialmente. Sus agentes estaban vivos. La papelera contenía ahora el informe anterior y su dimisión. En su lugar, sobre la mesa, el informe oficial de Alonso y Amelia. De pie a cada flanco del subsecretario, Irene y Ernesto miraban felices a sus compañeros.

—Roa y Cosme escaparon en la confusión. Andarán perdidos planeando reclutar a más villanos o incautos —dijo Alonso—. El anciano chino de algún modo conocía a Roa y sus intenciones y organizó todo para que su máquina del tiempo fuera destruida. Probablemente confiaba en que atraparíamos a Roa, aunque no fue posible.

De la máquina no consiguieron ninguna pista. El Ministerio de 1896 la hizo desaparecer antes de ser descubierta por el público o las autoridades. Lo extraño es que las piezas clave de la máquina nunca fueron halladas. Es como si alguien se les hubiera adelantado. No quedaba forma de conocer si la información que don Enrique le dio a Angustias después de todo el trasiego podía llevarles a alguna parte. Un Ministerio del Tiempo en China que llevaba años operando… Salvador decidió evitar ese detalle en el informe. El Gobierno de España no debía conocer estos hechos. La misión se había salvado sin más anécdotas. Así de simple. En cuanto al capitán, estaban barajando reclutarlo para el Ministerio. Así lo había recomendado Basilio.

Una vez abandonaron todos el despacho, Salvador salió para hablar con Angustias. La encontró cogiendo unos archivadores y buscando algo en ellos sobre su mesa. La tomó de la mano y ella, inesperadamente, le abofeteó suavemente. El subsecretario perdió su mirada en los ojos de la mujer. Después, Angustias acarició la cara de su jefe a modo de arrepentimiento. Semejante osadía no sería perdonable. O sí. Recordó el rostro de don Enrique momentos antes de que atravesara con sus compañeros la puerta del tiempo.

—No la olvidaré, Angustias —le dijo el escritor, besándole la mano y acariciándola—. Es usted una mujer realmente increíble. España necesita más como usted. Y como su sobrina.

—Lo importante es que pueda volver a Francia, y que su vida siga el curso que debe seguir. Así está escrito, Enrique. No lo olvide. Tenga presente el recuerdo de su esposa, y alégrese por lo que ha vivido.

—Ahora es difícil después de descubrir que los viajes en el tiempo existen. Aquí y en China —suspiró—. En fin, deben irse. Por mi parte, seré una tumba. Adiós, mi señora.

¿Por qué los hombres le rompían el corazón? ¿O era ella que se abandonaba? La barba y la mirada de don Enrique desaparecían para dejar paso al rostro de Salvador. Angustias se retiró en silencio.

 

Madrid. Museo de Ciencias Naturales.

Salvador Martí contemplaba el meteorito en su vitrina. Ese mismo bólido acompañó a los que, providencialmente, salvaron la misión derribando al Anacronópete y evitando males mayores. La noche del 10 de febrero de 1896 el cielo arrojó montones de fragmentos sobre Madrid y otros pueblos cercanos. Ese mismo bólido que ahora mostraba el museo había impactado contra la frente de un farmacéutico, Pedro Esteban, ciudadano de Madrid. Salvador sintió el calor de la bofetada de Angustias. En ese momento él no podía ser su jefe. No después de haberla puesto en peligro.

En su mano, fuertemente agarrada, la carta que hacía unos días recibió, apenas unas horas después de la llegada de la Patrulla tras el desafortunado aterrizaje del desaparecido Anacronópete. “Nosotros tenemos los restos de la máquina”, rezaba una de las líneas. A Salvador le venían a la mente extractos de la misiva, de escritura atemporal y fecha en blanco. En estas circunstancias, ¿acaso importaba el momento histórico de su redacción? Después, pensó en palabras sueltas… “chino”, “túnel”, “secreto”… y de nuevo la frase que más le hacía temblar: “…siendo su línea temporal la que más se ajusta a los daños menos…”.

Miró la carta de nuevo y después, pese a que solo iba dirigida a él, la rompió en varios pedazos que guardó con rabia en su bolsillo. Un trozo, solo un trozo cayó boca arriba junto a su zapato. En él se despedía su redactor, que firmaba como Guardián del Tiempo. Después, volvió a mirar, absorto, el meteorito.

Un vigilante le sacó de sus pensamientos.

—Vamos a cerrar, caballero.

Fin de El tiempo es la atmósfera

Por Andrés Massa y Marcos A. Palacios

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

Ilustración de Sara Cruz

Este relato está basado en El Ministerio del Tiempo, es una narración fan con el único objetivo de entretener. Los derechos de El Ministerio del Tiempo y sus personajes son propiedad de Javier Olivares.

El autor agradece la piedad ante los posibles errores histórico-temporales, a pesar de poner todo el empeño en la documentación recogida para esta historia de ficción.

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