‘Migas de pan’. Un relato de Edu Melero Verdú.

En una mañana cualquiera, unas simples migas de pan pueden ser una buana analogía para la vida, el universo y todo lo demás. Y también, cómo no, para atiborrarse almorzando; adentrémonos en la conversación que mantienen las dos amigas protagonistas de Migas de pan, de Edu Melero Verdú, mientras almuerzan.

La niña cayó al suelo y se puso a llorar; su madre no tardó en resguardarla entre sus brazos y consolarla… y fue entonces cuando su amiga llamó al atención a Cinnamon.

La joven pianista volvió a la Tierra en ese mismo instante; Bárbara estaba hablándole. Llevaría un buen rato, de hecho; sólo quedaban en su plato unas migas de la tostada chorreante de mantequilla que se había pedido, y la taza de su café estaba vacía. Claro que siempre que se juntaban para el brunch (su amiga insistía en llamarlo así, a pesar de que se veían pasadas las 12 y nunca pedían ninguna rodaja de melón), Bárbara no tardaba en agotar las existencias del bar, restaurante o cafetería en el que estaban.

Ese día concreto estaban en el Cactus Cafe, una popular franquicia con locales ambientados en el desierto de Mojave (de hecho, tenían tazas con forma de mini-cactus; pero había que tener cuidado con las espinas si se quería una), y que, en los últimos meses, no paraba de abrir nuevas cafeterías por toda California. La calidad de la comida era cuestionable, claro está, pero estaba en pleno centro, ideal para pedir cualquier cosa «para llevar».

«Estabas en otra parte», le dijo Bárbara a Cinnamon. Antes de responder, la rubia volvió a mirar al lugar del que le había distraído su amiga (aquel que, a su vez, la estaba distrayendo de lo que Bárbara decía); ya no estaban la madre y su hija.

─Bueno.─Cinnamon volvió a encararse a su amiga.─Es posible. ¿Y?

─Te estabas perdiendo mi historia.

─Tu historia.

─Sí, la del tipo ese que se estrelló con mi coche. No fue lo único con lo que se estrelló ese día, no obstante.

─¡Qué asco das!

Bárbara era así. Castigaba la desviación social con repulsión. Sin embargo, si ella fuera de otra manera, probablemente no serían amigas.

─Me imagino que estarías pensando en algo más interesante.─Dijo la morena.

─Pues… es posible. Pero me imagino que no te interesa.

─Imaginas bien.

─Bueno, y aparte de esas guarrerías de las que hablas, ¿qué tienes que contar, Barbie?

Dijo esto con una sonrisa: su amiga odiaba que la llamaran así; le parecía un diminutivo cursi y hortera. Prefería un «Bárbara», o incluso un «Bar», que seguían siendo diminutivos: su nombre real era Santabárbara. Sus padres, unos yuppies descafeinados, aficionados a la justicia social, habían querido honrar tanto las raíces latinas de su tierra como la ciudad a la que iban de veraneo con el nombre de su hija; una lógica similar habían usado para su hermano, Quechua.

─Muérete.─Le dijo Bar, mientras sorbía el poso de su taza de café.─¿Me vas a contar qué te distraía o no?

─Tal vez.─Cinnamon apoyó los codos sobre la mesa y, pensativa, se sujetó la cara entre las manos.─Entre otras cosas… pensaba en lo inmensa que es esta ciudad.

─No llegamos a los 40.000 habitantes. De hecho, desde que tienen que reparar las tuberías del centro cívico, creo que vamos a menos.

─No me refiero a eso…─Cinnamon apoyó la yema del dedo sobre el borde del plato de Santabárbara y lo levantó, llevándose con sí una de las migas de pan desperdigadas por su amiga.─Mira, ahora mismo, somos como esta miga de pan.

─Creo que te sigo.─Dijo la otra irónicamente.

─Si no juntamos varias migas, no hay pan… pero cada una de ellas existe en el pan, y tiene su lugar. Necesita a las otras para no quebrar la corteza.

─Wow, menuda analogía.

─Gracias.

─¿Cuándo escribes el libro?

Cinnamon sonrió:

─Calla… era un pensamiento, nada más. Es como… mira a esa mujer de la otra mesa, hablando con la camarera. Antes estaba con sus amigas, armando un escándalo, dejando que el resto de la calle escuche sus conversaciones. ¿Por qué están tan felices? ¿Por qué se han reunido? ¿Por qué se ha quedado esa mujer sola? ¿Dónde trabajarán, qué haran? ¿Tendrán familia? ¿Padres, hermanos, hijos?

Santabárbara la miraba fijamente, pero todavía tardó unos segundos en decir nada.

─Bueno… y… ¿adónde te lleva todo eso?

─Je. ¿Adónde me lleva? No lo sé. Pero a veces siento que soy como una de estas migas que están por tu plato… desperdigadas… sin dirección.

─Sí, bueno.─Dijo Santabárbara.─Si seguimos tu analogía, las migas acaban desprendiéndose tarde o temprano, ¿no? ¿Quién te dice que no te pasaría eso algún día? Es muy fácil aburrirse cuando cada día es igual que el anterior. En fin, míranos. Vamos siempre de lugar en lugar y no nos cansamos. Si todavía no nos hemos aburrido, es por algo.

Santabárbara era fisioterapeuta, aparte de mil empleos más; pero el único título universitario que tenía era de la Escuela de Fisioterapia. De cuando en cuando tenía un puesto fijo en alguna clínica de la ciudad (el negocio había sufrido un gran boom desde que se habían abierto las recreativas de realidad virtual), pero prefería trabajar de casa en casa, lo que aparte le daba la libertad de vender los gnomos de jardín, abalorios o servicios que estuviera llevando a cabo como negocio paralelo durante esa visita concreta. No era un mal plan.

─Pero, Bar… ¿nunca te has planteado, de verdad, cómo sería vivir así?

─No.

─Oh.

─Bueno, ¿y por qué tanta reflexión? ¿Te has dado un golpe o algo?─Y cambió su expresión al decir:─Dios, no estarás…

─¿Qué dices? ¡Venga, cállate!

La camarera acabó con la pesada de la otra mesa y se acercó para retirar el plato y la taza pegajosos de Barb. Les preguntó si querían algo más, y ambas dijeron que no.

─¿Me explicas qué te ha pasado para que estés así de repente?

─Y yo qué sé. A veces te planteas cosas, no sé.

─Bueno, va a ser hora de irse, tengo una cita en un cuarto de hora…

─Sí…

Cinnamon miró el teléfono (nunca atendía a las llamadas que le hacían, así que llevaba alrededor de una hora sin encender la pantalla del dispositivo), y vio una llamada de su jefe.

─…y además Richard me ha llamado. Qué pesado.

─Oh, no me digas que te va a despedir ya.

Cinnamon se planteó qué responder a su amiga.

─¿Sabes? Da gracias a que conozca a tan poca gente en esta ciudad. No sé quién te puede soportar.

Santabárbara se limpió la boca y se levantó, sacudiéndose los vaqueros desteñidos en el proceso.

─No es que me soportes.─Le dijo a la rubia, mientras cogía su bolso (falso), de importación.─Es que te encanto.

Migas de Pan.

©Eduardo Melero Verdú, 2020

Edu Melero es colaborador en CosmoVersus. En su haber puedes leer su ‘Análisis de Elemental, el primer disco de Loreena McKennitt (1985)’ y sus narraciónes cortas Esperando el Amanecer, La vecina, Ollantaytambo, Videojuegos, La Mazmorra, Malva oscuro (más bien, violeta), y La pianista.

Tripulación CosmoVersus

Eduardo Melero
Eduardo Melero
Si fuera cuadro en vez de persona, sería algo así como esas acuarelas de paisajes tan ajadas y difuminadas que parecen una pintura fauvista (cuando es en realidad un lago con nenúfares). Podría parecer que esto es una desvaloración a mí mismo, pero todo lo contrario: me encantaría tener todos esos colores.

Soy un periodista que, mientras está en paro, enseña música. También soy un músico que, mientras no toca, escribe críticas, diálogos, o cualquier burrada que se me pasa por la cabeza. Si veis mi nombre y frases aquí, es gracias al creador de este blog. ¡Pero no le digáis que os lo he dicho!

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