‘Videojuegos’. Un relato de Edu Melero Verdú

¿A quién no le gustan los videojuegos? A mí, por ejemplo, por eso nunca me pasará lo que a Cinnamon, esta muchacha que no tiene nada que hacer más que videojugar y videojugar… A propósito, ya puedes leer Videojuegos, un relato de Edu Melero Verdú.

Tras despedirse del vecino, Cinnamon volvió a su ordenador.

Bueno… más que despedirse, él se había cansado de quejarse. El problema, de todas formas, no se iba a resolver; las paredes del apartahotel eran puro papel, así que era inevitable -más bien obligatorio-, el hecho de que algún sonido se colara a las habitaciones de al lado. De todas formas, si alguien iba a saber de quejas era claramente Cinnamon: la joven de 28 años era una de las inquilinas «permanentes» del edificio. Y como su estancia iba a ser larga (ya lo estaba siendo), pues no veía necesidad en ocultar o paliar lo evidente: no había manera de no escuchar lo que estaba haciendo el vecino.

Para ella, no obstante, era una de las ventajas del lugar; su timidez crónica (y algo de frialdad), le hacían más fácil relacionarse con otra gente si las conversaciones eran forzadas. Y como le daba absoluto igual que la criticaran, le gritaran, o se quejaran de ella, pues así podía elegir con quién relacionarse o no de entre la perenne ruleta de vecinos que encontraba en el pequeño establecimiento. En sus anteriores viviendas no había tenido esa opción… claro que estas se limitaban a la casa de sus padres y la carretera.

Y había preferido el pavimento: su madre, una cosmopolita escritora de revistas, la dejó con su padre prácticamente al nacer ella. Y la mujer con la que se había casado su padre después… bueno, no era una mala persona, ni mucho menos; pero no había querido una niña en ningún momento. Y Cinnamon lo entendía, por lo menos ahora, años después: si esperas vivir una vida entregada a, bueno, vivir la vida con tu nuevo marido, ataduras como la familia son insignificantes… y bueno, el nombre lo dice, ataduras.

Su padre era un profesor de universidad muy dedicado a sus estudios (cuya área Cinnamon nunca se había molestado en saber), y aunque era cariñoso con ella, con la edad fue dejándole cada vez más independecia, hasta el punto en que Cinnamon, con unos tiernos doce años, se ocupaba ella misma de limpiar, tender, y plancharse el carísimo uniforme del igualmente carísimo colegio privado al que iba. Lo que no le había servido de mucho, pues al poco tiempo fue expulsada por su mal comportamiento, que incluía pintar miembros fálicos junto a los retretes… del aseo de los chicos.

Cinnamon era incorregible, así que su padre no iba a molestarse en educarla; este evento coincidió con una caída desde el yate privado de su familia de la mujer de su padre (su madrastra, ugh), que la había dejado medio paralítica. Cinnamon pensaba «medio», porque estaba segura que por las noches la mujer se levantaba para atiborrarse de crema de cacahuete; así que Cinnamon Camden (solían abreviarle como C.C., lo que odiaba), sencillamente, se fue de su casa.

El mundo no es muy amable a los trece años, más aun si no tienes coche, ni casa, ni dinero; así que Cinnamon pudo sacarse un dinero trabajando durante unos años en la lavandería de un hotel de mala muerte a cambio de una cama (nunca le preguntaron su edad). Siendo guapa, y con una voz francamente bonita, Cinnamon volvió a tener suerte cuando el grasiento cantante del hotel la invitó a hacer un tour por toda California, cantando en hoteles, casinos y resorts («tour» era un eufemismo, claro; ese era el día a día del cantante). Ella no tenía ni idea de tocar, pero solían sentarla frente al piano para que intentara seguir el playback y cantara algunos coros con él. La paga no estaba mal, y pronto Cinnamon pudo comprarse lo que le hacía falta: una cámara fotográfica.

Igual, no tenía ni pajolera idea de hacer fotos, pero había visto cómo en los eventos que solían hacer en sus lugares de trabajo (tales como conferencias, simposios, y reuniones de bichos raros en general), siempre había algún fotógrafo, generalmente no muy bueno, que con una buena cámara se dedicaba a sacar fotos de los asistentes con dichos conferenciantes, simposistas y bichos raros en general, y venderlas por un buen pico.

La picardía de Cinnamon le obtuvo un buen dinero con el que despedirse de su compañero cantante (en buenos términos, todo hay que decirlo; él fue el que le enseñó a manejar la cámara y le recomendó que modelo comprar), y volver a su ciudad natal. Contactar con su familia estaba descartado, claro, así que Cinnamon, de nuevo, se vio sola, en la calle, sin coche, ni casa, y sin saber qué hacer.

Pero con dinero.

Así fue cómo llegó al apartahotel en el que, cinco años después, seguía viviendo. Su manejo con el piano (bueno, había aprendido a tocar las teclas sin que sonaran mal), y, de nuevo, su aspecto y su voz, le habían conseguido un trabajo estable en Chez Marino’s, un local para cincuentones (y para arriba), que se empeñaba en mantener el estilo de los horteras clubs de baile de los ’60.

Además, era un casino encubierto, pero eso no le importaba a Cinnamon; lo que le importaba era que le permitía mantener su cuartito lleno de horteradas donde recibir alguna visita picante de alguna jovencita de cuando en cuando, y dedicarse a la fotografía, su verdadera pasión… o algo así. Desde luego, la mantenía entretenida… cuando no estaba, como ahora, frente al ordenador. Y es que los videojuegos, pensaba Cinnamon, le hacían olvidar el aburrimiento de la vida… esto es, cuando no matan a tu personaje, como acababan de hacerle ahora. ¡Maldita sea!

© Todos los derechos de Eduardo Melero Verdú.

Edu Melero es colaborador en CosmoVersus. En su haber puedes leer su ‘Análisis de Elemental, el primer disco de Loreena McKennitt (1985)’ y sus narraciónes cortas Esperando el Amanecer, La vecina y Ollantaytambo.

Eduardo Melero Verdú

eduardo meleroSi fuera cuadro en vez de persona, sería algo así como esas acuarelas de paisajes tan ajadas y difuminadas que parecen una pintura fauvista (cuando es en realidad un lago con nenúfares). Podría parecer que esto es una desvaloración a mí mismo, pero todo lo contrario: me encantaría tener todos esos colores.

Soy un periodista que, mientras está en paro, enseña música. También soy un músico que, mientras no toca, escribe críticas, diálogos, o cualquier burrada que se me pasa por la cabeza. Si veis mi nombre y frases aquí, es gracias al creador de este blog. ¡Pero no le digáis que os lo he dicho!

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